lunes, 15 de enero de 2018

The Neon Demon

   Admito que me encanta la palabra "postureo", pues me divierte mucho la inventiva popular, que es la que la ha creado; además, reconozco que estoy muy contento, porque se trata de un término que ya forma parte de la Real Academia Española. Asimismo, creo que esta ha sabido otorgarle a dicho vocablo una definición muy acertada, que sintetiza perfectamente la idea que queremos expresar cuando recurrimos a él: "Actitud artificiosa e impostada que se adopta por conveniencia o presunción". En efecto, ¿a cuántas personas conocemos que se adhieren a una causa por simple conveniencia? O mejor aún, ¿a cuántas personas conocemos que se suman a una moda para ser aplaudidas o reconocidas por otras? Por regla general, esas personas en las que estamos pensando nunca se han caracterizado por defender la actitud por la que ahora abogan, pero, como es la tendencia actual, la acogen sin rubor alguno; por otro lado, son las mismas personas que no tienen ningún problema en abandonar dicha idea cuando esta ya no está en boca de la mayoría. En cuanto a la presunción que supone el postureo, que es la otra cara de esta definición, ¿no conocemos también a personas que adoran aparentar lo que no son por simple vanidad? Por todo ello, reitero la admiración que siento por la palabra "postureo" y además me declaro admirador incondicional de la persona, o de las personas, que le han atribuido tan acertada definición.

   Pero será mejor que vayamos al grano de este asunto, porque recientemente hemos vivido una auténtica gala del postureo en nuestros televisores. A tenor de estas palabras, bien podría referirme a cualquier programa del espectro mediático español, pero lo cierto es que esta vez estoy pensando en una entrega de premios que ha tenido lugar al otro lado del Atlántico (la tontería no se ceba solamente en nuestro país, sino que ya alcanza cotas de muy alto nivel): los Globos de Oro. En efecto, el pasado 7 de enero tuvo lugar la nueva edición de tan aclamados galardones, en los que la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood suele recompensar las películas más aclamadas del año anterior, es decir, y en este caso, de 2017. Sin embargo, y desde hace un tiempo, parece que dicha asociación ha olvidado su propósito y se ha decantado en consecuencia por la promoción de discursos políticos de moda (algo así como hace anualmente la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España durante la ceremonia de entrega de los premios Goya); de este modo, mientras que el año pasado le cedió la palabra a Meryl Streep, para que abochornase a Donald Trump,  presidente de los Estados Unidos, este año ha recurrido a Oprah Winfrey, para que exponga la presunta situación de discriminación que viven las actrices hollywoodenses (recordemos que la famosa presentadora siempre se ha vendido como una defensora de los derechos civiles de los desfavorecidos, sobre todo desde su participación en El color púrpura, de Steven Spielberg).

   Evidentemente, las reacciones a este discurso no se hicieron esperar, pues la prensa internacional lo recogió en sus primeras páginas y le atribuyó todo tipo de loas: que si fueron unas palabras valientes, que si defendió la dignidad de la mujer, que si fue histórico, que si denunció la ubicua presencia de los hombres en detrimento de la de las féminas, que si delató (implícitamente) los abusos sexuales perpetrados por Harvey Weinstein, y el largo etcétera de siempre. Aunque no entraré aquí a valorar la veracidad o la mendacidad de estas afirmaciones, sí que me gustaría destacar la oportunidad de la alocución, puesto que la misma que la pronunció no tuvo reparos en favorecer en el pasado al citado Harvey Weinstein e incluso al polémico Bill Cosby, que también está acusado de violar a varias mujeres (además, rápidamente saltaron a la palestra las voces que la tildaban, como a Meryl Streep, de encubridora de los hechos, puesto que es más que probable que conociera estos últimos); por otro lado, hace tiempo que Oprah Winfrey viene siendo enaltecida como la próxima presidenta del Gobierno americano, en clara oposición al supuesto régimen machista de Trump, por lo que sus palabras en esta edición de los Globos de Oro se han parecido más a una precampaña electoral que a un agradecimiento por el premio recibido, el Cecil B. DeMille a su carrera cinematográfica (la pobre Natalie Portman quiso subirse al carro de las reivindicaciones, pues apuntó que, al premio al mejor director del año, solo habían sido nominados cineasta varones -como si el reconocimiento dependiese del género del autor y no de la calidad del producto-; pero, como la protagonista del evento era la Winfrey y como el galardón a la mejor comedia recayó en Lady Bird, realizada por una mujer, su intervención quedó en una mera gracieta).




   Por lo que a mí respecta, esta situación que vivimos hace dos domingos me recuerda a un par de películas de similar índole: por un lado, a The Neon Demon (Nicolas Winding Refn, 2016), que es la que da título a este post; por el otro, a Mulholland Drive (David Lynch, 2001), que es una de las obras maestras del autor de Twin Peaks (id., 1990-2017). A pesar de ser dos largometrajes muy parecidos en su temática, me centraré solo en el primero, ya que es probable que el segundo guste únicamente a los que somos fans incondicionales del creador de El hombre elefante (id., 1980). De esta manera, encontramos en The Neon Demon a una chica que pretende triunfar en el mundo de la moda (cámbiese esto por el sueño hollywoodense), pero que descubre que este hecho depende más de sus aptitudes sexuales que de las artísticas; afortunadamente, conoce a una chica que quiere ayudarla, pero esta, que parece ser su amiga, oculta el deseo de aprovecharse de ella, para ser la verdadera triunfadora en esta carrera hacia el éxito (cámbiese a esta aprovechada por la Winfrey que vimos en la gala de los Globos de Oro).

   Pero, si esta comparación entre el ya famoso discurso de Oprah Winfrey y el argumento de la película The Neon Demon no ha convencido todavía al lector de que hemos presenciado una gala de los Globos de Oro del postureo, déjeme que le aclare un detalle que probablemente le haya pasado desapercibido: según parece, todas las actrices invitadas al evento acordaron vestir de negro, en señal de duelo por las mujeres de Hollywood que han sido acosadas sexualmente a lo largo de la historia; sin embargo, hubo tres que rechazaron hacerlo, y tan grande ha sido el escándalo por parte de aquellas que estas últimas han tenido que pedir disculpas por su decisión (además, debemos indicar que la Asociación de la Prensa Extranjera, organizadora del acto, había prometido una beca de dos millones de dólares a las personas que se posicionaran a favor de la campaña reivindicativa #MeToo, por lo que detrás de todo parecía esconderse la sempiterna crematística). De este modo, lo que se ha vendido subrepticiamente como una gala reivindicativa de la mujer ha sido en verdad un programa de adhesión a las directrices de la lucha feminista, liderado esta vez por la famosa presentadora de televisión, que ya es candidata extraoficial a las siguientes elecciones gubernamentales norteamericanas (por supuesto, jaleada por la prensa internacional, que no esconde su desprecio a Trump y su apoyo a cualquier causa que esté de moda). Así pues, y como acontecía en la película del título, la que se ha presentado como amiga de las mujeres, solo ha pretendido aprovecharse de ellas para ganar la carrera del éxito: por tanto, ¿es o no es una gala del postureo?

   Evidentemente, y antes de ser tildado de machista, que es el insulto que ahora le lanzan a uno por expresar su opinión (junto con "racista", "xenófobo", "fascista" y "cuñao"), creo que la mujer está llamada al éxito en Hollywood (o en cualquier otro campo laboral) solo por sus cualidades artísticas y no por sus cesiones sexuales. Sin embargo, y del mismo modo, opino que esta presunta lucha reivindicativa en favor de la mujer, que se ha establecido en la farándula internacional, no le ayuda en absoluto, puesto que ve en ella un simple peldaño de ascenso en su escalada hacia el éxito pecuniario (o político, como es el diáfano caso de Oprah Winfrey); además, y actuando así, muestra a las mujeres como seres débiles que necesitan ser protegidas por entidades fuertes, ya que ellas solas son incapaces de hacerlo, es decir, todo lo contrario a lo que postulan de cara a la galería. Por otro lado, es una supuesta pugna de índole muy peligrosa, puesto que, como todo combatiente, la reivindicación feminista necesita de un oponente, que en este caso es el varón, mostrado por ella como un ser (in)humano carente de escrúpulos y ávido de sexo, algo que es irreal y que además genera mucha tensión, por lo que nunca se alcanzará esa pretendida armonía entre hombres y mujeres por la que dice que aboga (por no hablar de la nueva Inquisición feminista, mucho peor que la que supuestamente promovió la Iglesia católica en el medievo, y destinada a hundir y perseguir mediante el insulto y el menosprecio a las personas que no se suman a sus dictados).

   Llegará un día en que estas reivindicaciones peligrosas pasarán (peligrosas, por culpa de quienes las promueven y de los objetivos que buscan con ellas); pero lo harán, o bien porque todo haya vuelto a su cauce, o bien porque las mujeres se hayan dado cuenta de que las han desnaturalizado y las han enfrentado inmisericordemente al varón, que es su complemento natural en esta relación armónica a la que ambos están llamados. Mientras tanto, aún nos quedan por ver espectáculos de este tipo y falsas luchas contra la opresión de la mujer, que ostentan mendaces adalides cuya única intención estriba en el reconocimiento popular y no en la verdadera defensa de la igualdad (en Madrid, por ejemplo, el colegio "Juan Pablo II" recibe amenazas feministas por exigir que sus profesoras vistan con recato, mientras que las mismas voces exigen que las azafatas de los eventos deportivos aparezcan ante el público con más ropa -aquí; Cristina Pedroche dice que la mujer no es únicamente un cuerpo bonito, pero ella no duda en exhibir el suyo durante las campanadas de fin de año, y el Gobierno de la Autonomía patrocina bacanales que humillan a las mujeres, a la vez que promueve campañas contra su discriminación -aquí-). Sin lugar a dudas, la palabra "postureo" es la que mejor define los tiempos que hoy estamos viviendo, ya que alude a la actitud que se adopta de cara a una conveniencia o a una presunción, y, por desgracia, detrás de todo show feminista, solo es posible  hallar conveniencia y presunción.


   

domingo, 7 de enero de 2018

¡Viva lo imposible!

   Comenzamos un nuevo año. Esta vez, 2018. Y algo muy característico de estas fechas consiste en elaborar buenos propósitos de cara a los doce meses que se nos avecinan. Es normal que así sea, puesto que, durante la Navidad, fiesta en la que priman las reuniones familiares y en la que destacan las ausencias, cada uno es consciente de sus propias debilidades en relación con los demás; consecuentemente, cree que ha llegado la hora de afrontarlas para mejorar dicha convivencia: de este modo, por ejemplo, la persona que está mas pendiente del trabajo que de su familia, piensa que debe volcarse en esta última y relegar aquel; la que tiene problemas con su cónyuge, intenta resolver la situación; la que está enfrentada con sus hermanos, procura reconciliarse con ellos, y etcétera.

   En ocasiones, los propósitos del nuevo año cabalgan entre la adquisición de hábitos saludables (v. gr., más lectura) y la pérdida de los dañinos, como la sempiterna intención de abandonar el tabaco. Por supuesto, estos también son loables, ya que, de una forma u otra, el que los profiere está revelando su deseo de mejorar, sentimiento que se ubica en la base de aquellos que describíamos arriba. Pero ¿qué pasa con aquellos que nacen del deseo de cambiar de vida debido a una insatisfacción cualquiera? Es decir, ¿qué ocurre con aquellos anhelos que surgen en el corazón de una persona como fruto de una vida incompleta? Tanto para este tipo de deseos como para todos aquellos que hemos citado, se realizó esta película, ¡Viva lo imposible! (Rafael Gil, 1958), donde hallamos a una familia en la que se asienta esta inquietud y en la que, consecuentemente, se decide ponerle remedio.




   En efecto, nos encontramos con una familia de oficinistas y funcionarios madrileños que está seriamente aburrida de su cotidianidad, ya que todos los días transcurren como si fuera el anterior: el mismo trabajo cada mañana, los mismos problemas a cada momento, las mismas caras, las mismas exigencias, el mismo salario, etcétera. Por este motivo, el padre de la casa (un estupendo y muy creíble Manolo Morán) resuelve que ha llegado la hora de cambiar de rutina, por lo que saca todos sus ahorros del banco y se dirige con sus hijos a Galicia. Allí conocerá la vida del circo, de la que se enamorará perdidamente y de la que creerá que se trata de su vocación añorada, puesto que le ofrece una existencia en las antípodas de aquella que llevaba en la capital de España. Sin embargo, poco a poco irá descubriendo que los artistas circenses tampoco están contentos con su cotidianidad y que, si por ellos fuera, vivirían aquella rutina aburrida que a él le ofrecían las oficinas de Madrid. 

   Como vemos, se trata de un argumento ciertamente fabulístico, pero, asimismo, muy real, porque ¿quién no se ha aburrido alguna vez de su propia rutina?, ¿quién no ha soñado alguna vez con llevar una existencia trepidante, como la que vemos en las películas de aventuras? O, sencillamente, ¿quién no ha pensado alguna vez en dejarlo todo y comenzar de nuevo? Por supuesto, nadie dejaría su vida tan repentinamente como vemos en el largometraje, pero debemos recordar que la figura del circo es aquí una hábil metáfora de esa vida azarosa con la que sueñan sus protagonistas, es decir, aquella que se aleja todo lo posible de la que llevan en Madrid (de ahí el título, que alaba lo que parece irrealizable, esto es, lo imposible). Sin embargo, y como en toda buena fábula que se precie, la exageración de las formas oculta una descripción acertada de la realidad: en este caso, como decimos, el deseo de cambiar drásticamente de existencia.




   Por desgracia, no son pocas las ocasiones en las que este deseo nace de un hondo sentimiento de frustración, puesto que, la persona que lo acaricia, se siente insatisfecha con su propia vida; así, por ejemplo, piensa que su cónyuge no le ofrece la dicha que merece, o que sus hijos son un estorbo para su propia realización. Sin lugar a dudas, se trata de una inquietud común, pero muy peligrosa, puesto que, al darle pábulo, se abre la puerta al millar de excusas que justificarían la huida como una manera de zanjar todos las dificultades y, por ende, de crecer interiormente. De hecho, tanto esta resolución como esta meta están presentes en multitud de rupturas matrimoniales, puesto que los causantes han visto en su esposo o en su esposa un óbice a su propio medro; hay veces, incluso, en que uno, después del divorcio, alberga la sensación de haber perdido el tiempo con su pareja, por lo que suele decidir recuperarlo, recurriendo para ello a todas esas cosas que supuestamente le estaban vedadas: salir con los amigos, emborracharse y ligotear, es decir, a luchar por el derecho a ser feliz. Pero, lejos de alcanzar dicho estado de júbilo, este se aparta de quien lo busca de ese modo, puesto que la alegría se encuentra en la resolución real de los problemas y no en su apartamiento, que es lo que hace quien huye de ellos (como ejemplo de que los problemas siempre vuelven tenemos en la película a Manolo Morán, que vuelve a ser oficinista... ¡en el circo que él había imaginado como un parangón de la aventura!). 

   Por este motivo, los verdaderos sentimientos que debemos cultivar (y por cuya consecución debemos luchar) son aquellos que proponíamos al principio de este texto, es decir, la superación de nuestras propias debilidades en relación con nosotros mismos y con los demás: la amabilidad, la reconciliación, la generosidad y etcétera. No conviene imaginar vidas ajenas o soñar con gente extraña que la haría perfecta, sino enfrentar la propia con las personas que nos acompañan: de este modo, nuestra vida sí que será perfecta. Ello no significa que esté exenta de dificultades, puesto que la convivencia está llena de ellas, pero sí encontraremos un motivo para superarlas: el amor que nos debemos los unos a los otros. ¿Que tu marido se ha vuelto arisco?, ¿que lo ha hecho tu mujer?, ¿que los niños no han cumplido las expectativas que vertí sobre ellos? ¿Acaso no hay mayor aventura que el acompañamiento del cónyuge en todos los momentos de su vida, incluso cuando son difíciles de afrontar?, ¿no existe reto más importante que el cuidado y el encauzamiento de la prole? En la resolución de todo ello se encuentra esa felicidad que todo el mundo ansía (además, ¿quién dice que, cambiando de vida, no se topará más tarde de nuevo con ellos?).

   Desafortunadamente, la película es integrada hoy dentro de ese subgénero cinematográfico que han pergeñado tanto los críticos actuales como la farándula hodierna: el cine franquista. En efecto, para ellos, cualquier cinta que se rodase a la sazón pertenece a una ideología concreta, sin reconocer siquiera la calidad que subyace tras ella; de este modo, desprecian títulos tan excelentes como El beso de Judas (Rafael Gil, 1954), Embajadores en el infierno (José María Forqué, 1956) o Un ángel pasó por Brooklyn (Ladislao Vajda, 1957), puesto que piensan que forman parte del aparato de propaganda del régimen de Franco (por supuesto, alaban obras -loables, dicho sea de paso- como La huelga, El acorazado "Potemkin" u Octubre, que, ellas sí, promovían los ideales de la recién nacida Unión Soviética). Pero no es que fueran un medio de divulgar doctrina franquista, sino una manera de transmitir historias con moral y enjundia, algo de lo que adolece el cine patrio de nuestros días. Por esta razón, alejaos de los prejuicios y acercaos a esta obra, que, sin ser maestra, nos enseña a amar nuestra rutina y a crecer en ella interiormente y con los demás.  




P.D.: no he encontrado el tráiler original, por eso incluyo este anuncio de una cadena de televisión española que circula por la red. Por otro lado, la cinta original es en blanco y negro, pero tampoco he sido capaz de hallar ningún fotograma así, por lo que debemos conformarnos con los que están coloreados.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Los últimos Jedi

   Todavía no sé cómo afrontar esta película: es decir, aún no sé si me ha gustado o si me ha disgustado. Esta es una sensación que me ha asaltado pocas veces a lo largo de mi vida, pero que yo identifico con el desconcierto; de este modo, cuando tengo ciertas expectativas sobre un film y estas no se cubren, no sé qué opinar (me refiero a unas expectativas que trascienden el mero ejercicio cinematográfico, como luego señalaré). Por desgracia, cuando esto me ocurre, caigo en la indiferencia, de manera que me importa un bledo todo lo que concierne al largometraje que yo tanto he aguardado. Ciertamente, si se trata de un film que pertenece a una saga que ya de por sí me resulta indiferente, no me importa; pero, si es una película que forma parte de una saga que me gusta, se convierte en una indiferencia dolorosa, como un decepcionado despecho. Y esto es lo que me ha ocurrido con la película que hoy presentamos: Los últimos Jedi (Rian Johnson, 2017).




   De la misma manera que le ocurrirá a muchos de mis lectores, la relación que mantengo con la saga galáctica viene de lejos, pues hunde su raíz en mi propia infancia. Como ya intenté explicar en un artículo anterior (aquí), creo que Star Wars es una epopeya cinematográfica muy personal, ya que consiguió que muchos niños nos enamorásemos del séptimo arte y que hallásemos en este un excelente campo de cultivo para nuestra imaginación. Por otro lado, creo que actualizó correctamente para sus contemporáneos los cánones del género de aventuras que han atestado el magín de la humanidad desde la existencia de los primeros bardos o del mismísimo Homero: así, convirtió a la eterna princesa encerrada en el castillo, en la Leia aprisionada en la Estrella de la Muerte; al malvado tirano que quiere someter a los hombres del reino, en el Darth Vader que amenaza la paz de la galaxia, y al caballero andante que se enfrenta a este y que libera a aquella de su encierro, en un futuro aprendiz de Jedi (George Lucas nunca ha escondido la vinculación de su obra a la de Tolkien -El hobbit, El señor de los anillos-, y este jamás ha ocultado la que une la suya a los relatos medievales, que a su vez se enraízan en los mitos antiguos). Pero incluso a un nivel meramente artístico, se trata de una saga espléndida: La guerra de las galaxias -aka, Una nueva esperanza (George Lucas, 1977)- es un excelente relato de aventuras; El Imperio contraataca (Irvin Kershner, 1980) se cuenta entre las mejores películas de la historia del cine, y El retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983) presenta un dilema moral que muy pocas veces hemos visto en otros largometrajes juveniles.

   Pero no solo estamos hablando de unos filmes que reinventaron el género de aventuras y que acercaron a muchos jóvenes al mundo del cine, sino de unas películas que también fueron capaces de crear una nueva mitología para esta generación, abocada al ocio, al consumo y al entretenimiento. En efecto, en un momento de la historia en el que el hombre ha abandonado el conocimiento clásico y la religión como sedes del arte y de la cultura, ha encontrado en La guerra de las galaxias un mito que ha sustituido perfectamente esas ansias espirituales que aquellas saciaban: de este modo, y como ya hemos dicho, ha encontrado en Luke Skywalker el parangón de la caballerosidad; en la princesa Leia, el adalid del feminismo actual, y en la pseudorreligión Jedi, una norma de vida (aquí). Por tanto, es normal que, unidos a esa hodierna tendencia al consumo que ya hemos citado (y a la necesidad de nuevos mitos), surgieran en torno a la saga galáctica multitud de novelas, juegos, cómics, películas (La aventura de los ewoks, La batalla de Endor) y series de televisión (Ewoks, Droids) que ahondaran en ese universo tan atractivo, ampliándolo tanto como las narraciones de la Antigüedad hacían con las historias de dioses y héroes clásicos.  

   Por tanto, y en este mismo sentido, la trilogía que la antecedió a nivel cronológico, es decir, la conformada por La amenaza fantasma (George Lucas, 1999), El ataque de los clones (id., 2002) y La venganza de los Sith (id., 2005), satisfizo las expectativas de los fans más enfervorecidos, pese a sus evidentes errores (ese cursi romance entre Anakin Skywalker y Padmé Amidala...). Ciertamente, y aunque ninguna de ellas alcanzaba el nivel de trepidación y excelencia cinematográfica de los episodios IV, V y VI, plasmaban aquello que nosotros solamente habíamos conseguido visualizar en nuestra imaginación, logrando así la ansiada ampliación del mito: panorama de la Antigua República, nacimiento y ascenso del Imperio, gestación de Darth Vader, Guerras Clon, Yoda luchando y caída de la Orden Jedi. De este modo, al espectador le pueden gustar o no (particularmente, creo que han crecido con el paso del tiempo), pero no puede cuestionar que ha consolidado la saga Star Wars como un atractivo mito moderno. 




   Sabiendo todo esto, ¿qué papel juega aquí la nueva trilogía galáctica, comenzada hace dos años por El despertar de la Fuerza (J.J. Abrams, 2015) y continuada hoy por Los últimos Jedi? Por lo que a mí respecta, una función meramente destructiva, factor que puede ser interpretado como algo bueno o como algo malo: es bueno, porque reescribe la historia de Star Wars para las nuevas generaciones, que han encontrado en Rey, en Finn, en Kylo Ren y hasta en BB-8 sus nuevos héroes; es malo, porque obvia a los seguidores de toda la vida, que ya no encontramos en las nuevas películas esa mitología que con tanto mimo hemos cuidado hasta el momento. En cuanto a que la nueva trilogía reelabora la historia que conocíamos, creo que no hay nada que discutir: El despertar de la Fuerza no solamente soslayaba décadas de universo expandido (los citados cómics, novelas, videojuegos, películas y series de televisión), sino que también se convertía en un reboot encubierto de la saga original; de este modo, asumía los personajes y las situaciones de esta, pero las conducía hacia unos derroteros que nada tenían que ver con las bases que ya habían sido asentadas por ella (¿cómo se reorganiza la Antigua República?, ¿cómo nace la Nueva Orden Jedi?, ¿qué le depara a la familia Skywalker?); en referencia a su labor destructiva, solo hay que ver Los últimos Jedi, donde varias frases reveladoras afirman que nada va a ser como antes (incluso es uno de sus leitmotivs promocionales). 

   De esta manera, la verdadera pregunta es si hacía falta esta renovación tan abrupta, en la que el fan queda reducido a un mero espectador nostálgico (más que evidente en El despertar de la Fuerza y algo soterrado en Los últimos Jedi). Por supuesto, creo que no, ya que se podrían haber afrontado estas tres últimas películas respetando la mitología que aquel había cuidado con tanto esmero. Aunque esta parezca una labor difícil de asumir, tenemos en la misma saga un ejemplo de que es posible: me refiero a los episodios I, II y III, que crearon nuevas y diferentes historias que, al mismo tiempo, ampliaron nuestros conocimientos galácticos; o personajes que rellenaron con soltura la ausencia de los clásicos, como el imprescindible Darth Maul (también, algunos que generaron más de una discordia, como el insufrible Jar Jar Binks). En este sentido. ¿qué aportan los nuevos episodios a la saga? Absolutamente nada, pues se dedican a urdir las mismas tramas que ya hemos visto, con el fin de reescribirlas y de relanzarlas para las nuevas generaciones (en serio: ¿soy el único que ha visto en este episodio VIII la misma historia que vimos en El Imperio contraataca y en El retorno del Jedi?).

   Por todo ello, afirmo que la película me ha dejado indiferente: no sé si me ha gustado o si me ha disgustado, porque no es Star Wars. Es una película que se inspira en Star Wars, como tantas otras que la imitaron en su momento, pero que no forma parte de ella: puede ser una imitación japonesa, como Los invasores del espacio (Kinji Fukasaku, 1978); una parodia, como La loca historia de las galaxias (Mel Brooks, 1987); un exploitation del género, como Los siete magníficos del espacio (Jimmy T. Murakami, 1980), o un episodio especial de Padre de familia (aquí). Pero no se trata de Star Wars. Indudablemente, y pese a mi frialdad al aseverarlo, esto me genera el dolor antes citado, el despecho decepcionado que anunciaba arriba, puesto que he vivido con tanta profundidad la saga que ahora me molesta verla en brazos de otro (o de otros): creo que se ha vendido cruelmente a las nuevas generaciones después del cariño que ha recibido de sus fans de siempre, por lo que solo me queda decirle que le dé a ellas tanto placer como me dio a mí, porque ya no es la saga de la que me enamoré; a mi juicio, ha perdido la frescura y la buena manufactura de sus predecesoras, dirigidas a un público con más gusto (¿recordáis la comparativa que hacía entre las dos versiones de Asesinato en el "Orient Express" -aquí-, donde decía que el espectador ya busca otro tipo de cine? Pues así). Pero eso es algo que le tendrán que reprochar sus nuevos amantes, porque este que esta aquí (¡y que ha estado siempre aquí!) ha dejado de serlo. Que la Fuerza le acompañe.




   

domingo, 10 de diciembre de 2017

Perseguido

   Sin duda, resulta sorprendente ver cómo a veces las películas de ciencia ficción han acertado en sus diferentes profecías acerca del futuro. En ocasiones, no se trata de haber recreado con exactitud un ambiente general determinado, sino en haber sido certeras a la hora de proponer pequeños detalles que se han convertido en realidad. Por ejemplo, en el pasado año 2001 no vivimos la conquista del espacio ni el nacimiento de una nueva humanidad (ese famoso, inquietante y discutido feto del plano final), como nos proponía la cinta homónima de Stanley Kubrick, ni en 2015 vimos las autopistas de coches aéreos que nos mostraba Regreso al futuro II (Robert Zemeckis, 1989); pero hoy en día vemos que ha triunfado el transhumanismo sobre el que nos advertían Gattaca (Andrew Niccol, 1997) y La isla (Michael Bay, 2005), que, sin embargo, era una suerte de macguffin que servía para desarrollar el entramado principal de ambas cintas. 

   La película que hoy traemos a colación, Perseguido (Paul Michael Glaser, 1987), bien podría situarse dentro del segundo grupo de vaticinios que nos ha legado la ciencia ficción cinematográfica. En efecto, pese a que esté ambientada en el presente año 2017, lo cierto es que el marco estético que nos ofrece difiere notablemente del que ven nuestros ojos; así, es más parecido a la distopía urbanística de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) que a la realidad que podemos comprobar en nuestro día a día. No obstante, propone varios detalles argumentales que pueden ser desapercibidos por el espectador si este le otorga mayor interés a la acción del film que a su provechosa sinopsis: control de la población mediante el poder mediático, cultura del ocio fundamentada en los reality shows y, sobre todo, divulgación de la mentira a través del televisor. Para comprenderlo mejor, veamos el prólogo con el que comienza este magnífico largometraje protagonizado por Arnold Schwarzenegger.




   "En el año 2017, la economía mundial se ha colapsado. Escasean la comida, los recursos naturales y el petróleo. Un estado policial dividido en zonas paramilitares impone su ley con mano de hierro. La televisión es controlada por el Estado, y un sádico concurso llamado Perseguido se ha convertido en el programa más popular de la historia. Las artes y los medios de comunicación están censurados. Aunque no se permiten disensiones, un pequeño movimiento de resistencia ha conseguido sobrevivir en la clandestinidad. Cuando los gladiadores de alta tecnología no bastan para sofocar las ansias de libertad del pueblo, se imponen métodos más directos". Probablemente, el autor de esta última frase haya querido recurrir a la ironía para su advertencia sobre el futuro que nos espera, ya que, si de algo nos alerta el film, es de las noticias capciosas y subliminales mediante las que nos controlarán los respectivos Gobiernos de nuestras naciones (en la película, un Gobierno dictatorial universal).

   Ciertamente, ya desde sus primeros compases, podemos conocer las intenciones del film en este sentido: Schwarzenegger es un militar rudo, pero bonachón, que se niega a cumplir unas órdenes injustas, es decir, tirotear a una masa enfervorecida y desarmada que clama por un plato de comida. Este desacato lo conduce a prisión, de la que solo conseguirá redimirse si participa en el programa televisivo citado, donde los participantes deberán huir de un grupo de sangrientos perseguidores. Allí descubrirá que su historia ha sido tergiversada por los mass media, ya que estos, a pesar de haber salvado a aquel grupo de manifestantes, lo presentan como un vil asesino que quería acabar con ellos mediante el uso de las armas; para más inri, los citados medios han alterado las imágenes del momento y las han mezclado con otras de su propia elaboración, de manera que el mismo pueblo al que quería salvar el bueno de Arnold ve ahora a este como un cruento criminal, por lo que opina que su mejor destino es la muerte. 

   Como vemos, lo que plantea la película es que, a través de los medios de comunicación, especialmente de la televisión, un héroe puede ser convertido en enemigo del pueblo, mientras que un enemigo del pueblo puede ser convertido en su héroe. ¿Le suena al lector esta falacia?, ¿cree que está lejos de la realidad que vivimos? A bote pronto, se me ocurren dos ejemplos de sorprendente calado que demuestran la actualidad del hecho: por un lado, el que nos ofrece el famoso Che Guevara, cuya efigie se ha convertido en un icono popular hasta en el colectivo LGTBI, pese a que matara con sus propias manos a decenas de homosexuales por el simple hecho de serlo (aquí); por el otro, el que nos propone Arnaldo Otegi, que hoy es presentado como un símbolo de paz y diálogo en el proceso secesionista de Cataluña respecto de España, a pesar de su pertenencia a la banda terrorista ETA, que no se ha caracterizado por ninguna de las dos cosas en sus más de cincuenta años de historia (aquí). Pero, si analizamos mejor el hecho, nos tropezamos hoy con dos casos de flagrante manipulación social: el gobierno de Trump en Estados Unidos y la citada secesión catalana.




   Respecto del gobierno de Trump, ya dediqué un artículo en este mismo blog: Están vivos (aquí).  En él, y a raíz de la homónima cinta del gran John Carpenter, intentaba demostrar cómo los medios de comunicación mundiales, en el marco de las elecciones norteamericanas, procuraron el constante beneplácito de la candidata demócrata, Hillary Clinton, y la debacle electoral de aquel; para ello, no vacilaron en inventar los logros de la primera y en deplorar los del segundo. Tan acertada fue esta campaña mediática que todo el mundo pareció convencerse de que Trump acarrearía a la humanidad su propia destrucción, mientras que Clinton conduciría a esta un estado de tolerancia y perfección nunca visto (una vez más, el feto final de 2001. Una odisea del espacio); sin embargo, y como afirmaba en dicho artículo, los americanos demostraron que todavía no ceden a las imposiciones ideológicas provenientes de la televisión, sino que aún pesan dentro de ellos sus propias convicciones, por lo que, como el título de aquel film, se puede decir que están vivos.

   Pero ¿qué podemos decir en cuanto a la independencia de Cataluña? Sin lugar a dudas, estos meses hemos asistido a una verdadera guerra mediática de buenos y malos cuyo campo de batalla ha sido el telespectador. En efecto, desde que comenzó el pretendido proceso de escisión respecto de España, y con el propósito de ganar adeptos para la causa, la persona que encendiera su televisor a la hora del noticiario podía contemplar las brutales imágenes de la Policía Nacional golpeando a la población, irrumpiendo violentamente en los colegios electorales, o cebándose sin piedad en mujeres, ancianos y niños; sin embargo, y a medida que avanzaban los días, esa misma persona podía constatar que la mayor parte de dichas imágenes (tal vez todas) eran falsas: así, las famosas palizas policiales se correspondían con otros hechos acontecidos en otros momentos (alguno de ellos, incluso protagonizado por los mismísimos mossos d´esquadra); la violencia en los colegios electorales era instigada por los independentistas y no por la Policía Nacional, que hasta se tenía que refugiar de los asaltos de aquellos; la mujer a la que le habían roto los dedos estaba fingiendo; la anciana que acusaba a los agentes de haberla tirado por la escalera, realmente se había caído sola por ella unos minutos antes, y el niño al que la policía quería pegar estaba siendo usado en verdad como escudo humano por su padre (para más información, pincha aquí). Estas flagrantes mentiras alcanzaron tal paroxismo que, una vez descubiertas, los media de todo el mundo tuvieron que pedir perdón por haberlas creído y divulgado (aquí).

   Sin embargo, y a pesar de este estropicio, los medios de comunicación catalanes han persistido en su particular guerra mediática, intentando imponer al televidente su propio concepto de buenos y malos, con el fin de obtener la victoria respecto de España. Para ello, incluso han recurrido a la influencia que la televisión ejerce sobre los niños; de esta manera, y en un programa dedicado al público infantil, ha promovido la idea de denominar "presos políticos" a los impulsores del independentismo de Cataluña, como si fueran mártires de un proceso secesionista legal y justo (aquí). Así pues, ¿no estamos viviendo el mismo panorama social y mediático que nos propone la cinta Perseguido? Imaginemos a esos niños dentro de unos años: ¿no creerán a pie juntillas lo que ese programa infantil les ha dictado y pensarán, consecuentemente, que España es un enemigo a batir, como los telespectadores del film creían del sufrido Arnold Schwarzenegger? En el largometraje, Richard Dawson, presentador del reality show homónimo afirmaba que llevaban muchos años diciéndole a la gente a quién tenían que odiar y a quién tenían que adorar: ¿no es lo mismo que están haciendo con nosotros respecto de la política de Trump (pese a que nos digan que está elaborando leyes racistas, homófobas y machistas... aún no hemos visto ninguna), a la presunta secesión de Cataluña y a tantas otras cosas? Lamentablemente, sí.




   Por suerte, si la película acertó en cuanto a este control mediático sobre la población mundial, también lo hizo respecto de aquellos que desean vivir al margen de él. Ciertamente, vemos en el film que existe un numeroso grupo de personas que se ha reunido en torno a este ideal, de manera que son los rebeldes de la función, cuyo único objetivo consiste en derrocar los mass media y en evidenciar así la verdad informativa. Por supuesto, el rebelde de hoy es aquel que no da credibilidad a las llamadas fake news o que pone en tela de juicio cualquier tendencia universal que nazca de los medios de comunicación; en este caso, los votantes de Trump (si han acertado en su decisión o no, es cosa de ellos) y los miles de catalanes que salen a las calles para reivindicar la unidad de España: unos y otros demuestran que no se someten al pensamiento único dictado por la televisión, es decir, que son libres.

   Como decía al principio del texto, tal vez Perseguido no acierte plenamente en su presentación ambiental del futuro, que es nuestro presente; sin embargo, atina a la hora de denunciar ese control mediático que aquí hemos analizado, pues es posible que en los años ochenta, fecha de estreno del film, ya hubiera dado sus primeros pasos. A mi juicio, uno debe de estar alerta respecto de cualquier información que le llegue, puesto que puede formar parte de ese intrincado entramado que pretende inculcarnos el concepto de buenos y malos que interese en cada momento; debe tener criterio propio y contrastar las noticias, puesto que, sin saberlo, puede caer irremediablemente en el grupo de personas que repite lo que la televisión le sugiere. De esta manera, y por el contrario, se sumará al grupo de rebeldes que pretende ser libre y que, pese a la insistencia de los medios, procurará vivir conforme a la verdad. 



lunes, 4 de diciembre de 2017

Jim y Andy

   Admito que siempre he sentido cierto interés por la indigencia moral que parece habitar en Hollywood. Quiero aclarar que, aunque ahora hayan salido a la luz los escándalos sexuales del productor Harvey Weinstein (aquí), no es esta la falta de ética que acapara mi atención, pues, por desgracia, ha sido común desde los años de Fatty Arbuckle (1887-1933) y Douglas Fairbanks (1883-1939), que repartían los papeles de sus películas en las orgías que organizaban en sus respectivos hogares... hasta que en una de ellas apareció el cadáver de la aspirante a actriz Virginia Rappe (1891-1921). La indigencia moral a la que me refiero es aquella que parece arraigar en el alma de muchos actores, que, pese a ser grandes estrellas y a ganar muchísimo dinero, son incapaces de desuncirse de la soledad que los acecha y, por ende, de la tristeza que los embarga; es esa indigencia moral que hace efectivo en ellos el célebre dicho pronunciado por todos nosotros alguna vez: el dinero no compra la felicidad.

   En este sentido, el caso más paradigmático, tal vez por su cercanía en el tiempo, sea la muerte del actor Robin Williams. En efecto, mientras que los cinéfilos más jóvenes veían en él al eterno y feliz compañero de juegos que nos presentaron Hook (El capitán Garfio) (Steven Spielberg, 1991) o Jumanji (Joe Johnston, 1995), el célebre intérprete guardaba en su interior un oscuro pasado marcado por las drogas, el alcohol y la depresión (aquí); así, el que fuera protagonista absoluto de Jack (Francis Ford Coppola, 1996) y de Patch Adams (Tom Shadyac, 1998), el mismo que nos cautivó a todos mediante su melancólica sonrisa (¿una epifanía del sentimiento que lo estaba destruyendo por dentro?), acabó con su vida como solo alguien verdaderamente desesperado es capaz de hacer: el ahorcamiento. De esta manera, y pesar de la fortuna que le habían reportado sus películas, esta no fue suficiente para otorgarle la felicidad que él mismo había transmitido al espectador mediante su cine.

   Al respecto, nuestros días nos están presentando un caso escalofriante que tiene como protagonista al actor Jim Carrey. Ciertamente, quien protagonizara hace varios años la inolvidable comedia La máscara (Chuck Russell, 1994) es hoy acusado del asesinato de su novia por parte de la familia de esta última; aunque, por supuesto, el intérprete ha negado dicha participación, una reciente misiva de aquella, que lo acusa de haberla introducido en el fatídico mundo de la droga, lo deja en muy mal lugar y revela esa indigencia ética a la que estamos aludiendo desde el comienzo de este artículo (aquí). De esta manera, quien fuese la estrella mejor pagada del Hollywood de los noventa gracias a sus tres títulos más conocidos, Ace Ventura, un detective diferente (Tom Shadyac, 1994), la citada La máscara y Dos tontos muy tontos (Peter y Bobby Farrelly, 1994), es hoy alguien acechado por la pena, la soledad y la desesperación; así, y por este motivo, aunque ya no se prodigue en nuestras pantallas, ha querido legarnos un documental en el que abre su alma al espectador, haciendo efectivo una vez más el dicho que antes hemos mencionado: el dinero no compra la felicidad. Este documental se titula Jim y Andy (Chris Smith, 2017).




   Evidentemente, el Jim al que alude el título es Jim Carrey; pero ¿quién es el Andy que comparte cartel con este último? Se trata de Andy Kaufman, un comediante norteamericano que pululó por la televisión de su país durante los años setenta y ochenta (debo decir que él prefería ser conocido como "actor de variedades"). El éxito de sus actuaciones estribaba en la sorpresa, puesto que nunca otorgó al público lo que este esperaba de él, sino constantes salidas de tono que lo dejaban siempre boquiabierto (son célebres su lectura íntegra de El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, y el caos televisivo que organizó en el show Fridays, donde se negó a interpretar en directo el papel que le había sido asignado). Su popularidad fue tan grande que pudimos ver en el cine un biopic dedicado a él: Man on the Moon (Milos Forman, 1999); de hecho, este documental es una especie de making of de dicha película, aunque, como ya he apuntado, la situación actual de Jim Carrey es tan dramática que su director prefiere ahondar en ella antes que mostrar los entresijos del rodaje de aquella.

   En cuanto a su luctuoso estado moral, el otrora intérprete de Batman Forever (Joel Schumacher, 1995) ofrece dos ideas que hablan por sí solas: en primer lugar, afirma que decidió ser comediante para encontrar en las risas del público el cariño que no había encontrado en su padre, un hombre muy gracioso con los demás, pero no con su familia; en segundo lugar, que ha sido absorbido tanto por su vis cómica, que ahora desea desaparecer, puesto que ya solo vive para hacer reír a otros, mientras que él es incapaz de poner en orden su propia existencia (esta última idea se asemeja de manera inquietante a los motivos expuestos arriba respecto de Robin Williams). De esta manera, el documental Jim y Andy desvela la soledad de un hombre que ha sido acechado por la tristeza desde niño, y que, cuando por fin creía que se había desprendido de ella gracias al éxito recabado en el mundo entero, se percató de que esta no había hecho más que aumentar. Evidentemente, no se interna en el difícil caso del presunto asesinato de su novia (ni en el de la desorbitada indemnización que la familia de esta le exige), pero deja entrever que este ha sido el detonante de su actual depresión, puesto que le ha demostrado que no gozaba del cariño de todo el mundo, como él pensaba; por ello, hace nuevamente efectivo el célebre dicho: el dinero no compra la felicidad.

   Debo reconocer que el visionado de esta película me ha conmovido sobremanera, puesto que evidencia explícitamente la realidad de la famosa cita; más aún, lo hace de modo patético (stricto sensu), ya que alterna imágenes del Jim Carrey exultante con los primeros planos de su rostro, ajado por la pesadumbre. De esta forma, mientras la veía, solo era capaz de pensar en la fragilidad humana, que es idéntica en todos los hombres, aunque el estatus social o económico separe a unos de otros; así, por ejemplo, la persona que necesita del amor de un padre no lo halla nunca, pese a que concite el aplauso de todos sus amigos. En este sentido, mi sacerdocio me ha demostrado que la vida feliz, en efecto, no se conquista mediante el poder o el pecunio, aunque suene a idea manida, sino a través del orden y el sosiego, y que estos solo se alcanzan cuando uno confía en Dios y en su divina providencia. Es probable que en Hollywood hayan olvidado esta máxima, la cual, no por ser consabida, carece de verdad; por esta razón, no me extraña que proliferen los escándalos sexuales de Harvey Weinstein, o los excesos y las depresiones de Robin Williams y de Jim Carrey. Y es que tal vez alguien debería recordarles a todos ellos aquella frase que posiblemente pronunciasen en algún momento de sus vidas: el dinero no compra la felicidad.




lunes, 27 de noviembre de 2017

Asesinato en el "Orient Express"

   La nueva versión de Asesinato en el "Orient Express" (Kenneth Branagh, 2017) refleja claramente el declive en el que ha caído el cine comercial de nuestro tiempo y, por ende, la muerte intelectual de nuestra sociedad. No me malinterpretéis, pues la película me ha gustado lo suficiente como para dedicarle una digestión cinéfila sosegada, descubriendo así que se trata de un film bien rodado, bien narrado y muy entretenido, factores de los que adolece buena parte de los productos que atestan las pantallas de nuestras salas. Pero, como digo, manifiesta la falta de imaginación y de talento que tienen los cineastas de hoy, subyugados por unos cánones artísticos poco exigentes, pero muy lucrativos. Para comprobar la veracidad de mi queja en cuanto al aspecto imaginativo del Hollywood de hogaño, solo hay que revisar de vez en cuando la cartelera semanal, en la que suele destacar algún remake, algún reboot, algún spin-off, alguna secuela, alguna precuela, alguna mediacuela (la saga Star Wars es experta en esto último) o cualquier cosa de índole similar; para comprobar la veracidad de lo segundo, solo hay que seguir leyendo este artículo.




   Como todo el mundo sabe, la película se basa en un relato homónimo de la célebre escritora Agatha Christie, que ya dio pie a un famoso film de idéntico título rodado por Sidney Lumet en 1974, así como a dos versiones para la televisión de mediocres resultados: Asesinato en el "Orient Express" (Carl Schenkel, 2001) y Asesinato en el "Orient Express" (Philip Martin, 2012). Tanto la novela como todos los largometrajes citados desarrollan el mismo argumento: la investigación por parte del detective Hércules Poirot del asesinato cometido a bordo del famoso tren que une Oriente y Occidente. De este modo, y nada más empezar, nos tropezamos con esa falta de innovación a la que aludíamos antes, pues el texto original no solo ha inspirado la cinta que nos ocupa, sino que también ha hecho lo propio con hasta tres películas más (tal vez por este motivo, su director, Kenneth Branagh, ha especificado una y otra vez que no se trata de un remake de ninguna de aquellas, sino de una nueva versión del libro de Christie).

   Sin embargo, y a pesar de la buena fe del cineasta, es harto complicado acometer una nueva adaptación cinematográfica de una novela obviando las que ya existen; más aún cuando una de ellas es una de las grandes obras maestras del séptimo arte: Asesinato en el "Orient Express" (Sidney Lumet, 1974). En efecto, como desconozco el original literario de Agatha Christie, me resulta muy difícil establecer un paralelismo entre él y sus dos versiones audiovisuales más conocidas (la de Lumet y la de Branagh); pero como sí he podido ver estas últimas, para mí es más sencillo encontrar los factores que las unen. De entre todos ellos, me gustaría destacar el primer tercio del metraje de ambas cintas, donde se presenta a los personajes que interactuarán a lo largo de la misma, es decir, a la víctima, al detective y a los doce sospechosos: como el desarrollo de esta presentación es tan parecida en las dos películas, no podemos pensar en absoluto que se trata de una mera coincidencia, sino que debe ser necesariamente, o bien una copia de la segunda respecto de la primera, o bien un homenaje (sea como fuere, indica la preeminencia de esta sobre aquella: ya que se trata de una obra maestra del celuloide, enseña a las demás películas cómo hacer buen cine).




   Pero la versión de Sidney Lumet no solo es reconocida en este sentido por ser el referente necesario de la de Kenneth Branagh, sino que también lo es por méritos propios. Así es, quien haya visto la película recordará que esta mostraba prácticamente un único escenario: el vagón comedor del "Orient Express" (ciertamente, este escenario era interrumpido de vez en cuando por las maravillosas imágenes exteriores del tren o por algún esporádico cambio de ubicación, pero siempre dentro del mismo medio de locomoción); de esta manera, el guion tenía que fundamentar su interés solamente en el poder de la palabra, soslayando para ello cualquier injerencia que convirtiese el film en un thriller de acción al uso. Por este motivo, y como si todo el metraje consistiera en una gran obra teatral, los sospechosos iban apareciendo en escena con el propósito de dar su testimonio y de influir, en la medida de lo posible, en el veredicto final de Poirot (tan cuidados estaban, y tan bien ejecutados, que el espectador no solo era capaz de unirse a los barruntos del citado detective, sino que también podía saltar como el encargado del tren y gritar quién era el auténtico criminal). Sin duda, al ver la cinta, muchos recordarían la temática y el desarrollo de la magistral Doce hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957), del mismo autor. Y es que, cuando un artista domina su arte, no necesita ningún aditamento para demostrárnoslo.

   En cuanto a la versión de Branagh, debo decir que ejemplifica esa falta de cánones exigentes de los que me quejaba arriba. En efecto, partiendo de un material tan bueno, como a todas luces es la novela de Christie, pero, sobre todo, el film de Lumet, sorprende que el director no haya sabido aprovecharlo mejor (más aún cuando sabemos que es un apasionado de los escenarios, como demostró mediante las recomendables Enrique V y Mucho ruido y pocas nueces): de esta manera, donde aquel sostenía todo el entramado del largometraje en los potentes diálogos de sus protagonistas, este lo basa en la acción y en el golpe de efecto, factores de los que su predecesor abominaba ostensiblemente; así que aquí contamos con chistes sin gracia (¿en serio era necesario incluir el gag del bastón en el prólogo del film?), actuaciones ridículas e hilarantes (la del mismo Kenneth Branagh, que parece afrontar una parodia del famoso detective), persecuciones, tiroteos, confesiones de última hora (por si al espectador no le queda claro quién es el verdadero asesino del tren) y discursos finales altisonantes con su pequeña dosis de moralina. Todo ello, para agradar al espectador poco exigente, que se aburriría con una proyección de dos horas en la que solo aparecerían personas hablando y que carecería de cualquier tipo de acción.




   Pese a este aparente exabrupto, debo indicar que la película es un producto recomendable. Ciertamente, y a tenor de lo que nos está llegando a la cartelera estas últimas semanas, se trata de uno de los mejores films que podemos ver ahora en ella. Sin embargo, los que pretendan reencontrarse con el Hércules Poirot de antaño, olvídense de ello, puesto que verán algo más parecido al Sherlock Holmes que patentó Guy Ritchie que al detective que nos ofreció Sidney Lumet: un personaje dizque ingenioso que sabe correr detrás de los malos, contar algún que otro chiste y realizar alguna acrobacia marcial (afortunadamente, Branagh ha prescindido aquí de los conocimientos de kárate  que el citado Sherlock Holmes presentaba en su cinta homónima -por cierto, ya sé que en las novelas de Conan Doyle también practica las artes marciales). 

   Así que, ante este cambio de actitud tan evidente, en el que hemos pasado de ver un detective adulto y profundo a ver otro infantil y liviano, cabe la siguiente pregunta, que ya se hacían, mutatis mutandis, los protagonistas de Scream. Vigila quién llama (Wes Craven, 1996): ¿el cine ha logrado que los espectadores sean poco exigentes, o son estos los que han condicionado la fórmula actual del séptimo arte? A mi parecer, y sin mojarme demasiado, se trata de la influencia que los unos han ejercido sobre el otro, y viceversa: es decir, el hombre de hoy busca la inmediatez y el entretenimiento, y no productos que le conlleven más preocupaciones de las que tiene, cosa que el cine comercial le ofrece con gusto, pues vive de su dinero; pero este entretenimiento vacuo arrastra al hombre a la molicie intelectual, de manera que cada vez quiere cosas menos exigentes (¿recordáis a los indolentes humanos de la magistral WALL-E? Pues algo así...).  

   Por este motivo, conviene decir que esta última versión de Asesinato en el "Orient Express", pese a que sea recomendable, refleja con claridad la decadencia intelectual de nuestro tiempo, puesto que no busca ejercitar la mente del espectador, sino solo inocularle su dosis de entretenimiento. Por supuesto que no todo van a ser películas de arte y ensayo, pero antes no hacía falta refugiarse en una sala de este tipo para disfrutar del buen cine, puesto que las salas comerciales ofrecían genialidades como cualquiera de los títulos de Sidney Lumet citados arriba. Es verdad que todavía quedan grandes autores con capacidad narrativa, como el mismo Branagh demostró en sus primeras cintas, pero, como este panorama no mejore pronto, creo que asistiremos al sepelio del gusto cultural de nuestra sociedad.






domingo, 19 de noviembre de 2017

El faro de las orcas

   Lola viaja con su hijo autista Tristán hasta la Patagonia, Argentina. El motivo es que Tristán responde a estímulos ante la visión de las orcas por televisión. Allí está Berto, un guardafauna que tiene una relación muy especial con las orcas salvajes.

   Si miramos el paisaje de un pueblo primitivo visto desde un avión, lo que vemos serán miles de senderos, y seguramente muy pocas carreteras. Aquellos senderos primitivos evolucionarán según las veces que sean utilizados: los que se utilizan mucho se convertirán en carreteras; luego, se asfaltarán; probablemente, serán autovías; finalmente, una autopista que unirá dos centros grandes de interés. El autismo consiste en la incapacidad para seleccionar los senderos, eliminar los que no resultan interesantes para profundizar, y ampliar los que son importantes. Esto es lo que le pasa a Tristán.




   Lola es como tantas madres con hijos autistas: no sabe por qué ni qué hacer, y actúa con su niño de la mejor manera posible. ¡Cuántas madres dan su vida por su hijo distinto! Porque, cuando tienes a un niño como Tristán, tu vida ya no es tuya, sino de él. De este modo, ella cruzó medio mundo, porque, si Tristán responde a estímulos al ver las orcas por la televisión, ¿cuál sería su reacción al verlas in situ? ¡Maravillosa!

   Berto no sabía cómo entrar en el mundo de Tristán, hasta que entraron en el agua en busca de la orca: sin que ellos lo supieran, comenzó un vínculo de amistad gracias al animal acuático. Los autistas, al no tener empatía, no saben si lloras de alegría o de tristeza; no entienden el porqué, y es muy difícil llegar a ellos. Pero, cuando conectas, empieza a tejerse un lazo de amistad como el caso de Berto y Tristán.

   Hay momentos en que su madre le deja estar en su mundo, porque, según ella, el exterior le asusta. A lo mejor Tristán sí podía estar asustado, pero esa no sería la solución: el autista no mantiene un tipo de comunicación afectiva con el entorno, pero cuando se logra que acepte tenerla, mejora de manera evidente e inmediata en el uso del lenguaje, aunque solo sea gestual. Es por eso que Lola no tiene que aislarlo de los demás: ella quiere que se comunique, y es por ello que lo lleva a la Patagonia, pero ¿en la soledad?, ¿que se comunique en un paraje donde está solo con su madre, el guardafauna y una orca? Está muy bien, pero su madre no debería olvidar que su hijo necesitaría estar con más niños, que los vea, que le inviten a jugar aunque él “no esté”… (esta película está basada en hechos reales, y puede que haya algún dato que desconozca, pero lo que escribo es lo que he visto en la película).




   Creo que la película se centra poco en la interacción de Tristán con el animal: he visto más escenas de una madre preocupada por su hijo buscando compasión. Hay un libro muy bonito que se titula El niño de los caballos, y cuenta la historia de un padre que, llevado por una intuición y un inmenso amor, parte a caballo con su mujer y su hijo autista por las montañas de Mongolia, tratando de ayudar al niño. Los padres de Rowan, el hijo, emprenderán una aventura apasionante entre sobrecogedores paisajes, noches al raso, renos, caballos... e inolvidables personajes, que lo acompañarán en el viaje más importante: el interior de sí mismo.
  
   No hace falta irnos a Mongolia o a Argentina para vivir una aventura: la aventura comienza en el salón de tu casa, mientras jugáis a indios y vaqueros, y cruzar un puente colgante (una simple comba puesta en el pasillo)… Ahora que estamos en otoño, se puede salir a la calle y jugar con las hojas secas que caen de los árboles, hacer un bizcocho y mancharse de harina hasta las orejas…

   La vida es en sí misma una aventura.

María Pérez Chaves
Maestra de Audición y Lenguaje. Monitora de método CEMEDETE
(San Fernando, Cádiz)
@mpchvs