domingo, 20 de noviembre de 2016

La llegada

   A lo largo de la historia del cine, la relación de los extraterrestres con los hombres ha evolucionado de manera notable. Desde que el celuloide los popularizara en los años cincuenta hasta el día de hoy, han pasado de ser nuestros enemigos a ser nuestros aliados. Aunque un proceso evolutivo no sea repentino, sino gradual, el que han sufrido los alienígenas tiene un claro punto de inflexión: Steven Spielberg. En efecto, gracias a sus obras cumbre, Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg, 1977) y E.T., el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982), el cineasta cambió nuestro concepto de dichos visitantes para siempre. Pero esta evolución ha continuado avanzando, y ahora los extraterrestres no son únicamente criaturas amigables dispuestas a establecer un contacto con los hombres, sino que también son seres de carácter divino que han aterrizado en nuestro mundo para cuidar de nosotros.




   Para ser justos, este novedoso concepto tuvo su primer atisbo durante la edad dorada de la ciencia-ficción, los citados años cincuenta. En aquel período, la magistral Ultimátum a la Tierra (Robert Wise, 1951) presentó a un alienígena humanoide que advertía a los hombres sobre los riesgos del armamento nuclear; asimismo, intentaba reunir a todos los gobernantes de nuestro planeta con el propósito de establecer la paz que estos no habían logrado. Tampoco podemos olvidar el antecedente literario creado por Arthur C. Clarke durante la misma época, El fin de la infancia (1953), en el que unos visitantes de las estrellas conducían a la humanidad hacia su perfección. Por último, recordemos la controvertida 2001. Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), en la que el famoso monolito, supuestamente colocado por los alienígenas en los momentos precisos de la historia del hombre, propiciaba la evolución de este.         

   Recientemente, y al margen de nostálgicos experimentos cinematográficos, como Independence Day. Contraataque (Roland Emmerich, 2016), hemos sido testigos de la sumisión del séptimo arte a esta moda. En efecto, en películas como La cuarta fase (Olatunde Osunsanmi, 2009), Misión a Marte (Brian De Palma, 2000), Prometheus (Ridley Scott, 2012) y Contact (Robert Zemeckis, 1997), los extraterrestres son presentados como tutores de una humanidad caída (en la segunda y en la tercera, además, se juega con la posibilidad de que ellos sean el origen de la vida en la Tierra). Hasta tal punto llega este convencimiento, que el film de Zemeckis relata el contacto entre los hombres y los aliens como si este consistiese en un ascenso espiritual de los primeros (para más detalle, lee la reseña aquí). Por tanto, el largometraje que hoy nos ocupa no hace más que sumarse a esta nueva ola que ve en los alienígenas a los salvadores de nuestro mundo.




   Porque, no seamos ingenuos: pese a su fantástico revestimiento, esta es la verdadera (y angustiosa) temática que encierra el film. Igual que en la citada película de Robert Wise, nos encontramos en esta con un mundo sometido al caos (atención a las imágenes de la convulsa Venezuela o a las tensas relaciones diplomáticas entre Estados Unidos, Rusia y China que se intuyen durante el metraje), es decir, con una sociedad fracasada; además, pese a los denodados empeños por arreglar la desastrosa situación, esta empeora a cada minuto que pasa. Por esta razón, los hombres necesitan de un agente externo que les advierta sobre su futuro y que, por consiguiente, los reconduzca (en este caso, no son unos alienígenas con forma humana, sino unos seres tentaculares que parecen inspirados en el Cthulhu de Lovecraft); para ello, los visitantes no los exhortan mediante un mensaje conmovedor, como el que pronunciaba el protagonista de aquella, sino a través del lenguaje mismo, que es mostrado como signo de unidad. 

   De este modo, los alienígenas son presentados como los nuevos redentores del hombre, como unos seres provenientes del cielo que tienen la misión de pacificar el mundo. Si lo miramos con atención, esta idea forma parte de la lógica de nuestro tiempo, que ha desterrado a Jesucristo como el auténtico Mesías, pero que continúa necesitando el auxilio de un salvador. Efectivamente, la humanidad de hoy sigue experimentando el fracaso día a día, puesto que no consigue alejar de sí las guerras, las discordias y el odio, a pesar de su evidente progreso; por ello, anhela el contacto con un ente superior que le ayude a corregir sus excesos y que le muestre la senda de la verdadera perfección. Por supuesto, los extraterrestres satisfacen plenamente este deseo, ya que son como una profecía tangible de lo que nosotros estamos llamados a ser.    

   Evidentemente, mientras que no reconozca al Hijo de Dios como su auténtico Salvador, el hombre siempre añorará su propia liberación. Como hemos visto, sin embargo, Jesucristo ha sido suplantado por los visitantes del espacio, a quienes se les ha otorgado características divinas; no obstante, es posible que el tiempo los sustituya por otro elemento (recordemos que los extraterrestres solo llevan sesenta años entre nosotros y que, en ese corto período, han pasado de ser nuestros enemigos a ser nuestros aliados). Sea como fuere, el cine recogerá de nuevo esas aspiraciones y las plasmará una vez más en la gran pantalla, proponiéndonos otras formas de cubrir la indigencia que experimentamos todos los días.