martes, 22 de mayo de 2018

Dos coronas

   Es probable que muchos católicos solo conozcan a san Maximiliano María Kolbe por su martirio, es decir, por aquellas lentas horas de intensa agonía que padeció después de haber intercambiado su vida por la de un recluso de Auschwitz, donde él también se hallaba preso. O quizás también lo conozcan por la devoción que le profesaba san Juan Pablo II, el papa que lo elevó a los altares en octubre de 1982 ante una multitud llegada de Polonia, patria del mártir y del pontífice. A lo mejor también lo recuerdan por su fundación, la Milicia de la Inmaculada, destinada a la conversión de los pecadores, especialmente de los masones, y a servir a Dios a través de la Virgen María (con este fin, portaba siempre la Medalla Milagrosa y repetía una y otra vez la famosa jaculatoria grabada en ella: "Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros, que recurrimos a vos"). Sin embargo, es posible que muchos de ellos ignoren los rasgos de su infancia, así como su pasión por el Evangelio y la vida consagrada, o el innovador uso que les otorgó a los medios de comunicación de su época, y hasta es seguro que desconocen sus inventos, unos sorprendentes artilugios que lo situaron más cerca de nuestro tiempo que del suyo. Con el propósito, pues, de dar a conocer estos datos, nace esta película, una hábil mezcla de imágenes reales del santo, recreaciones muy cuidadas de su biografía y reveladoras entrevistas que nos acercan a su figura.




   San Maximiliano Kolbe nació el 8 de enero de 1894, en el seno de una familia humilde de Polonia. Desde pequeño, sintió gran devoción por la Virgen María, que se le apareció en una visión para advertirle de que, en el futuro, sería coronado con la doble palma: la de la pureza y la del martirio (de ahí el título de la obra). En 1910, ingresó en el seminario que la orden franciscana abrió en su ciudad, pero hasta 1918 no sería ordenado sacerdote. Durante sus formación universitaria en Roma, presenció las manifestaciones anticatólicas que la masonería estaba llevando a cabo a la sazón con motivo del segundo centenario de su fundación, por lo que fue entonces cuando sintió la necesidad de organizar una milicia que la combatiera mediante la oración, la santidad y la formación. Para lograr este último objetivo, fundó una revista muy conocida, el "Caballero de la Inmaculada", que alcanzó la friolera de tres millones de ejemplares y que se distribuyó por toda Polonia a lo largo de varios años; en ella, no solo animaba a la oración, sino que presentaba la actualidad cultural y científica del momento. En este sentido, podemos destacar dos aspectos que quizás sorprendan al espectador: por un lado, su interés por el cine, del que dijo que podía transmitir mucho bien, si se usaba adecuadamente; por el otro, su curiosidad por la ciencia, que lo llevó a diseñar una nave espacial, una máquina del tiempo (el heteroplano) y hasta una estación orbital muy similar a la que hoy circunda nuestro planeta. También fundó la Ciudad de la Inmaculada, un convento ubicado en Varsovia que albergó a más de setecientos frailes y desde el que se distribuía la citada publicación periódica.

   Pero esta pasión que sentía Kolbe hacia el Evangelio, la santidad y la vida consagrada lo impulsó a trascender sus propias fronteras, puesto que, en 1930, pidió viajar a Japón para fundar allí una Ciudad de la Inmaculada, que sería consagrada exclusivamente a la misión. El lugar elegido para tal efecto fue la ciudad de Nagasaki, en honor de los mártires que derramaron su sangre en suelo japonés durante la persecución del siglo XVII. A este respecto, debemos señalar que, gracias a la película, el espectador descubrirá que el santo profetizó la caída de la bomba atómica en dicho municipio, puesto que desechó una primera ubicación del convento al intuir que este sería arrasado años después por la acción de una bola de fuego... (curiosamente, cuando su vaticinio se cumplió, el único edificio que quedó en pie fue su Ciudad de la Inmaculada, que había sido construida en un lugar más apartado). Cuando volvió a Polonia, regresó al convento que él mismo había fundado, pero fue detenido por el régimen nacionalsocialista, que lo internó en el fatídico campo de concentración de Auschwitz; allí se consagró al cuidado de lo más necesitados y hasta compartió su escasa ración de comida con los demás, un gesto que rubricó con la entrega de su propia vida en favor de uno de los presos el 14 de agosto de 1941, víspera de la Asunción de la Virgen María. En la película, el espectador podrá escuchar el testimonio de uno de los pocos supervivientes de aquella masacre, Kazimierz Piechowski, que conoció en persona a san Maximiliano Kolbe y de quien recibió una única palabra, pero cargada de consuelo: esperanza.




   Como hemos señalado, la película mezcla con certera habilidad las imágenes reales de Kolbe, las recreaciones que nos lo acercan y las entrevistas de los expertos en su figura, por lo que se trata de un documento único y muy apropiado para conocer a este santo que, hasta el momento, y para el gran público, ha pasado casi inadvertido. Por desgracia, la película contará con una distribución muy limitada, por lo que indicaremos las salas donde se podrá disfrutar de ella, con el propósito de que sean muchos los espectadores que acudan a ellas y, de este modo, tenga más recorrido:

•MADRID: *Cine PAZ* 16:25; 18:45 y 21:50. *CONDE DUQUE GOYA* 16:00. *CONDE DUQUE SANTA ENGRACIA* 18:00. *CONDE DUQUE ALBERTO AGUILERA* 20:00. *HERON CITY LAS ROZAS* 17:00 (viernes y sábado); 12:00 (domingo). *LA DEHESA CUADERNILLOS (Alcalá de Henares)* 17:00 y 19:00.

•TOLEDO: *OLIAS DEL REY* 20.00; 21.55 y 23.45.

•VALENCIA: *ABC PARK* 16:30 y 20:30.

(Artículo publicado originalmente por su mismo autor en Infovaticana)




miércoles, 2 de mayo de 2018

El aceite de la vida

   ¿Recordáis esta película del año 1992? En ella, los actores Nick Nolte y Susan Sarandon interpretaban a un matrimonio que debía luchar contra la enfermedad degenerativa de su hijo. Como hasta el momento nadie le había hecho frente por considerarla intratable, ellos prácticamente lidian contra toda la comunidad médica, para que esta sienta interés por su curación. La película consiguió tal éxito de crítica y de público que la Academia de Hollywood (la de entonces) la nominó al premio a la mejor cinta del año y al mejor guion, aunque al final se los concedieron respectivamente a Sin perdón (Clint Eastwood, 1992) y a Neil Jordan por Juego de lágrimas (id., 1992).   

   Curiosamente, esta cinta fue dirigida por el australiano George Miller, autor de la imprescindible saga de Mad Max (a la sazón, una trilogía), donde nos había ofrecido su dura visión del mundo que nos aguarda en un más que posible futuro violento y distópico (en lo que al comportamiento humano se refiere, por supuesto). Y es que, después de haber flirteado con la comedia negra (Las brujas de Eastwick), y tal vez desazonado por su propia concepción del mañana (que había suavizado no obstante en la tercera entrega de su saga futurista), quiso presentarle al mundo un motivo de esperanza. Para ello, eligió la historia real de Augusto y Michaela Odone, un matrimonio italoamericano que, como hemos indicado en el párrafo precedente, despertó a la comunidad médica mediante su lucha contra la enfermedad de su hijo: la adrenoleucodistrofia, o ALD. Ciertamente, el tesón de estos esposos por el bienestar de su retoño fue tan grande que ambos consiguieron elaborar una medicina que hoy previene la citada enfermedad: el aceite de Lorenzo (por ser este el nombre de su hijo), o el aceite de la vida, como señala el título español del film.

   Como hemos dicho, la historia de estos padres-coraje engatusó tanto al Hollywood de la época y al público que acudió en masa a ver la cinta que la Academia decidió que esta contase al menos con un par de nominaciones a los Óscar. De este modo, y aunque finalmente no le concediese el premio a ninguna de ellas, la meca del cine demostró que todavía estaba interesada en películas que abordaban los valores tradicionales y eternos, como son, en este caso, la defensa de la vida o la importancia de la familia (por otro lado, temas que siempre habían gustado al Hollywood de antes). Probablemente, hoy sería impensable que una cinta así llegase tan alto, puesto que nos encontramos ante una Academia que no solo se ha rendido al discurso de lo políticamente correcto, sino que también lo ha promovido abiertamente a través de sus últimas obras, que por supuesto ha premiado sin rubor alguno en un vergonzoso y escandaloso delito de prevaricación flagrante, es decir, y como diría el clásico, "Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como" (¿de verdad que alguien cree que la horrorosa y plúmbea La forma del agua, una metáfora sobre el amor interracial -tan de moda por eso del supuesto racismo de Trump-, merecía ser la ganadora del Óscar a la mejor película del año?, ¿o que Déjame salir, una cinta de terror correcta -pero solo correcta-, merecía estar entre las candidatas a obtener dicho premio, más allá de que era una obra realizada e interpretada por afroamericanos y dirigida a ellos, por su discurso acerca de la presunta supremacía blanca que los oprime?). ¡Y eso que todavía presenciamos gestas paternas (y paternales) tan grandes como la de los Odone de El aceite de la vida, que nos pueden servir de ejemplo a todos nosotros! La última de ellas ha sido la protagonizada por los Evans, un matrimonio inglés que ha preferido enfrentarse al Estado británico antes que acomodarse a una sentencia injusta de este, que había dictaminado impunemente la muerte de su hijo Alfie.




   Por si alguno anda despistado, ya que los media se han encargado de silenciar esta batalla (salvo en su tramo final, cuando el clamor popular era ya irrefrenable), recordemos que Alfie Evans era el niño que murió el pasado 28 de abril después de que un juez de la Corte Suprema de Inglaterra decretara su muerte. En efecto, pese a que todo apuntaba a que este niño, aquejado de una rara enfermedad neuronal degenerativa, podía seguir vivo con la ayuda de un respirador artificial, el citado magistrado determinó que ese dato era irrelevante para su decisión, por lo que debía ser desconectado de inmediato y aguardar así su prematuro fallecimiento (el caso incluso podría ser tildado de blasfemo y hasta de satánico, si tenemos en cuenta que el decreto entraba en vigor el día 23 de abril, festividad de san Jorge, patrono de Inglaterra). A partir de ese momento, sus padres comenzaron una dura lucha contra este dictamen y en favor de la supervivencia de su retoño, llegando incluso a entrevistarse con el papa, a escribir a la reina de Inglaterra y hasta consiguiendo la nacionalidad italiana para el pequeño, de modo que este pudiera ser atendido en el hospital "Bambino Gesù", que depende directamente del Vaticano. Pero la obstinación anticurativa del juez y de los médicos ingleses (en palabras del catedrático de Genética de la Universidad del Sagrado Corazón de Milán -aquí-) fue tan grande que estos no solo desoyeron y despreciaron cualquier injerencia o ayuda externa, sino que también recrudecieron las medidas contra la vida de Alfie, prohibiendo para ello que incluso sus padres le otorgaran el alimento, el oxígeno y la hidratación que el niño necesitaba.

   Por suerte, las reacciones a esta lucha no se hicieron esperar mucho, pues a las puertas del hospital se reunieron decenas de personas con el fin de protestar contra la abusiva decisión del juez y de los médicos y en favor de los Evans y de su hijo Alfie; Francisco, en respuesta a aquella entrevista que mantuvo en el Vaticano con Thomas Evans, padre de Alfie, no solo pidió que se hiciera todo lo posible para salvar la vida del pequeño, sino que incluso rezó públicamente por él en la audiencia general de los miércoles y en la oración dominical del Regina Coeli, así como en su cuenta de Twitter, consiguiendo de este modo internacionalizar el problema; cada día, en las redes sociales aparecían nuevos comunicados sobre la evolución del niño, personas que se sumaban a las oraciones del pontífice y hasta vídeos que nos mostraban en directo la situación en la entrada del centro de salud (irónicamente dicho, por supuesto, ya que se encargó de privar de ella a uno de sus pacientes). Una vez que se internacionalizó el problema, reacciones tan importantes como la del primer ministro italiano, que pidió que Alfie fuera trasladado a su país, ya que él mismo le había concedido su nacionalidad, urgieron todavía más la situación: la directora del "Bambino Gesù" viajó en avión hasta Liverpool (sede del malhadado hospital inglés) para trasladar allí al pequeño; médicos alemanes visitaron de incógnito al niño para constatar que podía seguir viviendo; los respectivos presidentes del Parlamento Europeo y Polonia rogaron por su vida, y algunos (muy pocos) políticos españoles se sumaron a estos últimos. Pero nada de esto impidió que tanto la decisión del juez como de los médicos, empeñados en matar a Alfie, siguiera adelante (en un heroico gesto de caridad, un manifestante le lanzó a Thomas por encima del cordón policial una mascarilla de oxígeno, para que pudiera seguir respirando en contra del criterio de aquellos). No obstante, el niño sobrevivió casi una semana, a pesar de que a los padres les habían augurado que moriría pocos minutos después de que fuera desconectado de la máquina que lo mantenía con vida. Pero la enfermedad pudo con él y, como hemos indicado arriba, la madrugada del pasado día 28 murió, dejando al mundo consternado y denunciando los excesos de un Estado que ya ha dejado de proteger al más débil.




   En efecto, si hay un problema que ha evidenciado todo este asunto es la creciente omnipotencia del Estado actual. Y es que, como ya han señalado varios artículos periodísticos (aquí), el caso de Alfie Evans trasciende la lucha religiosa en favor de la vida (recordemos que los padres del pequeño son cristianos -él, católico, y ella, protestante-, un factor que los ha impulsado a la pugna por la supervivencia de su hijo), ya que no solo se trata de poner en liza un convencimiento moral, sino de  frenar la autoridad que últimamente se están arrogando las instituciones públicas sobre la existencia de los individuos. Ciertamente, como si hubieran vuelto a nuestros tiempos los años oscuros de la Unión Soviética o del nacionalsocialismo alemán, hoy quien determina la supervivencia de un hombre no es el hombre mismo (cosa que ya es de por sí aberrante), sino el Estado, que, como ocurría en aquellos execrables regímenes del pasado, pretende ser el nuevo dios del mundo actual. Pero, por supuesto, esto no es más que el colofón de un camino que se emprendió hace ya mucho tiempo (concretamente, cuando Dios fue abolido de la vida pública); así, y en estos últimos pasos que el Estado está dando para convertirse en la nueva ley moral de la humanidad (y nunca mejor dicho, puesto que, al menos en Occidente, nos encontramos en un mundo completamente globalizado), podemos identificar su evidente sesgo adoctrinador: por ejemplo, en Escocia está a punto de aprobarse el infame Proyecto de Persona Designada (aquí), según el cual a cada niño se le debe asignar un empleado del Gobierno, para que vigile su progreso social y para que asesore su vida familiar (es decir, es el Estado el que debe regular la vida privada del individuo); el Tribunal Supremo del Reino Unido ha dictaminado que, en cualquier disputa sobre el interés del niño, por muy insignificante que esta sea, es precisamente el niño quien debe tener una voz soberana sobre sí mismo (evidentemente, por "voz soberana" se entiende el criterio del Estado, como han demostrado tanto el caso de Alfie Evans como, en su momento, el de Charlie Gard). Pero no es necesario viajar a las islas británicas para comprobar los trancos que está dando la supremacía estatal en materia ética, puesto que, si nos quedamos en España, podemos comprobar que en los colegios se imparte ideología de género sin la previa autorización de los padres, o que las niñas pueden abortar sin el permiso de estos últimos y hasta ser tratadas obligatoriamente por ellos como varones, si así lo sienten en su intimidad sexual. Y es que, como decimos, han vuelto los tiempos en que los rusos eran adoctrinados moralmente por la Unión Soviética o en que los pobres alemanes eran súbditos anímicos del Reich (a la sazón, según la ideología política de cada régimen; hoy, según los dogmas feministas, homosexualistas y posthumanistas que corroen nuestra sociedad).

   Sin embargo, igual que entonces, hay determinadas actitudes personales que nos demuestran que, en un mundo totalitario, inmisericorde y violento (como el Mad Max de George Miller que citábamos arriba), todavía existe la esperanza (¡la esperanza es lo último que se pierde!); de este modo, y así como en la extinta Unión Soviética se alzaron voces discordantes, que vencieron la amenaza del gulag, campo de concentración ruso que ha presenciado la mayor matanza de seres humanos de la historia, para clamar por la libertad (al respecto, ver la película Cosecha amarga), o como en la Alemania nacionalsocialista surgieron grupos que denunciaron las ambiciones adoctrinadoras del Reich (como describe el film Sophie Scholl. Los últimos días), hoy surgen anónimos David que se encaran contra el gigantesco Goliat estatal, pertrechados solamente con la honda de su palabra, que les es proporcionada por su profundo convencimiento, por su persistente rebeldía y por su imbatible tesón. En este sentido, el matrimonio Evans se ha comportado como el valeroso israelita bíblico, puesto que se ha aproximado con bizarría al ciclópeo enemigo con el fin de mojarle la oreja, pese a que todos los factores apuntaban contra ellos; pero, como los acuciaba la injusta sentencia de un juez sin entrañas, siervo y paladín de los nuevos dogmas estatales (aquí), y especialmente el amor a su hijo, se atrevieron a arrojarle la piedra esperanzados de que cayese fulminado al suelo. Por desgracia, y pese a su empeño, esta vez ha vencido Goliat (aunque no del todo, puesto que consiguieron que Alfie fuera hidratado y alimentado de nuevo), pero de manera pírrica, ya que, mediante el esfuerzo de los cónyuges, que han sabido internacionalizar el problema, han salido a la luz los excesos inexorables de un Estado cada vez más omnipotente. Por este motivo, tanto ellos como Alfie son un verdadero símbolo de esperanza y rebeldía, puesto que no pertenecen a la masa adocenada que se deja manipular por el maligno leviatán, ávido de almas secas e incautas, que, sin embargo, se creen pletóricas y cultas (una sociedad que se manifiesta contra el sacrificio de un perro -¡de un perro!-, pero que condesciende ante el asesinato impune de un niño -¡de un niño!-, por su supuesto bienestar, es una sociedad enferma, execrable y vomitiva: "Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero, porque eres tibio, ni frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca"). No pretendo ser profeta, ni siquiera buen exegeta, pero los Evans han demostrado pertenecer a esa decena de justos por los que Dios le prometió a Abrahán refrenar su ira contra la ciudad de Sodoma (Gn. 18, 32); son, por tanto, y pese a la desgracia que han vivido en su seno, ese hálito de esperanza que este mundo marchito necesitaba.




   Volviendo a la cinta que ha originado este post, recuerdo que esta ofrece un par de escenas y una actitud que parecen haber sido imitadas por los Evans estos últimos días (aunque realmente se trate del amor que subyace tras la resolución valiente de unos padres por sus hijos). En cuanto a las primeras, están protagonizadas por Susan Sarandon, que en la película interpreta a Michaela Odone, la madre de Lorenzo: en una de ellas, tras asistir a una reunión de padres cuyos hijos padecen la adrenoleucodistrofia, aquella descubre que los participantes no albergan la intención de luchar por sus hijos, sino de aceptar el mal que les ha sobrevenido (como aquellos que se conforman sin luchar por lo que es justo); en la otra, expulsa de su casa a la cuidadora que le insinúa que mate a Lorenzo por misericordia (una metáfora tristemente real de aquellas personas "cultas" y "solidarias" que disfrazan su impiedad bajo la máscara de la compasión). En cuanto a la actitud que denota el film, me refiero a la de Nick Nolte, que es capaz de irrumpir en un congreso médico con el fin de que los doctores despierten de su letargo y, así, procuren sanar a su hijo (como consiguió Thomas Evans cuando visitó al papa en el Vaticano, ya que despertó a muchas conciencias cristianas adormiladas). Aquellas escenas y esta actitud, pues, encierran el amor a la vida que debe urgir a todo hombre, pero que se convierte para el cristiano en una ley exigente ("Vosotros sois la sal de la tierra. Pero, si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?").

   Si hoy viviéramos en un mundo decente, el mundo del arte se habría conmovido ante la bizarría de unos padres cristianos, que se han enfrentado a un poderoso enemigo con tal de salvar a su hijo (en el Hollywood de antes, pero en el de hace pocos años, ya le habrían dedicado un film). Pero, como vivimos en un mundo vacío, pendiente de modas pasajeras, de fútiles ganancias crematísticas y de inanes postureos políticos, que es incapaz de ver lo que hay de bello en una gesta memorable en defensa de la vida, nunca veremos su reconocimiento cinematográfico (¡ni falta que nos hace!). Por desgracia, esta sociedad, que prefiere dar la vida por un perro o por una clase de piojo en peligro de extinción antes que por un crío inocente, olvidará muy pronto a los Evans, como ya ha olvidado a los Gard y a tantos otros; pero no ha de ser así entre los bautizados, que hemos despertado frente a la opresión de un Estado con manifiestos tintes anticristianos. Que la hazaña de estos hermanos nuestros, que nos han comunicado parte de su esperanza, fundamentada sin lugar a dudas en las promesas del Hijo de Dios, nos sirva de ejemplo en la defensa de ese valor fundamental que es la vida. Por mi parte, ofrecí la santa misa por Alfie y por sus padres hasta que aquel murió; ahora que intuimos que el niño está en el cielo, pues fue bautizado y confirmado antes de fallecer (aquí), me queda rezar por la conversión y el perdón de ese Estado (y de ese juez) que lo han llevado a la tumba (el juicio sobre sus razones solo compete a Dios y no a nosotros). Pero recordemos que, mientras haya gestas de amor tan grandes como esta, aún hay esperanza en este mundo podrido: nuestra sociedad no será ese desierto árido y descorazonador que George Miller nos presentaba en Mad Max, sino un lugar donde se podrá sembrar el amor de una familia por su hijo; por este motivo, rodó El aceite de la vida.



lunes, 23 de abril de 2018

Campeones


   Esta semana, reproducimos en el blog el artículo de Dª. María Pérez Chaves (@mpchvs), experta en audición y lenguaje, que nos narra su experiencia con discapacitados intelectuales a través de una excelente película española de la que aún podemos disfrutar en nuestras pantallas: Campeones (Javier Fesser, 2018).




   Marcos es un entrenador de baloncesto. En uno de los partidos, termina peleándose con otro entrenador y es echado del equipo. Esa misma noche, antes de ir a casa de la madre (no está bien con su mujer), se pasa por un bar y bebe más de la cuenta; coge el coche borracho, le ponen una multa y además debe trabajar para la comunidad: será entrenador de un equipo de baloncesto de niños distintos (hacen lo que no se espera que hagan, o no hacen lo que se espera que hagan), pero, en este caso, ya son adultos.

   Estos adultos han tenido que esforzarse mucho para llegar adonde están: unos son queridos en su familia, pero otros no; algunos se buscaron la vida como cualquier otra persona y tienen un trabajo, pero otros no han sido capaces o ni siquiera tienen familia que los cuide. Para que los niños distintos lleguen a SER, tienen que tener un modelo lo más armónico posible.

   Los personajes de la película quieren ser jugadores de baloncesto, pero no hay una persona que ame a los chicos y los guíe para conseguir su sueño: nadie quiere compartir su vida con los muchachos, nadie quiere responsabilidades, porque nos guste, queramos o no, ser modelo de un niño distinto es una responsabilidad, porque él será como tú seas.




   Marcos, obligado, acude a la demanda, pero no quiere dejar un trocito de su vida en la vida de estos muchachos: cuántas persona hay que no quieren responsabilidades; entonces, ¿cómo van a educar a sus hijos? Va sin ganas y prefiere cualquier otra cosa antes de ser entrenador de "subnormales", como él dice en la cinta.

   No hay que ver a estos adultos distintos con pena, ni pensar que no pueden hacer ciertas cosas: si tienen la capacidad, quieren y hay voluntad, pueden, que es lo que ocurre en Campeones: todos ellos tienen la capacidad de jugar al baloncesto (unos más que otros). A Marcos le cuesta empezar, pero, gracias a la obligación de asistir dos días a la semana durante tres meses, va aceptándolos y él también se ve realizado, porque realmente es segundo entrenador y me parece que no le hace mucha gracia, y con los chicos puede ejercer como primer entrenador.  

   Es muy importante creer en lo que estás haciendo y creer en los demás. Marcos, al principio, no creía en ellos, y eso afectaba al grupo, pero, cuando comenzó a entregarse de verdad y a entrenar a auténticos jugadores, todo cambió. Para él, antes era enseñar a unos subnormales; ahora enseña a unos hombres distintos, cada uno con su capacidad, pero todos con voluntad para jugar, y ya los trata como los jugadores  que son.




   El encargado del polideportivo no le pide a Marcos que los chicos jueguen bien al baloncesto, sino que jueguen, porque, para estos muchachos, es un modo de escape de la rutina. El papel del encargado es muy importante, porque es el que anima a Marcos a seguir adelante, como el angelito bueno que, colocado en nuestro hombro, nos dice las cosas buenas que tenemos que hacer: la conciencia. “Es difícil, pero no imposible” le llega a decir ese Pepito Grillo, y no le falta razón.

   ¡Cómo se vienen arriba cuando se les jalea y qué importante es el que se anime a estas personas con discapacidad! Porque con qué poco se conforman a veces y qué poco nos cuesta animarles a que sigan adelante.

   Los muchachos agradecen a Marcos el trato hacia ellos, ya que este no les habló como si fueran unos pobrecitos, sino que, al contrario, les hizo entrenar duro, les reñía… pero también se preocupaba por ellos. Autoridad con amor. Marcos creó esa identidad que le faltaba al grupo: antes de su llegada, cada uno iba por su cuenta, pero, con el entrenador, todo cambió, ya que él vio que había posibilidad, que podían llegar a ser un grupo, y eso llevó a los muchachos a creer en ellos de manera individual y grupal: “Estoy contento, porque estamos juntos y, si estamos juntos, vamos a ganar”.





lunes, 16 de abril de 2018

Dagon. La secta del mar

   Como sabéis, mi último post fue dedicado a La herencia Valdemar (José Luis Alemán, 2009), una gran película de presupuesto español que se jacta de ser una adaptación cinematográfica de los relatos de H.P. Lovecraft, pero que, sin embargo, se trata más bien de una adaptación del universo literario de Edgar Allan Poe, mentor de aquel (aquí). Sea como fuere, y a raíz de dicho post, he pensado que hoy podríamos dedicar este artículo a la relación de Lovecraft con el cine, que es menor y de menos calidad que la que merece, pese a la influencia que ha tenido en literatos, cineastas y productores de televisión a lo largo de la historia. En efecto, en el mundo de las letras de hoy, por ejemplo, nos acercamos insaciablemente a la obra de Stephen King, sin saber que este es un heredero directo del autor de Providence (EE.UU.), o bien aplaudimos a directores que configuraron el género de terror, sin saber que sus películas descansan también sobre los relatos lovecraftianos (por ejemplo, John Carpenter parece honrarlo en todo momento mediante La cosa, El príncipe de las tinieblas y, si me apuráis, En la boca del miedo; o el primer David Cronenberg parece haberse leído todas sus historias antes de rodar Cromosoma 3, Vinieron de dentro de..., Scanners y hasta su excelente versión de La mosca), o bien vemos series como Expediente X (Chris Carter, 1993) que beben también del universo literario de dicho autor. Sin embargo, en muy pocas ocasiones se ha reconocido esta influencia.

   Tal vez, el motivo de este falta de reconocimiento quepa ser hallada en la dificultad que entraña la adaptación literal de cualquiera de sus obras, puesto que estas están repletas de descripciones y largos monólogos que, sin duda, hacen de ellas un material de complicada recreación cinematográfica (Lovecraft era un apasionado del mundo de los sueños, e incluso muchas de sus obras parecen la descripción de un mundo onírico, por lo que no es extraño que quisiera dotar de esa dificultad interpretativa a muchas de sus obras). De esta manera, es más sencillo escoger y adaptar los relatos más fáciles de rodar e interpretarlos según los cánones estéticos del momento; o bien, adaptarlos conforme a los gustos del director o del escritor que desea acercarse a él, prescindiendo, por supuesto, de aquellos que hacen de su lectura un ejercicio harto complicado. Así y con todo, Lovecraft ha encontrado su hueco tanto en el fanworld, que, como veremos más adelante, le ha dedicado un par de obras que dejan en pañales a las multimillonarias producciones hollywoodenses, y en el cine español, que le ha consagrado las dos mejores obras de la filmografía inspirada en sus escritos: Dagon. La secta del mar (Stuart Gordon, 2001) y La herencia Valdemar II. La sombra prohibida (José Luis Alemán, 2010). Por cierto, no me estoy contradiciendo respecto de lo que afirmaba en el post dedicado a la predecesora de esta última, en donde aseguraba que se trataba de un film mediocre, puesto que el tramo final de esta película es un testimonio de incalculable amor lovecraftiano que nunca ha sido visto en pantalla grande (esa aparición final de Cthulhu todavía me sobrecoge y parece extraída directamente de cualquiera de las páginas del autor norteamericano).





   Para empezar, debo reconocer que no soy ningún experto en H.P. Lovecraft, por lo que afrontaré este texto desde el prisma puramente profano; debo confesar también que no se encuentra entre mis escritores favoritos (prefiero la literatura de su mentor, Allan Poe), pero la lectura íntegra que hice de su obra supuso una experiencia literaria que me ha marcado de por vida y que, por eso, me gustaría compartir con vosotros. Ciertamente, hace muchos años llegaron a mis manos dos gruesos volúmenes que, bajo el título de Narrativa completa, pretendían ser la compilación definitiva de todos los relatos de Lovecraft, y que habían sido publicados, como no podía ser de otra manera, por la famosa Editorial Valdemar (aquí). Por supuesto, yo ya conocía algunos de ellos y hasta me sonaban los nombres del dios Cthulhu y del funesto libro Necronomicón, pero nunca había tenido la oportunidad de profundizar en ellos, por lo que decidí aprovechar de inmediato la oportunidad que me brindaban dichos volúmenes. Rápidamente, encontré en ellos un universo sobrecogedor y terrorífico, donde el horror, el caos y el desasosiego se daban la mano para ofrecerme historias sobre monstruos espaciales y pesadillas humanas que parecían inocularse en cada una de las fibras de mi cerebro, habiendo permanecido en ellas desde entonces para aterrorizarme de vez en cuando con alguno de sus recuerdos. De este modo, mientras que en Allan Poe había hallado un verdadero poeta del estilo narrativo propio del romanticismo decimonónico (su única novela, Narración de Arthur Gordon Pym, me sigue pareciendo una joya de la literatura del XIX), en Lovecraft encontré al único autor que ha sabido de verdad describir el miedo (y hasta el pánico), con un estilo indudablemente menos lírico, pero quizás más eficaz. 

   Como he dicho al principio, no soy ningún experto en H.P. Lovecraft, por lo que no me atrevo a decir de dónde parte la descripción tan gráfica (y cinematográfica, pese a los pocos títulos que el séptimo arte le ha dedicado) que hace del horror. Algunos dicen que procede de sus propios terrores, fundamentados en su pasión por la astronomía, que le hacía pensar en los monstruos espaciales que podían provenir de las estrellas para acabar con al humanidad (recordemos que esta ciencia, tal y como la conocemos hoy, estaba dando sus primeros pasos, por lo que el desconocimiento de la negrura celestial debía de encerrar terroríficos misterios para los profanos que la miraban desde sus telescopios, como el propio Lovecraft); de este modo, igual que los primeros navegantes (según dicen) imaginaban criaturas demoníacas allende el horizonte marino por ser este un lugar ignoto, el escritor imaginaba otras tantas, aunque de procedencia extraterrestre. Otros defienden que la raíz de sus terrores eran sus propios sueños, alimentados tal vez por esos horrores espaciales que él imaginaba; sin duda, una teoría factible, puesto que el autor siempre manifestó gran devoción por el mundo onírico y, como hemos afirmado arriba, muchas de sus obras parecen más la descripción de una pesadilla (stricto sensu) que una narración al uso (es indudable que nuestras pesadillas nos producen terror por la sensación de caos e incomprensión que nos producen, una tesis que recorre y fundamenta la mayor parte de la obra lovecraftiana). Finalmente, otros abogan por su ateísmo, arguyendo para ello que el terror parte de la falta de esperanza que evocan sus páginas, que nos muestran una humanidad sometida al arbitrio de crueles y ciclópeas deidades alienígenas. Como suele pasar con estas cosas, tal vez se trate de una mezcla de las tres, aunque debo reconocer que esta última me interesa más, puesto que, en efecto, Lovecraft nos describe siempre a unos hombres aterrorizados que, como vulgares gusanos, huyen de unos dioses que los odian y que se alimentan de ellos, sin la esperanza de encontrar un ápice de bondad que los libere de tanta crueldad (no deja de ser el grito del ateo, aterrorizado ante la fuerza de lo desconocido, que le habla irremediablemente de Dios).




   Pese a esta viva descripción del horror que hace en la mayoría de sus historias, y como ya hemos indicado, el pobre Lovecraft no ha contado con mucha proliferación en el mundo del séptimo arte; de hecho, las primeras adaptaciones de sus obras ni siquiera fueron abordadas por su país de origen, ya que fue el Reino Unido el que descubrió todo el potencial que albergaban sus escritos. Así, El palacio de los espíritus (Roger Corman, 1963), El monstruo del terror (Daniel Haller, 1965), La maldición del altar rojo (Vernon Sewell, 1968) y Terror en Dunwich (Daniel Haller, 1970) fueron las primeras cintas que se inspiraron en su obra, pero incluso parecen más una adaptación de la literatura de Edgar Allan Poe que de los relatos lovecraftianos, que es algo válido, puesto que estos, en un primer momento, se inspiraban francamente en las famosas Narraciones extraordinarias de aquel (por otro lado, es posible que también se debiera a una falta de efectos especiales de calidad, necesarios para representar las monstruosidades encarnadas por Cthulhu y su legión de dioses primigenios, aunque no lo tengo claro del todo, porque a la sazón ya se habían rodado King Kong, múltiples filmes de Godzilla y hasta Jasón y los argonautas, donde se veía una batalla contra una imponente estatua de Aquiles que cobraba vida). Sea como fuere, y si obviamos la incursión del cine italiano en este universo de sus adaptaciones, con su inefable aportación La isla de los hombres peces (Sergio Martino, 1979), tuvimos que aguardar hasta los años ochenta para ver un producto fiel y enteramente lovecraftiano (es decir, sin influencias de Poe) en pantalla grande: la hilarante (aunque poco recomendable para estómagos delicados) Re-Animator (Stuart Gordon, 1985), que contó con dos secuelas (la última de ellas, de capital español: Beyond Re-Animator) y que para muchos es el origen del famoso género de terror y humor negro característico de dicha década (no en balde, en la cinta colofón de este tipo de cine, El ejército de las tinieblas, se homenajea a Lovecraft mediante la inclusión del citado y maligno libro Necronomicón).

   Sin embargo, y a pesar del acierto de la mencionada Re-Animator, así como de algunas cintas que, en la misma línea, vinieron después, como Re-Sonator (Stuart Gordon, 1986), El innombrable (Jean-Paul Ouellette, 1988) y El libro de los muertos (Christophe Gans, Shusuke Kaneko y Brian Yuzna, 1993), nadie se había atrevido aún a rodar una película inspirada en sus relatos más conocidos, como son todos aquellos que profundizaban en la mitología del dios Cthulhu. Es por ello que, como hemos indicado arriba, tuvimos que aguardar tanto a la bizarría de los fans, que no se cortan a la hora de honrar a sus héroes, como a las aportaciones hispanas, que han tenido lugar ya en este siglo XXI. Respecto de la primera, debemos citar, por un lado, La llamada de Cthulhu (Andrew Leman, 2005), un mediometraje mudo, rodado en blanco y negro, que adapta el relato homónimo del escritor, el primero en el que hace su aparición Cthulhu y que es paradigmático en orden a conocer las neuras de Lovecraft, es decir, monstruos espaciales, pesadillas premonitorias, humanidad en peligro, aventuras antárticas y etcétera (por cierto, la razón de haber sido rodada en formato vintage es que ese habría sido, obviamente, el formato usado en los años veinte, fecha de publicación del relato lovecraftiano); por otro lado, debemos aludir a En las montañas de la locura (Michele Botticelli, 2008), un cortometraje de animación italiano (en mi modesta opinión, de mejor manufactura que La llamada de Cthulhu) que adapta el relato del mismo nombre y que supuso la consolidación del mito cthulhuiano, puesto que le otorga a este toda la cronología de hechos que le faltaba al anterior cuento. En cuanto a las aportaciones españolas, debemos mencionar la ya citada La herencia Valdemar II. La sombra prohibida, que, en su tramo final, cuenta con una espectacular aparición de Cthulhu (metida con calzador, es verdad, pero no por ello deja de merecer la pena) y Dagon. La secta del mar. Ciertamente, en esta última, Cthulhu es mencionado casi de pasada y como una manera de vincular el film al universo de Lovecraft; no obstante, y solo por eso, ya puede ser incluida en este apartado de "mejores adaptaciones de Lovecraft".




   ¿Y de qué trata esta cinta que tantos elogios recibe por parte del autor de este blog? Nos encontramos en las inmediaciones marítimas de un pueblo costero gallego: Emboca (en realidad, el entrañable pueblo de Combarro). Una pareja de jóvenes llega a él después de haber sufrido un accidente, solicitando la ayuda necesaria para rescatar a dos amigos que han encallado en las rocas con su barco. Al principio, reciben el auxilio que piden por parte de sus habitantes, pero poco a poco descubren que estos no lo han hecho de manera altruista, sino que todos ellos encierran un oscuro secreto que ambos desentrañarán paulatinamente. Entre los muchos arcanos que ocultan, se encuentra la adoración al dios Dagon, una ancestral criatura que requiere de sacrificios humanos para desarrollar todo su poder. Por suerte, cuentan en su aventura con los consejos de Paco Rabal, un pescador borrachín que no se ha dejado seducir por los encantos de la deidad abisal.

   Como he dicho al principio, no soy ningún experto en Lovecraft, pero sí que he leído todos sus relatos, por lo que también leí en su momento el que sirve de inspiración a esta película: La sombra sobre Innsmouth (1931). En él (y escrito en primera persona, un estilo literario que alcanzó su cumbre en el siglo XIX y que Lovecraft supo asumir perfectamente para dotar de auténtico terror a su obra), un hombre decide investigar el pueblo del título, ya que le han llegado rumores de comportamientos extraños por parte de sus moradores; como en la película, allí conoce a un pobre haragán que le narra el origen de dicho comportamiento, es decir, el culto a Dagon, que los está convirtiendo progresivamente en peces. A partir de este instante, el protagonista deberá enfrentarse tanto a los citados moradores mutantes como a sí mismo, ya que descubrirá cómo su estancia en el pueblo está propiciando su transformación en pez. No recuerdo si el relato vinculaba la aparición de Dagon a la apostasía del pueblo, que rechazó al Dios cristiano en favor de aquel, pero la cinta sí lo hace, y es un dato de interés, puesto que, de manera consciente o no, indica que los terrores de Lovecraft parten de su rechazo del cristianismo, una teoría que ya hemos explicado arriba (podemos extraerle entonces incluso una moraleja teológica). Por otro lado, es un espectáculo para amantes de lo raro, ya que podemos ver a la actriz Macarena Gómez ataviada como una sacerdotisa ictiológica y a sus devotos seguidores chapurreando un gallego acuoso que hace las delicias de cualquiera.




   Decía al principio que no soy ningún experto en Lovecraft, pero que la experiencia de su lectura me cautivó sobremanera. Es por ello que echo en falta películas del calibre que merece, ya que, bien dirigidas, podrían renovar sin duda el género de terror, que está viviendo un curioso rebrote gracias a títulos como It Follows (David Robert Mitchell, 2014), It (Andrés Muschietti, 2017) y Déjame salir (Jordan Peele, 2017). Probablemente, serían obras adultas y difíciles de adaptar, si nos atenemos estrictamente al estilo literario del escritor, pero podrían suponer toda una revolución cinematográfica, algo de lo que hoy andamos escasos. Su mentor, Edgar Allan Poe, tiene casi un centenar de adaptaciones, entre las que destacan las archiconocidas La caída de la casa Usher (Roger Corman, 1960) y La máscara de la muerte roja (id., 1964), por lo que ya estamos tardando en ver una adaptación fiel de la obra lovecraftiana. Tanto el fanworld como el cine español han dado el primer paso: ¿seguirá alguien su estela? En el ínterin, nos uniremos al salmo maléfico diciendo: "Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagi fhtagn", o lo que es lo mismo, "En la ciudad de R'lyeh, el difunto Cthulhu espera soñando".



domingo, 8 de abril de 2018

La herencia Valdemar

   Puede resultar sorprendente que hoy quiera hablaros de una película como esta. En primer lugar, porque se trata de una cinta de terror española (atípica, por tanto, dentro del panorama cinematográfico actual de nuestro país, pese a las honrosas excepciones que nos brindan las ya archiconocidas Rec y Verónica), y en segundo lugar, porque sufrió el menosprecio apabullante del público y de (parte de) la crítica especializada. Pero, en cuanto a esto último, dicho menosprecio no vino propiciado por la mala calidad (tanto técnica como temática) a la que nos tiene acostumbrados el séptimo arte español, sino precisamente por todo lo contrario, es decir, por intentar despegarse de él lo máximo posible. En efecto, consciente de que el mal que asola nuestro cine estriba en las malhadadas subvenciones públicas, que condicionan irremediablemente tanto el interés de sus creadores (ya que les pagan, les da igual el éxito de taquilla, los gustos de la platea o la calidad de su obra) como la temática que nos suelen presentar (no salimos de la comedia costumbrista, de la homosexualidad, de la transexualidad, de los curas malos, de la Iglesia perversa, de la Guerra Civil, del franquismo, del postfranquismo, de las víctimas del franquismo, de la Transición, de la memoria histórica y etcétera), el director de esta película prescindió absolutamente de ellas, por lo que gozó de una libertad artística que pocas veces hemos visto en nuestras pantallas; por otro lado, y en base a esta libertad, tomó como referencia el cine comercial americano, por lo que quiso vendernos un doblete que sentó muy mal a los espectadores.

   Ciertamente, así como el gran Quentin Tarantino quiso presentarnos su magistral Kill Bill en dos mitades, George Lucas afrontó la tragedia de los Skywalker en una nueva trilogía galáctica, y Peter Jackson rodó El señor de los anillos (o El hobbit) como un solo film de tres larguísimos episodios, José Luis Alemán escribió y dirigió La herencia Valdemar (José Luis Alemán, 2009) como un inmenso prólogo de su inmediata secuela: La herencia Valdemar II. La sombra prohibida (José Luis Alemán, 2010). Pero, mientras que en aquellos filmes se trató de un astuto ardid propagandístico, en estos fue un auténtico despropósito, puesto que nadie (o muy pocos) sabían que formaban parte de un díptico; de este modo, cuando el público fue al cine a ver la primera entrega, se encontró con una película inacabada y pensó que se le había engañado, para que también acudiese ulteriormente a ver la segunda (hasta tal punto llegó el enfado que el propio Alemán tuvo que salir a disculparse a través de una carta pública a los espectadores españoles: aquí). Pero aquí no acaba todo, puesto que un espectador que haya disfrutado de la primera irá sin dudarlo a ver la segunda, aunque no tenga conocimiento de la existencia de esta hasta que vea los créditos de aquella; el principal problema fue que ese inmenso prólogo que es La herencia Valdemar respecto de su secuela es a su vez como una película dentro de otra, puesto que la trama detectivesca con la que comienza (y que es la que luego se desarrollará profundamente en La herencia Valdemar II. La sombra prohibida) es bruscamente interrumpida por un largo flashback (prácticamente dura todo el metraje, salvo los veinte minutos iniciales, consagrados a esa trama detectivesca) que pretende ser asimismo un prólogo de dicha trama detectivesca. En fin, un lío que (comprensiblemente) no gustó nada al público, que pagó por ver una cosa, pero vio otra (¡y encima una cosa inacabada, porque tenía que ver la segunda parte para saber cómo acababa todo!): no es de extrañar, pues, que todo el mundo se enfadara y que no recompensara la película con las ganancias que merecía (de los catorce millones de euros que costó, no recaudó ni siquiera uno). Así que, frente a este panorama, uno se puede preguntar lo siguiente: ¿es realmente tan mala?




   Para responder a esta pregunta, creo que debemos dividir la película en dos partes (independientemente de su secuela): por un lado, la trama detectivesca de la que ya nos hemos hecho eco; por el otro, el largo flashback que narra la leyenda de la mansión Valdemar y que, al mismo tiempo, propicia dicha trama detectivesca. En relación a la primera mitad, debemos decir que se trata de un manido argumento, ambientado en la actualidad, sobre la desaparición de una chica en la citada mansión, que es conocida por todos como un lugar maldito; esto impulsa una búsqueda por parte de sus compañeros de trabajo y hasta de un pintoresco policía, que pretende ser gracioso y moderno para ganarse nuestro respeto, pero que provoca en el espectador más vergüenza ajena que admiración. No obstante, y a pesar de sus irritantes defectos, dicho policía consigue información sobre los sucesos que rodean a la casa, encontrando así que esta estuvo habitada por una extraña (aunque hospitalaria y caritativa) familia que sentía cierto interés por el ocultismo. Y aquí empieza la segunda mitad. Nos encontramos ahora en pleno siglo XIX: la familia Valdemar no puede tener hijos, por lo que decide formar un hogar de acogida para niños, que luego darán en adopción; sin embargo, la penuria económica llega a su casa, por lo que deben encontrar un método para obtener beneficios y continuar con su labor social. Como a la sazón las ciencias ocultas están teniendo cierto auge entre la población española, deciden consagrarse a ellas, ofreciendo a sus vecinos diferentes sesiones de espiritismo, así como una fotografía psíquica del fantasma que haya sido invocado. Aunque ellos realmente no crean en su nueva afición, sino en la remuneración que esta les reporta, sus sesiones atraen sobre la casa la presencia de peligrosísimos demonios del inframundo.

   Respecto de la primera mitad, debemos decir, en efecto, que se trata de una trama insulsa y sin interés, que recurre a los territorios que ya han sido trillados una y otra vez por el cine policiaco y de misterio, pero sin innovar en ninguno de ellos; además, está plagado de interpretaciones sobreactuadas, de diálogos absurdos e irrisorios y de alguna que otra situación cómica (sin querer serlo, que es lo peor). Pero, por suerte, esto solo dura los veinte minutos iniciales, ya que, después de estos, comienza ese largo flashback que, como hemos dicho, es en sí mismo una (otra) película. Y ahora sí, nos encontramos ante una obra casi magistral, en la que podemos hallar una historia absorbente y bien cuidada, donde priman una puesta en escena clásica y muy cinéfila y unas actuaciones esmeradísimas; encontramos unos diálogos sabrosísimos, que parecen extraídos de cualquier novela decimonónica de los maestros Allan Poe y H.P. Lovecraft (no en balde, este último aparece en los créditos como inspirador de la cinta), y unos giros argumentales propios de la literatura gótica. De esta manera, tan magníficamente rodada está esta analepsis que, si fuera una película en sí misma, entroncaría de inmediato con el buen cine de terror que se gestó en nuestro país allá por los años sesenta y setenta (La marca del hombre lobo, La noche de Walpurgis o El espanto surge de la tumba) y hasta con la flamante obra del gran Roger Corman, creador del género gótico cinematográfico por antonomasia, con El palacio de los espíritus (Roger Corman, 1963) a la cabeza. Pero, por si esto fuera poco, la película muestra una interesantísima enjundia sobre los peligros que conlleva el ocultismo, y con este fin, recurre a la conocida figura de Aleister Crowley (1875-1947).


     

   ¿Quién es Aleister Crowley? Aunque muchos de los lectores ya estén familiarizados con su nombre, debemos recordar que este sujeto, nacido en el Reino Unido en pleno auge del ocultismo europeo, fue conocido como "el hombre más perverso de su tiempo", puesto que divulgó por todo el mundo la doctrina satanista que ha llegado hasta nuestros días. En efecto, bajo su famoso lema, "haz lo que quieras", propaló por Occidente las supuestas doctrinas esotéricas que había importado del Oriente, mezclando el yoga, la magia negra, la cábala y la egiptología, entre otras cosas, con su obsesión por el diablo y el anticristianismo; organizó (y participó en) numerosísimas sesiones espiritistas, en invocaciones demoníacas a través de la ouija y hasta en sacrificios y misas negras; fundó multitud de sociedades secretas de carácter gnóstico o iluminista, y hasta, por este motivo, quiso concitar todos los saberes y misterios de la humanidad. En sus incansables viajes alrededor del mundo para investigar sobre sus intereses y para divulgar su doctrina, llegó a España, donde, según parece, reafirmó su animadversión hacia la Iglesia y donde pudo conocer de primera mano tanto la  impronta de la cultura árabe en nuestro país (misteriosamente, a los ocultistas les encanta este sector cultural) como las leyendas y cuentos acerca de las brujas y la Inquisición (para saber más, aquí). Basándose, pues, en este viaje real, la cinta nos lo presenta rondando la ficticia mansión Valdemar (por cierto, un nombre que no solo homenajea al célebre cuento de Allan Poe, El extraño caso del señor Valdemar, sino también al licántropo Valdemar Daninski, interpretado en numerosas ocasiones por Paul Naschy, coprotagonista de la peli que nos ocupa), interesado por las sesiones espiritistas que está llevando a cabo en ella la familia que le da nombre. Pero lo interesante es que, en un momento dado, los Valdemar le espetan que ninguna sesión ha sido auténtica, a lo que él responde que sí, ya que, mediante su juego ingenuo, han sabido despertar a los demonios del infierno.

   Como decimos, aquí subyace toda una profunda enjundia sobre los juegos ocultistas (desconozco si esta era la intención del director, pero sin duda ha dado en el clavo). En efecto, en esa respuesta que otorga Crowley al matrimonio Valdemar, se halla la verdadera esencia maligna que caracteriza a las prácticas que hoy hemos asumido como inocuas: la futurología, el tarot, la numerología, la magia, el yoga (recordemos que Crowley era gran seguidor de esta práctica y que la vinculaba con el satanismo), el reiki e incluso la ouija, de nuevo en peligroso auge entre los jóvenes (si quieres saber más sobre todo esto, pincha aquí). Es evidente que muy pocas personas recurren a dichas prácticas con fines nocivos (se supone que el yogui quiere alcanzar el sosiego anímico mediante sus ejercicios físicos, y que en las sesiones espiritistas solo se procura contactar con las almas de los difuntos para hablar con ellos), pero lo cierto es que, sin saberlo, se están sometiendo a las prácticas satanistas que abren las puertas al diablo, como el niño que, inocentemente, se somete a los juegos perversos del adulto que quiere abusar de él (el famoso exorcista Gabriele Amorth recuerda que, detrás de toda invocación espiritista, siempre está el demonio... ¡aunque se disfrace del alma de un familiar nuestro! -aquí). Por otro lado, la supuesta eficacia de estos métodos aparta irremediablemente de Dios, que no se somete al hombre de la manera en que estas fuerzas parecen subyugar a los espíritus: la tranquilidad que nos otorga el quiromante, por ejemplo, al advertirnos acerca de nuestro futuro, nunca la encontramos de manera tan supuestamente evidente en la oración al Padre, por lo que es preferible pagar al que nos lee la mano y nos cuenta lo que nos va a pasar que estar embebido de una oración que no me dice nada. No es extraño, pues, que, tras la sesión espiritista en la que participa el Crowley de la película (y hasta Bram Stoker, otro epítome del ocultismo europeo del siglo XIX), este espete que nadie puede controlar en verdad las misteriosas fuerzas de lo oculto, aunque creamos lo contrario.




   Por todo ello, creo que se trata de una película que debemos recuperar sí o sí. En efecto, una vez que han transcurrido casi diez años desde su polémico estreno, hoy se nos presenta como un film muy interesante, desgraciadamente atípico dentro de nuestro cine y deudor del terror más clásico de la cinematografía hispana y universal (así como de la buena literatura gótica del XIX). Respecto de la mamarrachada que supone el acusarla de fraude por pretender vendernos un díptico sin saberlo, ¿cuántas veces nos hemos tragado pelis del mismo tipo (o aun sabiéndolo, que es peor) sin menospreciarlas, como ocurre con las últimas de la saga Star Wars, que son execrables? En cuanto a la idea de insertar dos películas en una sola, concedo la diatriba, porque habría funcionado muy bien si se hubiera centrado solamente en el manido flashback, pero ¡anda que no habremos visto cosas peores en una sala de cine, y aún así se lo perdonamos! Tal vez todas estas críticas formen parte del complejo que nos caracteriza a los españoles, que deploramos todo lo que sea nuestro (y si es bueno, lo deploramos aún más); de este modo, si fuera una cinta norteamericana, aplaudiríamos con las orejas cada vez que la viéramos (como ocurre allí con The Room, por ejemplo) y hasta la elevaríamos a los altares del frikismo, pues cumple todos los requisitos de las rarezas cinematográficas que tanto nos gusta a los parroquianos freaks (fracaso de taquilla, cinta experimental, denostada por la crítica...). Pero como es española, la despreciamos (y eso que yo suelo despreciar mucho el interesado, subvencionado y malintencionado cine español, de cuyas malignas influencias se aparta esta obra).

   Por otro lado, si sois cristianos, creo que encontraréis en ella un elocuente discurso sobre las fuerzas del mal, que campan a sus anchas por nuestro mundo (sé que suena a prólogo de El señor de los anillos, pero es que es así), y que lo hacen, sobre todo, gracias a esos inocentes juegos ocultistas que siempre están de moda. Como afirma el Crowley de la cinta, "nunca terminamos de controlarlas del todo, sino que son ellas las que al final nos controlan totalmente a nosotros". Sin duda, un claro resumen de todo lo que aquí hemos manifestado.




domingo, 1 de abril de 2018

Pablo, el apóstol de Cristo

   Creo que es de mala educación empezar un texto autorreferenciándose, pero el caso es tan flagrante que hoy, de manera excepcional, lo voy a hacer. Y es que os lo dije: cuando una película religiosa es ampliamente publicitada, tiene gato encerrado, mientras que, si pasa desapercibida, tiene más posibilidades de ser buena. Es lo que ocurrió hace unos días con María Magdalena (Garth Davis, 2018), un panfleto de feminismo rancio, disfrazado de religiosidad reivindicativa, que nos fue vendido hasta en la sopa por las distribuidoras cinematográficas y que fue avalado, como no podía ser de otra manera, por la crítica especializada, que siempre se pirra por los filmes que ponen en tela de juicio la figura de Jesús o todo lo que la rodea: casi a la vez que llegaba esta a nuestras pantallas, se estrenaba Pablo, el apóstol de Cristo (Andrew Hyatt, 2018), concretamente una semana después, pero ningún medio se hizo eco (salvo las honrosas excepciones de los religiosos) y los pocos críticos especializados que la vieron se dedicaron a vapulearla, amparándose para ello en la manida propaganda cristiana que dicen que divulga. Sabiendo esto, ¿qué podemos pensar a priori de ella? Pues que merece la pena y que es infinitamente mejor que el ideologizado biopic de la Magdalena, y acertaremos.

   Pero, antes de meternos en harina, me gustaría preguntarles a los críticos especializados que me lean un par de cosas. En primer lugar, y aunque caiga en el pecado de generalizar, ¿por qué os molesta tanto que un film sea abiertamente cristiano? Por ejemplo, no os gusta esta de san Pablo, porque supuestamente lo es (aquí); no os gustó Converso (David Arratibel, 2017), porque también lo es (pese a que se trate de un documental que parte de la duda y no de la confesión cristiana); La cabaña (Stuart Hazeldine, 2017) os pareció melosa y proselitísticamente patética (aquí), aunque, a pesar de sus fallos, represente muy bien la onerosa tragedia humana; El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011) os gustó hasta que descubristeis que su autor es cristiano (aquí), y La pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004) la habéis relegado a una mera cinta catequética o parroquial (¡como si a un niño chico se le pudiera poner la escena de los latigazos!), pese a que ya se trata de un film histórico para el séptimo arte. Os parece muy bien que se haga propaganda del travestismo con La chica danesa (Tom Hooper, 2015), de la homosexualidad pedófila con Llámame por tu nombre (Luca Guadagnino, 2017), de la eutanasia con Mar adentro (Alejandro Amenábar, 2004) o con Una razón para vivir (Andy Serkis, 2015), y del feminismo hiperrancio con la citada María Magdalena; pero, cuando se trata de un filme cristiano, que es la base moral de nuestra cultura, de nuestros valores familiares y sociales, ¿por qué os lleváis las manos a la cabeza? En segundo lugar, ¿no os dais cuenta, en el caso de la película que nos ocupa, que lo que vosotros identificáis con propaganda religiosa no es más que rigor histórico, algo que no encontráis ni por asomo en la supuesta biografía de la apóstola de Cristo? Tal vez sea mucho pedir, pero, así como pedís a los cristianos que vamos al cine que dejemos a un lado nuestros prejuicios religiosos a la hora de acercarnos a una película que verse sobre nuestra fe (siempre nos suelen atacar con La vida de Brian, La última tentación de Cristo El código Da Vinci), vosotros deberías dejar también a un lado los vuestros, que los tenéis más arraigados que los nuestros a la hora de valorar un filme religioso; así que, "romanes eunt domus" (¿o debería decir: "romani, ite domum"?).


  

   Nos encontramos en la Roma del año 64 d.C. A la sazón, el emperador Nerón ha incendiado la urbe para construir una nueva ciudad, con el fin de que esta satisfaga sus particulares gustos arquitectónicos y sus aspiraciones megalómanas; pero, como no puede reconocer su delito, puesto que ello enfrentaría a todos sus súbditos contra él, ha culpado del hecho a los cristianos, que son miembros de una nueva fe que se está divulgando con suma rapidez entre los habitantes del Imperio. El chivo expiatorio de estos últimos es san Pablo, a quien el citado emperador culpa de ser el cabecilla y principal instigador de los supuestos crímenes cristianos, por lo que ordena su prisión en la célebre cárcel Mamertina y su ulterior decapitación. Pero, afortunadamente, en estos últimos instantes de su vida, el apóstol no está solo, ya que es visitado cada noche por su discípulo san Lucas, quien ha resuelto transcribir el pensamiento y las vivencias de su maestro, con el fin de que ambos sirvan para testimoniarle al mundo la autenticidad de la fe cristiana.

   Como vemos, nos encontramos ante un film eminentemente histórico, que pretende detallar por ello la cruda realidad a la que se enfrentaban día a día los cristianos de la antigua Roma: persecuciones, decapitaciones, torturas, fieras, hogueras y el largo etcétera que conforma el grueso número de tormentos que aquellos padecían a causa de su fe. Por este motivo, no especula sobre ideas que no existen, sobre supuestas doctrinas ocultas a los fieles ni sobre escritos desconocidos, que, sin autoridad suficiente, pretenden ser más auténticos que los que nos presenta la Biblia; sus únicos fundamentos son la historia y la Escritura, puesto que esta última es la única que nos dicta la fe de los primeros cristianos, la cual, por otro lado, no ha variado en el seno de la Iglesia desde entonces (recordad que María Magdalena venía a decirnos más o menos que los apóstoles, machistas a más no poder todos ellos, habrían frustrado por conveniencia propia el mensaje feminista y liberador de Jesús). Ciertamente, como se trata de un guion original, se toma la licencia de introducir algunos elementos no necesariamente históricos, pero que, como afirma la máxima italiana, "se non è vero, è ben trovato"; en concreto, me refiero a todo el entramado que rodea al alcaide de la prisión y a su familia, algo inventado por el director, pero que responde a la autenticidad y a la religiosidad del momento (spoiler alert!: recordemos que, aunque la conversión del citado alcaide no aparezca en la Escritura -ni siquiera tenemos noticias de que existiera-, en los Hechos de los Apóstoles -16, 25-40- aparece el bautismo del carcelero de san Pablo en Filipos, que abrazó la fe después de la predicación del apóstol). Sin embargo, el motivo de esta introducción, lejos de pretender elaborar un discurso anacrónico e ideologizado sobre los intereses sociales y políticos del momento, consiste en reflejar la revolución que le supuso al mundo la llegada del cristianismo (para saber más, échese un vistazo a este interesante vídeo sobre el particular: aquí).




   En este momento, imagino a los críticos que he citado arriba (o al lector embebido de los prejuicios anticristianos) sonriendo con sorna ante mis palabras: ¿revolución? Sin embargo, y pese a su reacción, estoy convencido de que no existe otra palabra que defina mejor la llegada al mundo de nuestra fe. Para ello, recurramos una vez más al film, que, como hemos dicho arriba, supone una recreación histórica perfecta de las vivencias de los primeros cristianos en la antigua Roma. Como hemos señalado, el emperador culpó a estos últimos del incendio de la ciudad, desencadenado así contra ellos toda una oleada de denuncias y torturas que no hicieron sino dificultar su propia supervivencia (en la cinta vemos cómo son usados como teas ardientes, algo que está documentado en las crónicas de la Urbe; o bien, cómo son lanzados a las fieras, algo que todo el mundo sabe sin necesidad de recurrir a los documentos que lo acreditan); sin embargo, y a pesar de ello, ningún cristiano reacciona con odio contra sus opresores (salvo alguno, que es recriminado enseguida), sino que lo hace compasivamente, rezando por ellos y procurándoles el bien que humanamente no merecen (spoiler alert again!: no hay mayor ejemplo de ello que la ayuda que le prestan los cristianos -¡y hasta el mismísimo san Lucas!- al alcaide de la Mamertina, que los ha hostigado hasta la saciedad). Cabe hallar otra prueba en el modo en que la película nos detalla que los cristianos recogen en su seno a los huérfanos, a los ancianos y a las viudas, desechos sociales para los romanos de entonces, que, sin embargo, eran muy valiosos para aquellos, ya que veían en ellos el rostro doliente de Cristo (es muy significativo que, en el film, los romanos afirmen que se trata de un engaño de los cristianos, quienes procuran convencer a los humildes de que se acomoden a su situación, una crítica que ha perdurado hasta nuestros días); esto no solo es probado por los Hechos de los Apóstoles, sino también por los documentos históricos de san Justino, que afirma que los cristianos cuidaban de las personas que Roma consideraba despojos. 

   Pero el secreto de esta revolución es sin duda el amor, la clave que vertebra todo el film. Ciertamente, san Pablo enseña en la película (como enseña en la Escritura) que el amor no es la mera correspondencia al sentimiento de bienestar que nos genera otra persona, sino la respuesta comprometida a la entrega vital de Cristo en la cruz. En efecto, como escribe en su famosa epístola a los corintios, que también sale a colación en la cinta, "el amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad": todos estos son valores que el apóstol aprendió de Jesús, el cual, sin llevar la cuenta de nuestros pecados, quiso morir cruelmente en el madero, para librarnos a nosotros del castigo que arrastrábamos desde la caída de Adán (¡y qué decir de la paciencia o de la falta de engreimiento, cuando vemos al Señor sufrir por nosotros sin abrir la boca!). Pero de todo ello empieza a ser consciente cuando, camino de Damasco, con el propósito de asesinar a un mayor número de cristianos, el mismísimo Jesús resucitado se le aparece y lo hace discípulo suyo (supongo que para el lector esto no será ningún spoiler...): en ese momento descubre que Cristo también murió por él y que, al hacerlo, también le perdonó sus pecados, por lo que ahora él debe hacer lo mismo y vivir perdonando, es decir, amando. Por eso es el amor lo que mueve el corazón de los cristianos al acoger en su seno a los despojos de Roma, o a rezar por sus perseguidores y ayudarlos en sus necesidades, o a conducir sin rechistar al apóstol san Pablo a prisión, pese a que sea inocente del crimen que se le inculpa.




   Comprendo que a un espectador de hoy le resulte un film plúmbeo, puesto que su fuerza está en el diálogo más que en la acción (solo recuerdo una escena trepidante... y tampoco se le puede adjudicar este adjetivo con propiedad), y eso es algo que el cinéfilo actual no soporta (más aún si se trata de un cinéfilo joven, acostumbrado a la narración videojueguil y al arrobamiento técnico -aquí); pero ello no obsta para que se trate de un estupendo largometraje, puesto que, en efecto, las cosas cotidianas más importantes de nuestra vida suelen desarrollarse en la intimidad de una conversación o en la nueva luz que aporta un descubrimiento, como es la conversión a la fe. De hecho, y a mi juicio, creo que se trata de una de las grandes películas que conforman el nuevo panorama del cine religioso y que puede ser vista por ello como complemento perfecto de la siempre reivindicable La pasión de Cristo.

   Por desgracia, y como anunciábamos arriba, es probable que quede relegada muy pronto a las estanterías de las tiendas religiosas, junto a los documentales buenistas sobre la vida de Jesús o a los vídeos catequéticos de consumo parroquial. Y es una pena, porque pasará inadvertida para una legión de nuevos cinéfilos, que descubrirían en ella una buena narrativa, un elaborado guion y una fiel recreación histórica de un momento revolucionario para la humanidad. Los que podáis, navegad por internet, para intentar descubrir en qué cine más cercano está siendo proyectada, puesto que, como suele ocurrir con las cintas religiosas de calidad, esta ha contado en España con muy poca distribución: no os arrepentiréis y, gracias al testimonio de san Pablo en la película (que es el mismo que el de san Pablo en la Escritura), descubriréis que el amor es poderoso y que no pasa nunca (cfr. 1 Co. 13, 8).




domingo, 18 de marzo de 2018

María Magdalena

   Creo que los lectores de este blog son lo suficientemente inteligentes como para saber que, si una película religiosa es ampliamente publicitada, tiene gato encerrado. En efecto, aunque no lo parezca, a lo largo del año se producen multitud de largometrajes de temática religiosa, pero estos difícilmente llegan a nuestras pantallas, o bien carecen de la publicidad que merecen (pese a que muchos de ellos son infinitamente mejores que los grandes estrenos que llegan a nuestras salas). Es el caso, por ejemplo, de Converso (David Arratibel, 2017), Garabandal, solo Dios lo sabe (Brian Alexander Jackson, 2017) y la más reciente El caso de Cristo (Jon Gunn, 2017), para cuyo visionado hay que arrostrar una auténtica odisea, o bien apoyar campañas de proyección en internet. Por eso, cuando la cinta que nos ocupa ha sido publicitada en todos los medios o incluso nos asalta en nuestras páginas favoritas cuando navegamos por la red, debemos levantar la ceja y amusgar los ojos, porque no debe de ser trigo limpio.

   Ciertamente, la trampa que oculta esta película es el feminismo. Pero no estamos hablando del feminismo loable que pretende reivindicar la figura de la mujer como artífice necesaria de la historia del hombre, ni de ese feminismo (también loable) que aspira a igualar ambos sexos (si es que alguna vez han estado tan diferenciados en la historia de Occidente como vemos que actualmente están diferenciados en Oriente), sino de ese feminismo sectario que atiborra los canales de televisión y el actual mundo de la farándula con la única intención de humillar y derrocar al varón; de ese feminismo que ha inventado el término "heteropatriarcado" para hacerse la víctima frente a un mundo que considera machista y opresor (un mundo en el que, por otro lado, las mujeres pueden trabajar en lo que quieran, vestirse como deseen y ese largo etcétera que les está vedado en los países de raigambre musulmana, a los que, por cierto, no han llevado su lucha reivindicadora). La verdad es que el cine ha tardado mucho en darse cuenta del filón que le proporciona en este sentido la figura de santa María Magdalena, ya que, en una época en la que todo debe pasar por el filtro feminista, esta mujer podría haberse erigido anteriormente como su adalid; sin embargo, tal vez por desconocimiento religioso (¡y eso que el papa Francisco les tendió la mano cuando la puso como ejemplo de reivindicación feminista! -aquí),  o porque había que esperar que esta ola llegase a su cénit, no ha sido hasta ahora en que se han fijado en ella (no es casual que la protagonista sea interpretada por Rooney Mara, actriz de Millennium. Los hombres que no amaban a las mujeres, basamento cinematográfico del feminismo de hoy).




   De santa María Magdalena sabemos más bien poco, aunque la tradición siempre nos la ha presentado como una prostituta arrepentida que quiso seguir las huellas de Cristo; es cierto que, en los Evangelios, también aparece como una mujer de la que Jesús expulsó hasta siete demonios, pero los exegetas no se ponen de acuerdo en si se trata de una metáfora sobre su citado pasado y consecuente arrepentimiento, o si es una alusión a un exorcismo real que el Señor hizo sobre ella. Sea como fuere, aparece mencionada entre el grupo de mujeres que acompañaban a Jesús y a los Doce, como testigo directo de la crucifixión de aquel y como fuente preeminente de su resurrección (recordemos que, según el evangelio de san Juan, el Señor se le presentó a ella y le ordenó que se la comunicase a los apóstoles). Esto ha dado pie a todo tipo de conjeturas románticas y hasta heréticas, pero ninguna de ellas ha encontrado el amparo de la Iglesia, que comprensiblemente las ha visto como calentones pseudorreligiosos que muy poco tienen que ver con la verdad histórica y sí mucho con intenciones aviesas (estoy pensando en filmes como La última tentación de Cristo, Jesucristo Superstar o El código Da Vinci, donde se presenta como esposa del Señor y fundadora de su supuesta estirpe -una teoría que, por otro lado, es recogida de los libros esotéricos que proliferaron  en las librerías durante los setenta y ochenta); pero, curiosamente, ha encontrado cierto recorrido entre la gente (parece que todo el mundo leyó en su momento el libro de Dan Brown y que este había descubierto la gran mentira de la Iglesia católica) y entre algunos teólogos de peso, que están empeñados en emparentar al Hijo de Dios con alguien de la tierra, porque no son capaces de ser célibes y castos al mismo tiempo y necesitan justificar sus caídas. Pero en esta película no importa lo que diga la tradición ni lo que señalen las Escrituras, y mucho menos importa lo que diga la Iglesia, porque lo que aquí se pretende es erigir a la Magdalena como símbolo de la mujer oprimida que se revela contra el heteropatriarcado, que lleva sometiendo a las féminas desde que Eva salió de la costilla de Adán.  

   En efecto, en esta película, santa María Magdalena deja de ser una prostituta arrepentida (incluso una mujer poseída), para convertirse en una víctima del heteropatriarcado machista y opresor; de esta manera, no solo la vemos sometida a su padre y a sus hermanos varones (para alimentar su dramatismo, se señala que su madre murió cuando ella era niña), que son unos hombres robustos, antipáticos y peludos que nada tienen que ver con los cánones de metrosexualidad y afeminamiento que propone el feminismo de hoy, sino también ejerciendo como una mujer obrera, ya que es ella quien de verdad lleva el pan a casa, puesto que se dedica a pescar en el lago mientras que aquellos se dedican a oprimirla y a decirle con quién se tiene que casar. En estas circunstancias, no es de extrañar que, cuando Jesús aparece por allí como un hippie de los años sesenta, enarbolando un mensaje de luz y armonía universal (sic) con sus doce apóstoles, ella resuelva marcharse con él y vivir a la intemperie con los demás (¡antes eso que seguir siendo machacada constantemente por su padre y sus hermanos!). Pero además, el mensaje cala tan hondo en ella, que también se convierte en divulgadora del mismo, llevando la lucha feminista a sus hermanas de sexo (o de género), para que se desunzan de su yugo y clamen por una sociedad más femenina (si la película estuviera ambientada en nuestro tiempo, la Magdalena les diría que dejasen de depilarse las piernas y las axilas, puesto que se trata de una costumbre impuesta por los hombres lujuriosos); para ello, acompaña a Jesús hasta un grupo de lavanderas, a quienes de les indica que deben obedecer a Dios antes que a sus maridos, porque estos están en la tierra para hacerlas sufrir. Por supuesto, el Señor la premia otorgándole un puesto especial en la Última Cena, es decir, junto a él, y con la concesión del mensaje real que ha venido a darle al mundo, que evidentemente nada tiene que ver con el que la Iglesia ha ido promoviendo durante dos mil años. 




   Si alguno piensa que le he estropeado la película, me alegro, porque se trata de un despropósito que es mejor ahorrarse. Particularmente, no encuentro en ella nada de interés (tal vez, los hoyuelos de la Mara, que, sin ser guapa, cuando sonríe tiene su aquel), ni siquiera en el aspecto técnico, que es peor de lo que anuncian los medios especializados. Y no es porque el sacerdocio me nuble la apertura de mente que debería tener, como se suele afirmar en estos casos, sino porque, cuando existe una intención ideológica, esta se superpone a cualquier reconocimiento artístico; en este caso, el feminismo rancio, que pretende atraer al cine a las feministas recalcitrantes, se convierte en el tamiz que rige el metraje de la cinta, por lo que cualquier imagen de sus fotogramas o línea de su guion están pensadas para agradar a una ideología determinada, independientemente de la fidelidad histórica del personaje (debemos indicar que no solo la Magdalena está sometida a esta infidelidad, sino que nos encontramos también con un san Pedro zaíno, del Lavapiés más profundo, que tiene como meta incluir a las minorías oprimidas por el hombre blanco y heterosexual).

   Pero si este artículo no fuera todavía suficiente acicate para evitar al lector su visionado, me gustaría señalarle que se trata de un peñazo de película, porque, aun durando dos horas justitas, parece que uno se está tragando cuatro o cinco. Por eso decía arriba que hay que tener mucho cuidado con las películas religiosas que llegan precedidas de una gran publicidad, porque siempre suelen ocultar algo. Esta vez ha sido el feminismo, pero apuesto a que, dentro de poco, tendremos alguna que bendiga toda la ideología de género que nos abruma, presentándonos un grupo de apóstoles transexuales o un Jesús que diga que lo importante de la persona está en su interior y que, por ello, su cuerpo es meramente accesorio (vamos, que ser hombre o mujer depende del entorno cultural en el que vivamos y no de nuestro sexo natural). Así pues, como este film ha prescindido de la Escritura para su desarrollo, yo termino el artículo aludiendo a ellas: "Maiora videbis" (Jn. 1, 50).