domingo, 30 de julio de 2017

Mi chica

   Durante el mes de agosto, este blog cerrará sus puertas. Como es de suponer, su autor se tomará unos días de vacaciones, que, aunque tal vez no sean merecidas, sí son urgentemente necesitadas. Pero no podemos despedirnos hasta septiembre sin antes recomendar un film. En este caso, se trata de una cinta que, a nuestro parecer, recoge todo el encanto de esta estación, por lo que cualquier cinéfilo debería verla, si es que no lo ha hecho ya. Hablamos de Mi chica (Howard Zieff, 1991).

   Antes de comenzar el artículo, debemos advertir de que no será una review al uso, puesto que versará sobre el recuerdo que tenemos de la película y acerca de todo lo que aún es capaz de transmitirnos. Por otro lado, no nos hemos atrevido a verla de nuevo para afrontar este texto, y existen tres razones para ello: la primera, su carga nostálgica, elocuente de por sí; la segunda, la buena opinión que nos merece y que no queremos que desaparezca, si es que el verla otra vez causa ese efecto, y la tercera, su trágico final, puesto que no deseamos empezar nuestras vacaciones con un nudo en la garganta.




   Veda (Anna Chlumsky) es una niña obsesionada con la muerte, pues su madre ha perecido recientemente y su padre (Dan Aykroyd) dirige una funeraria. Ella cree que este último ha olvidado a aquella, pues ve cómo flirtea con la nueva maquilladora que él mismo ha contratado para su negocio: Shelly (Jamie Lee Curtis). Aunque no puede evitar su rencor hacia esta situación, se olvida de ella cuando asiste al curso de poesía que imparte su profesor de Inglés (Griffin Dunne), de quien está enamorada. Por suerte, para aliviar la angustia que le causan todos estos problemas, cuenta con el auxilio de Thomas (Macaulay Culkin), que no solo es su confidente, sino también su mejor amigo.

   Como podemos ver, es imposible negar que se trata de un argumento propio de estas fechas. A nuestro juicio, tiene todos los elementos necesarios para hacer de él un éxito que se perpetúe a lo largo de los años, además de la carga nostálgica a la que antes hemos aludido y que hoy parece estar de moda entre el público. En este sentido, el film cuenta con numerosas escenas de bicicleta, baños en el lago, escaladas de árboles, reuniones con amigos, confidencias amorosas... ¡y hasta una que describe el primer beso de unos niños! Porque, en verdad, ¿quién ha olvidado ese momento tan significativo en la vida de cada uno? Pues justamente esa es la intención de la cinta: ahondar en esos recuerdos que nos hacen sonreír con ternura y suspirar con añoranza.




   Sin lugar a dudas, ese verano del amor que parece detallar la película es una etapa importantísima en la vida del individuo. Por supuesto, cualquier persona tiende a amar de forma natural a sus padres y a sus hermanos, pero experimenta la verdadera intensidad de este sentimiento cuando se siente atraída por otra persona: en ese instante, comprende que la presencia del otro se ha adueñado de ella y que, en consecuencia, se le ha hecho sumamente necesaria. ¿Quién no ha estado noches sin dormir pensando en la persona que ama?, ¿quién no ha realizado lo imposible para verla de nuevo, para estar a solas con ella?, ¿quién no le ha dedicado poemas o cartas escritas desde el corazón (el gusto de Veda por la poesía no es casual)? Evidentemente, es un paso imprescindible para encontrar el amor verdadero.

   En efecto, la mayoría de las veces, ese amor veraniego se diluye en el otoño, cuando las clases comienzan y la distancia atempera los sentimientos. Es innegable que su recuerdo continúa batallando en el alma de cada uno, pero también lo es que la pasión que despertó mengua con los fríos del invierno y entre las hojas de los exámenes. Tal vez la primavera renueva la esperanza de volver a sentirlo, pero su intensidad se perdió en el colofón que supuso aquel primer beso (¿es posible que el final de la cinta sea una metáfora de ello?). Sin embargo, es el mismo que nos ayudó a comprender que la felicidad no estriba en una suerte de búsqueda egoísta de la satisfacción personal, sino en la entrega generosa por el bien del otro; el que nos enseñó a identificar en una mujer o en un hombre concretos al compañero de viaje que da plenitud a nuestro propio ser, y el que nos aclaró mediante su fugacidad que existe un amor más pleno y eterno que nos engloba a todos. Por ese motivo, nunca podremos olvidarnos de él.

   Por desgracia, la película contó con una secuela olvidable y olvidada, de la que, de hecho, no logramos recordar nada. Posiblemente, ello se deba a que intentó subsanar ese mal trago que nos legó esta cinta, pero que, como hemos intentado demostrar, resulta imprescindible para conocer el amor de verdad. Pero, por suerte, siempre nos quedará la cinta original: gracias a ella, jamás seremos capaces de oír la melodía de los Temptations sin visualizar ese inocente primer beso entre Veda y Thomas, que simboliza el de cualquiera de nosotros y que permanece en la memoria de cada uno. ¡Feliz verano a todos!



 

lunes, 24 de julio de 2017

The Exorcist

   Resulta curioso que, pese a encontrarnos en una época de la historia caracterizada por el ateísmo, el diablo continúe despertando el interés de la sociedad. En efecto, aunque esta última tenga un comportamiento laico, laicista y, por ende, anticristiano, Satanás, que forma parte del credo de la Iglesia, sigue presente en su magín, evocándole miedos, cargos de conciencia, ríos de tinta o kilómetros de celuloide. Es posible que ello esté vinculado precisamente con el agnosticismo del que tanta gala hace, pues este la ha conducido a depositar su fe en soterradas prácticas ocultistas, como el yoga y el reiki, y a la adopción de religiones orientales tamizadas por la visión de Occidente, como el budismo que vemos en Europa (para saber más, pincha aquí). Pero es probable que también esté relacionado con el humanismo que hoy padecemos, un culto al hombre cuyo lema, "Haz lo que quieras", es compartido por las sectas demoníacas que proliferan en nuestro mundo.

   Sea como fuere, el cine ha recogido esta malsana propensión a lo largo de los años: alguna vez, para bien, mostrando sus temibles consecuencias; otras veces, para mal, usándola como mera excusa para infundir terror en el público. A nuestro juicio, aunque esta segunda opción sea válida, pues Hollywood no deja de ser una industria que vive del dinero del espectador, tiene asimismo una labor educativa (aquí), por lo que debería promover títulos que se circunscribieran a la primera alternativa. En este último sentido, de hecho, nos ha ofrecido títulos tan recordados como La semilla del diablo (Roman Polanski, 1968), El exorcista (William Friedkin, 1973), que es la obra cumbre del género, El exorcismo de Emily Rose (Scott Derrickson, 2005) y La bruja (Robert Eggers, 2015); pero, en el otro, ha perpetrado cintas tan deplorables al respecto como Exorcismo en Connecticut (Peter Cornwell, 2009), Ouija (Stiles White, 2010), El último exorcismo (Daniel Stamm, 2010) y Expediente Warren. The Conjuring (James Wan, 2013), que, sin embargo, denotan ese constante interés al que aludimos. Es por ello que la televisión no podía desaprovechar esta triste moda; así, gracias al revival del que está gozando a través de las series, ha creado una basada en aquel film que hemos calificado como el mejor del género: The Exorcist (Jeremy Slater, 2016).




   Aunque este nuevo show doméstico pretende ser una actualización de la obra literaria de William Peter Blatty, debemos advertir, en honor a la verdad, que está más relacionado con el film de 1973 que con esta. No conviene desvelar el motivo, pues forma parte de la trama, y entraríamos en el peligroso terreno de los spoilers; pero debemos decir que, quien haya visto la película y leído el libro, lo identificará en el acto. Por esta razón, vuelve a contar con dos sacerdotes encarándose al diablo, con un problema de fe y con ciertas prácticas satánicas como origen de todo ello, algo en lo que incide más el largometraje en el que se basa que el texto que lo inspiró; sin embargo, también cuenta con un acercamiento novedoso a la figura del protagonista, que no solo experimenta esa citada desconfianza, sino que muestra asimismo una debilidad que no recogía ninguno de aquellos dos.

   Ciertamente, la serie describe al padre Ortega (Alfonso Herrera) como un sacerdote pusilánime y afligido, pues vive anclado en el recuerdo de un viejo amor, y, por tanto, se plantea una y otra vez su idoneidad para el ministerio. Pero, lejos de lo que podría esperarse de una producción actual, no se deja arrastrar por estos sentimientos que lo acechan, sino que los combate por el bien de su vocación, de su entrega a los demás y de su propia santidad. De este modo, ofrece una visión acertada del presbítero, que, como hombre y como cristiano, se enfrenta a las tentaciones que lo asaltan durante su camino, aunque teniendo al Hijo de Dios y al prójimo como metas del mismo. Tal vez debería haber hecho mayor hincapié en esta problemática, que solo toca de pasada, aunque habría resultado interesante para el televidente; no obstante, y por desgracia, ha preferido inclinarse hacia el thriller más burdo, convirtiéndose así en una historia sin gancho.




   Sin duda, nos encontramos ante una serie que, olvidando los rasgos humanos de sus protagonistas, exceptuando el que hemos mencionado, anhela el efectismo visual por encima de su argumento; de este modo, pesan sobre ella el manido "giro final" y ese ansia por imitar el terrorífico ambiente que transmitía la cinta de Friedkin. Pero, mientras que esta lo conseguía a través de los grandes conocimientos que ostentaba acerca de la veracidad de una posesión demoníaca, aquella lo intenta mediante sustos vacuos y tópicos cinematográficos, que ya han sido vistos en cualquier película sobre el diablo. Tanto es así que alcanza su paroxismo en las escenas culminantes, es decir, en las que enfrentan a los sacerdotes contra Satanás: por desgracia, parecen clichés extraídos directamente de El príncipe de las tinieblas (John Carpenter, 1987) o de Vampiros de John Carpenter (id., 1998), en vez de una descripción de la presencia real del maligno. 

   Por este motivo, desde aquí no podemos recomendar esta serie. Como hemos dicho arriba, ha perdido la oportunidad de ahondar en la historia del sacerdote atormentado, que busca ser fiel por encima de sus miserias (no obstante, es algo que le ha servido para humanizar la figura del presbítero, muy mal tratada en el cine de hoy, tanto por las producciones que la edulcoran, mostrando hombres impolutos, como por aquellas que la denigran). Sin embargo, también ha desaprovechado la ocasión de mostrar la auténtica faz del demonio, de modo que aquellos que se sientan atraídos por él descubran el sufrimiento que conlleva, como hizo El exorcista en su momento. Por ello, es preferible revisar y promover esta última, que continúa siendo la mejor cinta sobre posesiones demoníacas y el mejor título de terror de todos los tiempos.



domingo, 16 de julio de 2017

La guerra del planeta de los simios

   Poco podía imaginar el director Franklin J. Schaffner que su película El planeta de los simios (id., 1968) se transformaría en uno de los títulos más emblemáticos de la ciencia ficción norteamericana. Ciertamente, sus constantes recortes de presupuesto, sus numerosos cambios de guion, sus cuantiosos problemas de maquillaje y un largo etcétera, le harían pensar, al contrario, que se enfrentaba a una cinta maldita; sin embargo, y no bien se estrenó, vio cómo recababa de inmediato un éxito inesperado, cómo creaba una mitología propia y cómo su final se convertía en uno de los más icónicos de la historia del cine (¡conocido hasta por quienes no han visto el filme!). Pero no solo eso, sino que además originó una saga de cinco largometrajes y dos series de televisión; colecciones de cómics y de libros; un (olvidable) remake, y, finalmente, un (estupendo) reboot, cuyo colofón hoy presentamos. De manera que aquella película, producida hace cincuenta años y destinada al círculo de las rarezas cinematográficas, es actualmente un título en plena vigencia.




   Después de haber intentado establecer la paz con los humanos supervivientes a la acción universal de un virus maligno, César (Andy Serkis) y sus simios son forzados a encarar un nuevo conflicto. Esta vez, se trata de la lucha que deberán mantener contra el ejército liderado por el coronel Wesley McCullough (Woody Harrelson). Así, tras sufrir enormes pérdidas entre los de su especie, se enfrentarán tanto a sus instintos más oscuros como a este con el propósito de ganar la guerra por el planeta.

   No es extraño que, como decíamos arriba, la cinta de Schaffner se haya convertido hoy en un clásico de la ciencia ficción, puesto que, pese a los años que han transcurrido, afrontaba temas tan actuales como la naturaleza del ser humano, su tendencia al conflicto, los extremismos ideológicos que siempre lo han caracterizado y, consecuentemente, su persecución de la verdad (tanto en el buen sentido como en el malo). Por esta razón, tampoco debe sorprendernos que se decidiera prolongar su éxito a través de varias secuelas, aunque estas, por desgracia, no alcanzaran su nivel artístico. En efecto, desde Regreso al planeta de los simios (Ted Post, 1970) hasta La conquista del planeta de los simios (J. Lee Thompson, 1973), la saga decayó progresivamente hacia la clasificación B más casposa; y, a pesar de que Huida del planeta de los simios (Don Taylor, 1971) y La rebelión de los simios (J. Lee Thompson, 1972) recuperaban ese interés por la naturaleza humana, al final quedaban como meras curiosidades sobre el origen de aquella. Solo la televisión logró ensalzarla de nuevo para el público, estrenando una serie homónima en 1974, que gustó muchísimo a los fans de entonces y que supera con creces a cualquiera de los filmes citados.




   Por este motivo, el film de Schaffner merecía un verdadero homenaje por parte del celuloide, ya que se ha nutrido de su éxito durante todos estos años. Así, después de intentarlo una vez mediante el olvidable remake perpetrado por Tim Burton en 2001, nos regaló El origen del planeta de los simios (Rupert Wyatt, 2011). En esta obra maestra de la ciencia ficción, no solo indagaba en la génesis de aquella, como indica su título, sino que también profundizaba de nuevo en los intereses que la habían acuciado, es decir, en la naturaleza y en la dignidad de los hombres (paradójicamente, representados por los simios). No contento con ello, más tarde nos ofreció El amanecer del planeta de los simios (Matt Reeves, 2014), donde disertaba crudamente sobre la violencia innata de los humanos. Finalmente, y como broche de esta nueva saga, ha querido otorgarnos La guerra del planeta de los simios (Matt Reeves, 2017), en la que propone una historia sobre la importancia de la familia y de la sociedad (aunque representada otra vez por los simios). 
  
   De este modo, podemos decir que por fin una de las sagas más importante de todos los tiempos se ha redimido. Ciertamente, a partir de ahora ya no será un subproducto del género fantástico, puesto que se ha convertido por derecho propio en el nuevo referente de la ciencia ficción cinematográfica. Sin lugar a dudas, la película de Schaffner ha encontrado aquí el origen que siempre anduvo buscando, la metáfora sobre la especie humana que ella misma detalló en 1968. Y, aunque hayamos tenido que aguardar cincuenta años, ha merecido la pena.



lunes, 10 de julio de 2017

Día de patriotas

   El pasado 15 de abril se cumplieron cuatro años del atentado de Boston. En efecto, durante una de las maratones más famosas del mundo, dos bombas caseras estallaron en medio de la ciudad, causando multitud de heridos y tres muertos. De inmediato, los agentes de seguridad del Estado se pusieron manos a la obra para investigar lo ocurrido y localizar así a los culpables, objetivo que cumplieron pocas horas después. Posteriormente, el hecho se resolvió con el fallecimiento de uno de los autores y con el encierro del otro, algo que fue recibido con vítores por todo el pueblo norteamericano. Por esta razón, no es extraño que hoy llegue a nuestras pantallas este título, que homenajea a los héroes que intervinieron en esta hazaña y que rinde tributo a los que perecieron en ella.




   Respecto del argumento, poco se puede añadir a lo que ya sabemos. El largometraje cuenta la historia del oficial de policía Ed David (Mark Wahlberg), que investiga los acontecimientos citados arriba. Pero lo hace de manera exhaustiva, ofreciéndole al espectador un documental preciso más que una dramatización cinematográfica. De este modo, se suma a otras películas del género que siguieron su mismo derrotero, como World Trade Center (Oliver Stone, 2006), La noche más oscura (Zero Dark Thirty) (Kathryn Bigelow, 2012) o las recientes Snowden (Oliver Stone, 2016) [aquí] y Sully (Clint Eastwood, 2016). Ciertamente, el propósito de estas cintas consistía en relatar los hechos tal y como sucedieron, alejándose en lo posible de su interpretación, con el fin de divulgar la estricta verdad entre el público.

   Por supuesto, esta intención solo es comprendida desde la óptica norteamericana. Así, la industria hollywoodense siempre se ha sentido responsable del espectador, por lo que ha entendido que debe ofrecerle un tipo de cine que le ayude a enorgullecerse de su país (indudablemente, hablamos acerca del grueso de la industria, no de los títulos menores, que pueden ser más críticos con el sistema). Para ello, nunca ha dudado en presentarle personajes anónimos que han luchado por la libertad y el bienestar de su pueblo, como podrían ser sus propios vecinos, con el fin de hacerle ver que él mismo podría convertirse en héroe. Sin duda, esta es la idea que fundamenta las dos cintas de Oliver Stone, que muestran, respectivamente, la biografía de un hombre que vela por la independencia de los suyos y las gestas que sucedieron tras el atentado de las Torres Gemelas; la película de Bigelow, que narra la captura del autor de este último, empeñado en destruir el sistema de vida occidental, y el largometraje de Eastwood, que presenta a un piloto de avión cualquiera enfrentándose y superando una prueba complicada.

  


   En España, difícilmente hallaremos un título de estas características. Así, pese a las proezas diarias que todos conocemos, nunca el cine patrio verá la necesidad de reflejarlas en la pantalla grande. Por supuesto, ello se debe al acomplejado esnobismo que padece, pues considera que el arte que él representa está por encima de cualquier gesto patriótico; o que este es un reminiscente franquista que ya no tiene lugar en nuestro tiempo (léase la crítica de 1898. Los últimos de Filipinas: aquí). Sin embargo, no se percata de que lo que ha hecho poderoso a Estados Unidos ha sido precisamente el elogio a sus héroes, el recuerdo de su historia y el enorgullecimiento de sus signos; ni de que, a pesar del chovinismo del que acusa a este último, dicho sentimiento ha permitido que continúe abogando por la libertad y el bienestar de todos sus ciudadanos.

   En honor a la verdad, debemos apuntar que un título así ha asomado tímidamente la cabeza a la cartelera española de este año, Zona hostil (Adolfo Martínez, 2017), y que ha obtenido unos resultados aceptables; además, debemos hacernos eco del proyecto de animación que pretende dar a conocer la aventura de Magallanes y de Elcano (aquí), un film que será bien recibido cuando se estrene. Pero los aficionados que amamos nuestra patria todavía estamos esperando la película decisiva sobre los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid (y no vale No habrá paz para los malvados, que afronta el tema de manera tangencial y casi a hurtadillas); sobre el secuestro de Ortega Lara, oculto durante más de un año en un minúsculo zulo etarra; sobre el asesinato de Miguel Ángel Blanco, tiroteado cobardemente en la nuca hace dos décadas, o sobre el gesto heroico de Ignacio Echeverría, que se encaró a un terrorista musulmán cuando este agredía a una mujer. Los espectadores conocerían la verdad de los hechos y todos nos enorgulleceríamos de sus protagonistas. Pero, como asegurábamos arriba, nunca veremos algo así en nuestras salas.   

   Por este motivo, considero que Día de patriotas (Peter Berg, 2016) es un film excelente, que no debería pasar desapercibido para nadie. No se trata de una simple narración de los hechos que conmovieron a Estados Unidos en 2013, sino también de un vivo retrato del orgullo que siente el pueblo norteamericano por sus héroes. Y es por último un ejemplo de lo que el cine español debería producir para sus espectadores.


 

domingo, 2 de julio de 2017

Deep Impact

   Confieso que ignoro la mayor parte de las celebraciones del nuevo calendario laico. Me refiero a ese que está sustituyendo progresivamente al cristiano a través de la presentación de días internacionales de algo, como aquel hacía mediante la onomástica de santos. Así, aunque conozco la existencia de una jornada consagrada al cuidado de los bosques, me siento incapaz de recordar su fecha. Pero debo admitir que hay conmemoraciones que se han grabado en mi memoria, más por la sorpresa que por el interés. Es el caso del 30 de junio, día destinado a la prevención sobre la caída de asteroides.

   En efecto, según parece, y con el propósito de advertir a la humanidad del peligro que conlleva el impacto de uno de aquellos contra la Tierra, se determinó el establecimiento de esa fecha en el almanaque. Por supuesto, el día no fue escogido al azar, ya que se corresponde con la jornada de 1908 en la que un aerolito se estrelló en Rusia. El hecho no superó la anécdota, pues colisionó en una zona despoblada, pero suscitó la pregunta sobre lo que habría ocurrido si hubiese caído en cualquier ciudad del mundo (aquí). Por este motivo, y como apuntábamos, cada año en esa fecha se estudian los posibles remedios al problema del cielo.

   Cuando conocí esta efeméride, me vinieron a la cabeza dos películas estrenadas en los años noventa: Armageddon (Michael Bay, 1998) y Deep Impact (Mimi Leder, 1998). Ambas versaban sobre la posibilidad de que un meteorito chocase contra la Tierra, pero lo hacían desde diferentes puntos de vista: la primera, desde la perspectiva de la acción y la comedia; la segunda, desde la del drama. Posiblemente, esta diferencia consiguió que aquella se ganara el favor del público mientras que esta gustó más a la crítica. De cualquier manera, la segunda se acerca más a la intención del día del meteorito que la primera, por lo que le dedicaremos la entrada de esta semana. 



  
   Leo Biederman (Elijah Wood) es miembro del club de astronomía del colegio. Cierto día, descubre una gran mancha blanca en el cielo que resulta ser un cometa. Aunque él no lo sepa, se trata de un bólido que amenaza con caer a nuestro planeta. No obstante, cuando su descubrimiento sale a la luz, todos los gobiernos del mundo se unirán para evitar la colisión y salvaguardar así los intereses de la humanidad.

   Pese a lo que pueda parecer a tenor de su argumento, la cinta no es un largometraje de catástrofes moderno, en los que prima la espectacularidad sobre la vis humana; más bien al contrario, se remonta a la época clásica del género para mostrarnos una historia sobre las personas que padecen cualquier adversidad (véanse a modo de ejemplo Aeropuerto, Terremoto o El coloso en llamas). Por otro lado, la idea del film no es nueva, pues Hollywood ya la había afrontado en títulos como Cuando los mundos chocan (Rudolph Maté, 1951), Meteoro (Ronald Neame, 1979) y la citada Armageddon. Sin embargo, y a diferencia de estas tres, procura ahondar en una respuesta seria por parte de los gobernantes de la Tierra y, sobre todo, en la reacción del hombre ante un peligro de tamaña envergadura. 

   De este modo, nos encontramos en primer lugar con el niño que descubre el meteorito y con la chica de la que está enamorado; en segundo lugar, con la periodista que desvela la amenaza de aquel, oculta por el Gobierno de los Estados Unidos, y en tercer lugar, con el mismísimo presidente de este país, que debe asumir también el mando de la resolución del problema. A pesar de sus diferentes estratos, todos parecen compartir un único sentimiento como respuesta a dicho trance: el amor. Pero no solo lo acusan mediante el afecto, sino también a través del arrepentimiento y la solidaridad. En efecto, al margen de la campaña de salvación del género humano que recorre todo el metraje, estos personajes son hombres necesitados de una redención mayor antes de morir; por eso dedican sus últimos instantes a enmendar su pasado y al auxilio de quienes tienen cerca. Evidentemente, desconozco los planes gubernamentales destinados a socorrer a los hombres llegado el caso que narra la película, pero estoy convencido de que cada uno de estos reaccionará de la manera que esta plantea. Por este motivo, se trata de un gran film.




   Ciertamente, en una época del séptimo arte, la de hoy, en la que proliferan títulos de género catastrófico que parecen regodearse en la maldad de los hombres (véase a modo de ejemplo cualquier producto protagonizado por zombis, muy de moda en la actualidad), cintas como la presente nos recuerdan la bondad a la que estos también están llamados. De hecho, la reacción magnánima parece más común que su antagónica, pues todos conocemos la heroicidad que muestran determinadas personas a la hora de encontrarse ante una injusticia o una tragedia de cualquier magnitud, como un atentado terrorista. Por otro lado, es innegable que la proximidad de la muerte conlleva la acentuación de la fe y el deseo de acallar el remordimiento del alma, por lo que no son extraños el recurso a las oraciones olvidadas ni las postreras peticiones de perdón (en este sentido, recomiendo el film United 93 (Vuelo 93), sobre los atentados del 11 de septiembre en los Estados Unidos, ya que aúna ambos arrebatos de sinceridad humana).

   Pese a lo escrito, la película perdió la partida recaudatoria frente a Armageddon, que ofrecía el espectáculo del que esta renegaba. No dudo de que el film protagonizado por el mítico Bruce Willis exhibiera una diversión sin igual de la que todos gozamos en el momento de su estreno, pero le faltó esa vis personal que hace de Deep Impact un título superior. Por este motivo, desde aquí queremos reivindicar este largometraje, que nos devuelve la esperanza en un ser humano que, lejos de volcarse en su propio egoísmo, es capaz de manifestar lo mejor de sí mismo cuando está en peligro.



domingo, 25 de junio de 2017

Dersu Uzala (El cazador)

   Hace unos días, los medios de comunicación aireaban que a la princesa de Asturias le gusta el cine de Akira Kurosawa, especialmente su película Dersu Uzala (El cazador) (id., 1975): aquí. Por supuesto, esta noticia alteró de inmediato a la opinión pública, que no tardó en hacer chistes sobre ella, afirmando que se trataba de una niña muy pedante (aquí). Es evidente que esta mofa se debe más a su estatus que a sus gustos, pues, si estos hubieran sido manifestados por otra niña, es probable que esta habría sido elogiada por los mismos que han despreciado a la heredera de la Corona española. Sea como fuere, aquellos que se rieron de la princesa demostraron tener la pedantería que le atribuyen a ella, puesto que consideran tan elevado el arte del japonés que solo ellos pueden gozar de él.

   Pero esta lamentable idea también responde al concepto de cine infantil que se ha instaurado hoy entre nosotros. En efecto, desde hace varios años este se ha convertido en un nuevo género, destinado sobre todo a recabar suculentas ganancias y a triunfar en el campo del merchandising. Con este propósito, pues, siempre ofrece el mismo esquema: cintas preferiblemente animadas, argumentos sencillos, personajes bobalicones y poca enjundia. No obstante, el tipo de celuloide que agrada a los niños es aquel que los trata, en su justa medida, como adultos, de manera que puedan disfrutar de él tanto como estos. Sin duda, esta es la noción que, por ejemplo, captaron Spielberg y Lucas, quienes, a través de sus respectivas sagas de Indiana Jones y La guerra de las galaxias, han sabido contentar al público de todas las edades. Este es también el paradigma que subyace tras Dersu Uzala (El cazador), un film que puede ser disfrutado tanto por pequeños como por mayores. Por este motivo, no es extraño que se trate del largometraje favorito de la princesa de Asturias.




   Un oficial del Ejército soviético y su destacamento deben cartografiar la taiga siberiana. Sin embargo, la inmensidad del territorio y la dureza de su clima conseguirán que se pierdan. Afortunadamente, conocen a Dersu Uzala, un cazador nómada que conoce la zona y que sabe cómo sobrevivir en ella. Así, tanto este último como aquellos vivirán grandes aventuras que permanecerán en el corazón de todos para siempre.  

   Seamos francos: ¿qué niño no se siente atraído por una odisea de este calibre? Porque, ¿a qué hijo no le apasiona salir con su padre a la montaña y gozar con él de una jornada al aire libre, o de una acampada con los amigos? Pues precisamente esto es lo que muestra la película que nos ocupa: la aventura que cualquier muchacho querría vivir junto a su familia y sus amistades en un bosque. Además, presenta a un guía extraordinario, el citado Dersu Uzala, que es el compañero de fatigas al que todos desearíamos tener a nuestro lado; una encarnación del amigo idóneo, que no piensa en sí mismo si antes no ha pensado en los demás y que nos instruye en los arcanos de la naturaleza con el fin de ayudarnos a sobrevivir en ella y de amarla. Yo mismo guardo entre mis recuerdos más queridos las excursiones al campo con mis padres y mis hermanos, así que ¿por qué la princesa de Asturias, que tiene la edad precisa para forjar esos mismos recuerdos con los suyos, no se va a asombrar con este film?




   Como decíamos arriba, se trata de una película que pueden disfrutar pequeños y mayores, pues está narrada con una sencillez fascinante, ya que no hay argumentos paralelos que los distraigan de la historia principal. Además, cuenta con imágenes bellísimas y sobrecogedoras de la naturaleza rusa, caracterizada por las nieves perpetuas, pero también por las umbrías arboledas y las hermosísimas puestas de sol, descritas con ternura por Kurosawa. En cierto modo, es precursora de la conocidísima El oso (Jean-Jacques Annaud, 1988) y de la reciente Hermanos del viento (Gerardo Olivares y Otmar Penker, 2015), puesto que, igual que estas, pretende divulgar mediante sus fotogramas la magnificencia de un cosmos que pasa desapercibido para nosotros.

    Pero, principalmente, es un film que versa sobre el valor más importante del ser humano: la amistad. En efecto, nosotros mismos estamos hartos de escuchar y de pronunciar frases acerca de ella que manifiestan su relevancia; recordamos con frecuencia a los amigos con los que jugábamos de niños; anhelamos un confidente que atienda nuestras penurias y aspiraciones, y soñamos constantemente con alguien que camine junto a nosotros durante la peregrinación de nuestra vida. Por eso, Dersu Uzala (El cazador) es en realidad una odisea sobre dos personas que afianzan esa intimidad y que se añoran hasta el final de sus días; un canto al verdadero desprendimiento, que es el vínculo que une a dos amigos. Así que, volviendo al inicio de este texto, ¿qué niño no se va a sentir cautivado por esta historia de raíces tan universales y de afanes tan humanos? Por eso, ¿cómo no va a ser la película favorita de la princesa de Asturias?




   La mención de Spielberg y Lucas al comienzo de este artículo no es baladí. Justamente, estos dos grandes cineastas siempre se han sentido deudores del arte de Kurosawa, que ha sabido relatar historias para niños y adultos. De este modo, cuando el japonés pasaba por su peores momentos económicos, ellos lo ayudaron mediante las respectivas producciones de Los sueños de Akira Kurosawa (id., 1990) y Kagemusha. La sombra del guerrero (id., 1980). Además, el autor de La guerra de las galaxias jamás ha negado su inspiración en La fortaleza escondida (id., 1958) a la hora de rodar la primera aventura de Luke Skywalker. Por este motivo, podemos decir que los tres componen el tándem perfecto para aseverar que el cine infantil no es el género que hoy consumimos y que, por tanto, no resulta nada extraño que sea del gusto de la princesa de Asturias.

   Así pues, desde este blog queremos animar a todos los que insultaron a doña Leonor a que se acerquen a esta obra maestra del cine de aventuras. Les animamos también a que vean otras grandes gestas de Kurosawa, como Yojimbo (El mercenario) (id., 1961) -aquí- o Los siete samuráis (id., 1954), y a que se emocionen con Vivir (Ikiru) (id., 1952) o con el final de Rashomon (id., 1950). Descubrirán que no es un director para pedantes, sino un cineasta que les puede ayudar a comprender que el séptimo arte no está reservado a unos pocos, sino a todo el mundo.




 

lunes, 19 de junio de 2017

Ignacio de Loyola

   Afortunadamente, desde hace un par de semanas venimos abordando en este blog el cine de temática religiosa. De esta manera, escribíamos sobre Las inocentes (Anne Fontaine, 2016), un estupendo film que desvelaba el dolor de un grupo de monjas a manos de los soldados soviéticos (aquí), y sobre La promesa (Terry George, 2016), una aproximación al sufrimiento de la Iglesia armenia (aquí). Por este motivo, hoy traemos a colación Ignacio de Loyola (Paolo Dy & Cathy Azanza, 2016), un largometraje estrenado recientemente que detalla la biografía del fundador de la Compañía de Jesús.

   Por desgracia, y como también denunciábamos en las entradas anteriores, se trata de otra película ultrajada por la distribución española. En efecto, a diferencia de las superproducciones que atestan nuestras salas, esta se ha visto reducida a un selecto número de pantallas (aquí), por lo que su impacto social será muy escaso. A nuestro parecer, esto es una gran injusticia, ya que, sin ser un buen largometraje, está por encima de los engendros cinematográficos que ofrece el séptimo arte actual. Por esta razón, le dedicamos el artículo de esta semana.




   Ignacio de Loyola es un soldado del Ejército castellano que lucha contra las tropas francesas en Pamplona. Aunque su mayor aspiración consista en convertirse en un gran militar, su carrera se truncará por culpa de un accidente. Durante su convalecencia, lee varias vidas de santos, que lo conducen a preguntarse si realmente el éxito mundano merece la pena. Por ello, en cuanto se recupere, consagrará su existencia a Dios, dándolo a conocer a través de su predicación y de sus famosos ejercicios espirituales.

   Como vemos, la película se centra exclusivamente en la juventud de san Ignacio, obviando aquello que le ha otorgado su renombre: la fundación de la Compañía de Jesús. Esto se debe a que su autor ha querido describir una historia eterna y universal, acercando el personaje al mundo de hoy y evitando así la nota que lo diferencia del resto (aquí). Por este motivo, está rodada con un lenguaje muy actual y con una narrativa propia de la televisión, pues el espectador está más acostumbrado a la forma de transmitir de esta, caracterizada por la rapidez, que a la del cine, de mayor lentitud. Sin embargo, esta buena intención es precisamente su error.

   Ciertamente, describir una figura histórica siempre es una tarea complicada, puesto que supone la inmersión en el ambiente que la rodeó. Por supuesto, uno puede condescender al propósito que tenga para hacerlo, y eludir de esta manera ciertos aspectos de aquella que no casan del todo con este último. Pero esto no puede ser la nota dominante de todo el conjunto, ya que le otorga a este un descrédito inmerecido (un ejemplo de ello puede ser, mutatis mutandis, la horrorosa y malintencionada 1898. Los últimos de Filipinas: aquí). Así, el lenguaje facilón de esta cinta, la ingenuidad con que es tratado el personaje de san Ignacio y el recurso común a los tópicos de la Inquisición hacen de ella un título fallido. De este modo, y como indicábamos arriba, parece más un documental catequético que un biopic.




   En cuanto a la intención del film, merece todo nuestro respeto. Como hemos dicho, uno puede soslayar ciertos aspectos históricos en favor de una causa concreta, pues la descripción del conjunto podría arrinconar a esta. En el caso de Ignacio de Loyola, se trata del encuentro del hombre con Dios, algo más común en nuestro tiempo de lo que parece. Y es que, en efecto, pese a las comodidades y la llamada al éxito que padece la sociedad actual, esta también se ve azotada por la angustia de una vida insignificante y sin sentido. Por este motivo, más que nunca, ansía conocer al Otro, para que le otorgue significado y sentido a su propia existencia. Sin duda, el fundador de la Compañía de Jesús es un buen modelo para hallarlo, pues, dejándolo todo, y anonadándose a sí mismo, lo alcanzó.  

   No se trata, pues, de una gran película; incluso alguno pensará que es aburrida y hasta exagerada (principalmente, a la hora de enfrentar a san Ignacio con el diablo). Sin embargo, es un buen film para comprender la historia de una conversión y para meditar acerca del sentido de la propia vida. Por eso, desde aquí animamos al lector a que busque los cines donde se proyecta y la vea, ya que, como decíamos al inicio de este texto, está siendo ultrajada una vez más por la distribución española. Aunque, si de verdad quiere conocer un buen largometraje sobre el fundador de los jesuitas, le aconsejamos el visionado de El capitán de Loyola (José Díaz Morales, 1949), con un excelente guion de José María Pemán (aquí).



domingo, 11 de junio de 2017

La promesa

   La semana pasada deplorábamos en este mismo blog el trato que suelen recibir las películas de temática religiosa en nuestro país. Efectivamente, es un género que parece suscitar poco interés en los espectadores españoles, a pesar de contar con excelentes títulos y de dar a conocer, en algunos casos, fragmentos de la historia que ellos ignoran. En concreto, aludíamos a la película Las inocentes (Anne Fontaine, 2016), que relataba el sufrimiento de un grupo de monjas a manos del Ejército soviético de la postguerra, pero que también enlazaba con la actualidad al presentar un discurso a favor de la vida muy elocuente. 

   Casualmente, estos días podemos ver en nuestros cines un largometraje que corre el peligro de enfrentarse a la misma situación. Se trata de La promesa (Terry George, 2016), un drama que pretende divulgar entre los espectadores el genocidio armenio, un capítulo de la historia que todavía es negado por los herederos de sus responsables, es decir, el Gobierno turco. Por desgracia, la cinta está padeciendo multitud de críticas negativas, que, o bien la acusan de una falsa apologética disfrazada de romance, o bien la tildan de plúmbea y de manida. Aunque no profundizaremos mucho en estos argumentos para defenderla, creemos que, pese a sus errores, es un título valiente e imprescindible. Por ese motivo, y ya que aquí no queremos que corra la misma suerte que la mayoría de filmes cristianos, animamos a los lectores a su visionado.




   Michael desea estudiar Medicina. Para ello, debe partir a Constantinopla, donde vivirá con sus tíos. Pero, antes de marchar, se compromete con su novia a casarse con ella en cuanto regrese. Sin embargo, en la capital conoce a una mujer de la que se enamora, por lo que verá cómo su promesa se tambalea. Todo ello, enmarcado por los albores de la Primera Guerra Mundial y por el genocidio contra los armenios perpetrado por el Imperio otomano.

   Para empezar, es necesario abordar sucintamente la historia. Los armenios conforman un pueblo nacido en la península de Anatolia, en el Asia Menor. Como tantas otras naciones del entorno, asumió muy pronto el cristianismo como religión oficial, ya que, según sus propios anales, había sido evangelizado por los apóstoles san Bartolomé y san Judas Tadeo. Debido a esta conversión tan precoz, el Gobierno otomano, una vez establecido, le concedió el estatus de dhimmi, es decir, de pueblo gentil tolerado por el islam, pero de clase inferior. Sin embargo, esta situación de relativa paz estalló en 1915, cuando aquel aprobó su deportación o su ejecución. Aunque, en la actualidad, muchos armenios viven en la moderna república que lleva su nombre, la mayoría de ellos están dispersos en el mundo como fruto de dicha masacre.




   De este modo, la película se convierte en el testimonio de un capítulo histórico injustamente olvidado. Como prueba de ello, es posible preguntar sobre él a cualquier persona, que sin duda lo ignorará por completo. Sin embargo, esa misma persona conocerá al dedillo todo lo relativo al holocausto judío, que cuenta a sus espaldas con una numerosa filmografía destinada a este propósito. Por esta razón, y aprovechando el loable trabajo del pueblo diezmado por el nazismo, que ha sabido divulgar su tragedia mediante el séptimo arte, esta cinta recuerda también el sufrimiento del pueblo cristiano, en el que el genocidio armenio es solo una muestra.

   Con este fin, podemos acercarnos a títulos que también pasaron inadvertidos en el momento de su estreno, a pesar de narrar acontecimientos de la historia desconocidos por el público actual. Un buen ejemplo de ello puede ser Cristiada (Dean Wright, 2012), que describe la persecución religiosa en México y la respuesta popular en auxilio de la fe. Pero también Un Dios prohibido (Pablo Moreno, 2013) y Bajo un manto de estrellas (Óscar Parra de Carrizosa, 2013), que afrontan el odio a la Iglesia vivido en la España de principios del siglo XX.




   Volviendo a la película que nos ocupa, concedemos que presenta varios errores que impiden que se trate de un título redondo. En este sentido, es cierto que el triángulo amoroso vivido por el protagonista decae muy pronto y que tiene un innegable aspecto de telefilm que le resta credibilidad. Sin embargo, rechazamos la acusación de película engañosa por utilizar el genocidio armenio como marco para el romanticismo, pues ¿no fue esa la excusa usada por Doctor Zhivago (David Lean, 1965) para relatar la Revolución soviética? O bien, ¿no la aprovechó la afamada Titanic (James Cameron, 1997) para poner en boga el entonces olvidado hundimiento del navío? Sin duda, se trata de un elemento narrativo común y, por tanto, aceptable.

   A nuestro juicio, se trata de un gran largometraje que está sufriendo gratuitamente el menosprecio de la crítica y del público, pero que es un título valiente y correcto. Además, y como ocurría con el argumento de Las inocentes, que podía ser extrapolado a nuestro tiempo, cuenta una historia cuyo eco resuena en la actual matanza de cristianos perpetrada por el islam en Siria y en Iraq. Por estos motivos, recomendamos su visionado y animamos al espectador a que viaje por otros filmes de la misma índole, para que descubra que, más allá del sufrimiento judío, existe el que ha padecido la Iglesia a lo largo de los siglos.   



domingo, 4 de junio de 2017

Las inocentes

   Desgraciadamente, hay películas que pasan desapercibidas en el momento de su estreno. Por suerte, muchas de ellas son recuperadas por cinéfilos empedernidos, que consiguen, mediante su tesón, elevarlas al estatus que merecen. Pero hay otras que son relegadas por su temática y que, consecuentemente, caen en el olvido para siempre. Esto suele ocurrir con cintas de carácter religioso, puesto que parecen destinadas a un público muy concreto. Sin embargo, muchas de ellas deberían ser reivindicadas en la actualidad, ya que enlazan muy bien con el alma humana y con los problemas que hoy nos acucian. Este es el caso de Las inocentes (Anne Fontaine, 2016), un largometraje que narra un hecho histórico, pero que, a la vez, afronta el apremiante dilema del aborto.




   Nos encontramos en la Polonia del año 1945, es decir, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. En un convento cercano a Varsovia, unas monjas están embarazadas. El motivo es que, durante el conflicto, unos soldados del Ejército soviético irrumpieron en el cenobio para violarlas. Por ello, cuando van a dar a luz, deciden ponerse en manos de una voluntaria de la Cruz Roja, que no dudará en auxiliarlas pese a las dificultades que ello le reporte.

   En el metraje de la cinta, podemos hallar dos intenciones bien diferenciadas: por un lado, mostrar al mundo este acontecimiento histórico; por el otro, plantearlo como un interrogante para el espectador de hoy. En efecto, detrás del ignorado hecho que relata la película, descubrimos un profundo discurso a favor de la vida que interpela a la sociedad actual, muy defensora del aborto. Pero, en contra de lo que pudiera parecer, no lo hace de forma acaramelada o ñoña, sino mediante un hondo análisis del alma que sufre un embarazo indeseado. 




   Ciertamente, el largometraje presenta, a modo de parangón, las distintas reacciones de las monjas violadas y embarazadas, que pueden ser extrapoladas, mutatis mutandis, a las mujeres de hoy. De esta manera, comprobamos que unas aceptan al hijo de sus entrañas, mientras que otras lo rechazan por tratarse del fruto de un criminal. Estas últimas, sobre todo, se enfrentan a la dura decisión de ver a diario el rostro de su violador, al que desean arrinconar para siempre en su memoria. Por otro lado, encontramos a un grupo de ellas que deben elegir entre mantener a su retoño y proseguir con su vida religiosa, interrumpida por el nacimiento de aquel. Este caso es de mucha actualidad, puesto que no son pocas las adolescentes que hoy, siendo alumnas de instituto, se encuentran encinta. 

   Por suerte, la película se convierte en una abanderada de los inocentes, es decir, de los nonatos. En efecto, pese a la amarga situación que las monjas deben padecer a causa de ellos, todas comprenden que sus vidas están por encima del dolor que ellas sufren. Así, encontramos escenas muy entrañables cuando las pobres mujeres entienden dicha relevancia y deciden consagrarse al cuidado de sus hijos. Pero también hallamos una acerada diatriba contra las personas que propician el aborto, personificadas aquí en la superiora del convento, que no vacila en abandonar a los niños pese al criterio de sus madres.   

   Como hemos dicho, en el momento de su estreno, el largometraje careció del favor del público, no obstante las nominaciones y los premios que había recibido en varios certámenes de importancia. Tal vez se debiera a su mala distribución española, aunque también pesó esta temática tan incómoda. Por este motivo, y para evitar que sea olvidada, la reivindicamos desde este blog y animamos a todos los lectores a que se acerquen a ella: conocerán un pasado que ignoraban y descubrirán un canto a favor de la vida muy actual.





domingo, 28 de mayo de 2017

La tortuga roja

   El cine no está muerto. Esta es la conclusión a la que cualquier espectador puede llegar después de ver esta película. En efecto, pese a que hoy parece que todas las ideas han sido abordadas por el séptimo arte, títulos como este nos demuestran que todavía existe mucho talento por descubrir. En este caso, estamos ante un largometraje de animación, género que suele ser destinado al público infantil, pero que aquí se arriesga con un film mudo para adultos. Por suerte, el experimento aprueba holgadamente, ya que ofrece unas imágenes bellísimas a lo largo de su metraje y transmite una profunda historia sobre el amor, la vida y la familia.


    

   Un náufrago llega a una isla desierta. Después de un tiempo intentando sobrevivir en ella, decide abandonarla mediante una balsa improvisada. Sin embargo, no se interna mucho en la mar, ya que, tras navegar unos metros, la embarcación es hundida por una fuerza misteriosa. Pese a ello, lo intenta varias veces, aunque siempre obtiene el mismo resultado. Al final, descubre que su enemigo es una inmensa tortuga roja, que, no obstante, oculta un asombroso secreto.

   En realidad, poco más se puede decir acerca del argumento de esta cinta, si queremos evitar el manido spoiler. Ciertamente, a partir de ese momento, la película se convierte en un relato metafórico, de tintes fantásticos, que no dejará impasible a nadie. Pero, como se trata de una producción del famoso estudio Ghibli, solo advertimos que encontraremos en ella ciertas reminiscencias a sus títulos más emblemáticos: Totoro (Hayao Miyazaki, 1988), La princesa Mononoke (íd., 1997) y El viaje de Chihiro (íd., 2001).

   


   En efecto, la misteriosa tortuga roja del título parece una encarnación de la biografía humana, que avanza inexorablemente sin que ningún hombre pueda frenarla. Por este motivo, no solo la vemos convertida en mujer, sino también en esposa y madre, simbolizando así las etapas que recorre una persona durante su vida. Es por ello que, asimismo, la película nos ofrece una bella parábola sobre las distintas adversidades que el hombre arrostra en su existencia y que están indefectiblemente unidas al amor, como la educación y el cuidado de un hijo o su emancipación. Todo esto, descrito bajo el silencio al que antes aludíamos, un solemne marco que nos ayuda a distinguir el omnipresente ruido que nos acecha y que nos impide respetar con sobrecogimiento el milagro que nos circunda.

   Para disfrutar mejor de la película, es conveniente ver dos de las obras que hicieron famoso a su autor, el holandés Michaël Dudok de Wit: The Monk and the Fish (aquí) y, sobre todo, Padre e hija (aquí), ganador del Óscar al mejor cortometraje de animación en el año 2000. En ambas, descubrimos una pasión por el amor, la amistad, la familia y la vida que continúa estando muy presente en La tortuga roja. Por este motivo, se trata de un film imprescindible, de una belleza sin igual, que nos recuerda que el cine no está muerto y que a nadie dejará indiferente.








domingo, 21 de mayo de 2017

Twin Peaks

   Al escribir estas líneas, solo quedan unas horas para el estreno de la tercera temporada de Twin Peaks (David Lynch & Mark Frost, 1990). En efecto, veinticinco años después de la segunda, llega su ansiado colofón. De hecho, este ha sido tan esperado por sus incondicionales seguidores que estos podrán disfrutar esta noche de más de un episodio. Por tanto, es un momento histórico para la televisión, que aprovecharemos aquí para revelar el secreto que condujo a aquella al éxito y para conocer mejor a su responsable: David Lynch.




   David Lynch nació en Montana, Estados Unidos, el 20 de enero de 1946. Desde muy pequeño, sintió gran inclinación por el arte, así que decidió estudiar en distintas escuelas dedicadas a ello. Pero, aunque su verdadera devoción siempre había sido la pintura, resolvió flirtear con el cine, ya que Luis Buñuel era uno de sus directores favoritos. Con este propósito, realizó Seis hombres enfermos (íd., 1966), un extraño cortometraje que, sin embargo, logró cautivar a sus espectadores gracias al uso del sonido y de la particular animación (puedes verlo aquí). Posteriormente, y en la línea de este último, rodó Absurd Encounter with Fear (íd., 1967) [aquí], El alfabeto (The Alphabet) (íd., 1968) [aquí] y, sobre todo, La abuela (The Grandmother) (íd., 1970) [aquí]. Este mediometraje lo catapultó finalmente a la pantalla grande.

   Para su primer largometraje, Lynch escogió Cabeza borradora (íd., 1977), la historia de un hombre que descubre su paternidad sobre un extraño y deforme bebé. Con él, pretendió rendir homenaje al cineasta español antes mencionado, por lo que vemos una cinta en blanco y negro cargada de surrealismo e imágenes metafóricas. Aunque hoy esta película es despreciada por el público que se acerca a ella, se trata de un film de culto, del que Kubrick llegó a decir que era uno de los mejores de la historia del cine. Sea como fuere, lo cierto es que su autor marcó en él la impronta que caracterizaría al resto de su obra.

   En efecto, a lo largo de su filmografía, David Lynch destaca el interés que siente hacia la imagen y la música como catalizadores de emociones. Estas están muy cuidadas en todas sus películas, por lo que llegan a ofrecer, en su conjunción, escenas espeluznantes, como la que podemos ver en Carretera perdida (íd., 1997) -aquí- o en numerosos pasajes de Inland Empire (íd., 2006) -aquí-. Pero también ofrece su preocupación por los malsanos entresijos de las sociedades acomodadas, como en Terciopelo azul (íd., 1986) o en Mulholland Drive (íd., 2001), y por la integridad de las mujeres, que, para él, siempre están sometidas a la violencia del varón, como deja claro en Corazón salvaje (íd., 1990). Todo ello, por supuesto, tamizado por su particular visión del celuloide, que lo conduce a presentar relatos que cabalgan entre el sueño y la vigilia.

   Pero Lynch no siempre ha descollado por este uso tan específico del séptimo arte, que lo engarza directamente con su venerado Buñuel, sino que también ha sabido afrontar títulos más convencionales. Estos, que se cuentan con los dedos de una sola mano, son El hombre elefante (íd., 1980), Dune (íd., 1984) y Una historia verdadera (íd., 1999). El primero y el tercero muestran una sensibilidad pocas veces manifestadas en la pantalla grande; respecto del segundo, ha llegado a convertirse en un título de culto, no obstante su escasa aceptación en el momento del estreno. Esto es, en parte, lo que le ha ocurrido a la serie que hoy continúa: Twin Peaks.




   Justamente, corría el año 1990 cuando llegó esta serie a la pantalla doméstica. Por aquel entonces, triunfaban las nuevas sitcoms, como El príncipe de Bel-Air (Andy & Susan Borowitz, 1990) o Blossom (Don Reo, 1990), aunque comenzaban a sobresalir dramas como Ley y orden (Dick Wolf, 1990). Sin embargo, todos los shows televisivos tenían una particularidad: no evolucionaban. En efecto, una vez presentada la premisa, esta se desarrollaba de forma lineal en cada uno de los episodios. De esta manera, podemos decir que eran capítulos estancos unidos por un fino hilo argumental. Así, si uno quería ver un arco evolutivo en la historia de los personajes, debía ir al cine. Pero esto cambió cuando el cine irrumpió en la televisión mediante la serie de David Lynch.  

   En efecto, el conocido asesinato de Laura Palmer solo servía de arranque para una serie que pretendía indagar en la biografía de cada uno de los personajes de Twin Peaks. De este modo, llegaba un momento en que la identidad del homicida era lo menos relevante, puesto que suscitaba mayor inquietud el onírico argumento que la rodeaba: ¿quién no recuerda el sueño del agente Cooper, protagonizado por un misterioso enano vestido de rojo (aquí)?, ¿quién no tiene presente la posesión de Leland por el espíritu de Bob (aquí)?, ¿o quién no se inquieta todavía con las apariciones del extraño gigante (aquí)? Todo ello llegó a cautivar al público, que entró dócilmente en el universo de Lynch y que descubría cada semana un nuevo misterio que apuntaba a una enrevesada solución.

   Desgraciadamente, los productores de la serie exigieron a su autor que abandonase sus pretensiones artísticas y que se centrase en la resolución del asesinato. De esta manera, poco después de comenzar la segunda temporada, se desvelaba la identidad del homicida y la historia, por tanto, perdía su interés. Esto, sumado al abandono de Lynch, centrado en la promoción de Corazón salvaje, arruinó el espectáculo. En efecto, Twin Peaks ya no volvió a ser la misma, pues, toda aquella calidad que había mostrado hasta el momento, se subyugó a los cánones que requería la televisión de entonces. De este desastre, solo se salvó el último episodio, dirigido por su creador, que hoy promete recuperar el estilo que le imprimió en sus primeros capítulos.

   Por tanto, los aficionados al cine y a la televisión de calidad estamos de enhorabuena. Hoy, finalmente, veremos la serie que quiso realizar Lynch, quien ha contado con una libertad absoluta a la hora de afrontarla. Como suele ser habitual, desconocemos el entramado que nos presentará, pero estamos convencidos de que nos engatusará de nuevo. De esta manera, y ya que la serie se emitirá esta madrugada, solo podemos decir que nos tomaremos un café cargado, "tan negro como una noche sin luna" (Cooper dixit).







domingo, 14 de mayo de 2017

Alien. Covenant

   Es inevitable que hoy abordemos en este blog el estreno más importante de la semana: Alien. Covenant (Ridley Scott, 2017). En efecto, casi cuarenta años después del estreno de Alien, el octavo pasajero (íd., 1979), llega a nuestras pantallas el film que pretende relatar los hechos inmediatamente anteriores a este. Es verdad que, hace unos años, se estrenó Prometheus (íd., 2012), que compartía este propósito, pero su vinculación con la saga era tan escasa que su responsable decidió dirigir la película que hoy presentamos, más acorde con sus predecesoras.

   A nivel técnico, se trata de un film discutido, puesto que ha dividido notablemente al público. En efecto, ya hay quienes, a través de él, se han reconciliado con Scott, porque, a su juicio, ha recuperado la esencia de la saga; y quienes, por el contrario, piensan que la ha destruido para siempre, pues se hunde en disertaciones filosóficas que nada tienen que ver con el terror espacial. Pero, para el autor de este blog, presenta de nuevo un inquietante discurso acerca de la creación del hombre, que ya abordó en Prometheus y que aquí vuelve a reflejar, aunque, ciertamente, muy de pasada.





   Alien. Covenant narra la aventura de una expedición espacial que atraviesa el universo con el fin de colonizar un nuevo sistema solar. Sin embargo, durante el viaje, sus tripulantes detectan una señal de auxilio proveniente de un planeta desconocido. Aunque todos deciden rescatar al emisor de dicha señal, cuando llegan, solo encuentran una nave abandonada y destruida. Poco a poco, descubrirán que esta está relacionada con la antigua "Prometheus", el crucero que se perdió en el espacio y que nunca regresó a la Tierra.

   Es indudable que, mediante este film, Ridley Scott ha querido tomar de nuevo las riendas de la saga Alien. Ciertamente, pese a que el título que la inició es hoy un largometraje de culto, fue su secuela, Aliens. El regreso (James Cameron, 1986), la que consagró al xenomorfo en el ámbito cinematográfico. Por este motivo, y valiéndose de los cánones establecidos en esta última por el autor de Terminator (íd., 1984) y Terminator 2. El juicio final (íd., 1991), aquel presenta una cinta más volcada en el thriller que en la ciencia ficción. De este modo, no encontraremos en ella la genialidad artística que intuíamos en Blade Runner (Ridley Scott, 1982) o en la citada Prometheus, sino, más bien, la acción resultona de obras como Black Rain (íd., 1989), Black Hawk derribado (íd., 2001) y El reino de los cielos (íd., 2005).




   Pero, para el autor de este blog, lo más interesante acontece en el prólogo de la película. En efecto, en él somos partícipes de un diálogo entre el androide David (Michael Fassbender) y su creador, Peter Weyland (Guy Pearce). Precisamente, este último es preguntado por aquel acerca de su creación y, no por casualidad, le inquiere sobre la persona que está detrás de todo lo creado. En respuesta a ello, Weyland afirma que el hombre no puede ser producto del azar, sino de una inteligencia mayor que él. Como sabemos, esta es la tesis que mantiene el film Prometheus, aunque desde una perspectiva errónea. Por eso aquí intentaremos solucionar brevemente el enigma.

   Ya en el inicio del milenio, el cine planteó la hipótesis de la creación del hombre a manos de los alienígenas. Efectivamente, en el clímax de Misión a Marte (Brian De Palma, 2000), veíamos cómo uno de estos ofrecía a los astronautas una explicación sobre el origen de la vida en la Tierra. Según esta, todo habría ocurrido, porque se estrelló en nuestro planeta una nave proveniente del Planeta Rojo. Pero, aunque pensábamos que esta teoría se desvanecería en el olvido, lo cierto es que caló en el imaginario colectivo y que, como decimos, fue recogida por Ridley Scott en su primera precuela de Alien, el octavo pasajero.

   Pero, si Prometheus ya postulaba que la humanidad es hija espuria de los extraterrestres, dejaba en el aire la cuestión acerca del origen de estos. Ciertamente, suponiendo que el hombre provenga del ADN de los alienígenas, ¿quién es el autor de estos? ¿Acaso nos veríamos obligados a creer que ellos, a su vez, fueron creados por una raza superior a ellos mismos? Si así fuera, caeríamos en una remontada infinita de causas sin ningún sentido. Entonces, ¿ellos nacieron espontáneamente y nos crearon a nosotros? De ser así, ¿cómo surgieron?, ¿cómo alcanzaron su portentosa inteligencia?




   A mi juicio, y como ya escribíamos en este mismo blog (aquí), se trata de un grito agónico del hombre moderno. Este, en efecto, se ha arrogado tanta supremacía que desprecia la existencia de un ser superior y anterior a él, es decir, Dios. Por este motivo, ha sustituido a este último por los alienígenas, que son seres tangibles y, hasta cierto punto, alcanzables, ya que manejarían una ciencia que, con el tiempo, nosotros deberíamos obtener. Pero esta ausencia del Creador ha conseguido que los extraterrestres sean revestidos con propiedades divinas, es decir, con fines benévolos, curativos, educacionales y protectores, que viven en el cielo y que nos visitan de vez en cuando con los propósitos citados (solo hay que ver el clímax de Encuentros en la tercera fase, donde los marcianos son casi deidades, y E.T., el extraterrestre, donde este es presentado bajo la metáfora constante de Cristo). 

   Es imposible asumir que los alienígenas nos crearon a nosotros o que descendemos de ellos. ¿Alguien ha pensado alguna vez lo difícil que es crear vida ("crear" en el sentido estricto, es decir, producir algo de la nada)?, ¿alguien ha pensado alguna vez lo difícil que es dotar de razón o de sentido espiritual a una criatura? ¿Alguien puede pensar siquiera que este último, el sentido espiritual, puede ser solamente el resultado de la evolución? Evidentemente, sin un Dios que sea el principio de todo y que, por ende, tenga la capacidad de producir algo ex nihilo y dotarlo de inteligencia, la vida (terrestre y extraterrestre) no tiene ningún sentido.

   Por desgracia, ignoramos la postura de Scott en este terreno, ya que, a pesar de las pretensiones manifestadas en Prometheus, nunca las reveló. Por otro lado, en Alien. Covenant parece dar un paso atrás, puesto que solo plantea el interrogante, sin incidir siquiera en ese origen alienígena que planteaba en aquella. Es por ello que, como decíamos, el film se queda a medio camino en el campo de la ciencia ficción, convirtiéndose solamente en un producto de acción que sirve para enlazar con una de las sagas más famosas del séptimo arte.






domingo, 7 de mayo de 2017

La guerra en Hollywood

   Aunque sea poco habitual, esta semana recomendaremos en el blog una serie de televisión. Se trata de La guerra en Hollywood (Laurent Bouzereau, 2017), un documental dividido en tres episodios que ha cautivado poderosamente nuestra atención. En esta entrada, conoceremos el porqué.




   "El cine ha sido una herramienta de seducción ya desde sus comienzos". Con esta frase, pronunciada por Steven Spielberg, se inicia La guerra en Hollywood, un documental que pretende demostrar la influencia del séptimo arte durante la Segunda Guerra Mundial. Para ello, presenta la biografía de cinco afamados directores de la época: John Ford, William Wyler, John Huston, Frank Capra y George Stevens. Estos, ciertamente, preocupados por el auge del nacionalsocialismo en Alemania, decidieron concienciar al público norteamericano del problema que eso suponía para el resto de Europa y, más tarde, para los mismísimos Estados Unidos.
  
   Reconozco que este documental ha sido una verdadera sorpresa para mí. En efecto, como amante del cine, siempre he tenido constancia de la implicación de Hollywood durante la guerra para conseguir mayor número de reclutas, pero jamás imaginé que esta influencia había llegado hasta el punto de abrir el entendimiento de los americanos. Ciertamente, según afirma la serie, Norteamérica vivía al margen de los acontecimientos que estaban destruyendo Europa, por lo que, pese a las noticias que llegaban de allí, nadie pensaba que sería un conflicto de características mundiales (¡hasta algunos veían con muy buenos ojos el ascenso de Hitler al poder y su política de dominación internacional!). Sin embargo, aquellos autores, provenientes del Viejo Mundo, veían cómo sus familias eran masacradas y humilladas por el poderío alemán, por lo que resolvieron transmitir la verdad mediante el celuloide.




   Pero, a mi juicio, el apartado más importante de todo el documental es el que relata las experiencias personales de los cinco cineastas mencionados arriba. Efectivamente, sobrecoge el descubrir cómo el gran John Ford, por ejemplo, compartió destino con cientos de soldados en las islas de Midway; o cómo el alegre George Stevens, autor de las célebres películas protagonizadas por Fred Astaire, entró en Dacháu para liberar a los judíos que allí padecían el oprobio nazi. Asimismo, estremece y lleva a la compasión el saber que estos hechos alteraron para siempre su visión de la vida, pues nunca fueron capaces de rodar largometrajes como los anteriores, ni se comportaron con los demás como lo habían hecho hasta el momento. 

   Sin duda, es un documental imprescindible para cualquier cinéfilo, pero también para cualquier persona que ame la historia o que, simplemente, desee acercarse a este triste período de la biografía humana. Aunque se trate de una expresión típica, debemos indicar que nos muestra el lado más entrañable de unas estrellas que se implicaron lo indecible en este conflicto y que, por ello, nos hace conscientes del horror que padecieron. Como prueba de ello, la serie hace hincapié en los dos filmes con que aquellas rubricaron simbólicamente su nueva visión de la vida: Qué bello es vivir (Frank Capra, 1946) y Los mejores años de nuestra vida (William Wyler, 1946).