domingo, 30 de julio de 2017

Mi chica

   Durante el mes de agosto, este blog cerrará sus puertas. Como es de suponer, su autor se tomará unos días de vacaciones, que, aunque tal vez no sean merecidas, sí son urgentemente necesitadas. Pero no podemos despedirnos hasta septiembre sin antes recomendar un film. En este caso, se trata de una cinta que, a nuestro parecer, recoge todo el encanto de esta estación, por lo que cualquier cinéfilo debería verla, si es que no lo ha hecho ya. Hablamos de Mi chica (Howard Zieff, 1991).

   Antes de comenzar el artículo, debemos advertir de que no será una review al uso, puesto que versará sobre el recuerdo que tenemos de la película y acerca de todo lo que aún es capaz de transmitirnos. Por otro lado, no nos hemos atrevido a verla de nuevo para afrontar este texto, y existen tres razones para ello: la primera, su carga nostálgica, elocuente de por sí; la segunda, la buena opinión que nos merece y que no queremos que desaparezca, si es que el verla otra vez causa ese efecto, y la tercera, su trágico final, puesto que no deseamos empezar nuestras vacaciones con un nudo en la garganta.




   Veda (Anna Chlumsky) es una niña obsesionada con la muerte, pues su madre ha perecido recientemente y su padre (Dan Aykroyd) dirige una funeraria. Ella cree que este último ha olvidado a aquella, pues ve cómo flirtea con la nueva maquilladora que él mismo ha contratado para su negocio: Shelly (Jamie Lee Curtis). Aunque no puede evitar su rencor hacia esta situación, se olvida de ella cuando asiste al curso de poesía que imparte su profesor de Inglés (Griffin Dunne), de quien está enamorada. Por suerte, para aliviar la angustia que le causan todos estos problemas, cuenta con el auxilio de Thomas (Macaulay Culkin), que no solo es su confidente, sino también su mejor amigo.

   Como podemos ver, es imposible negar que se trata de un argumento propio de estas fechas. A nuestro juicio, tiene todos los elementos necesarios para hacer de él un éxito que se perpetúe a lo largo de los años, además de la carga nostálgica a la que antes hemos aludido y que hoy parece estar de moda entre el público. En este sentido, el film cuenta con numerosas escenas de bicicleta, baños en el lago, escaladas de árboles, reuniones con amigos, confidencias amorosas... ¡y hasta una que describe el primer beso de unos niños! Porque, en verdad, ¿quién ha olvidado ese momento tan significativo en la vida de cada uno? Pues justamente esa es la intención de la cinta: ahondar en esos recuerdos que nos hacen sonreír con ternura y suspirar con añoranza.




   Sin lugar a dudas, ese verano del amor que parece detallar la película es una etapa importantísima en la vida del individuo. Por supuesto, cualquier persona tiende a amar de forma natural a sus padres y a sus hermanos, pero experimenta la verdadera intensidad de este sentimiento cuando se siente atraída por otra persona: en ese instante, comprende que la presencia del otro se ha adueñado de ella y que, en consecuencia, se le ha hecho sumamente necesaria. ¿Quién no ha estado noches sin dormir pensando en la persona que ama?, ¿quién no ha realizado lo imposible para verla de nuevo, para estar a solas con ella?, ¿quién no le ha dedicado poemas o cartas escritas desde el corazón (el gusto de Veda por la poesía no es casual)? Evidentemente, es un paso imprescindible para encontrar el amor verdadero.

   En efecto, la mayoría de las veces, ese amor veraniego se diluye en el otoño, cuando las clases comienzan y la distancia atempera los sentimientos. Es innegable que su recuerdo continúa batallando en el alma de cada uno, pero también lo es que la pasión que despertó mengua con los fríos del invierno y entre las hojas de los exámenes. Tal vez la primavera renueva la esperanza de volver a sentirlo, pero su intensidad se perdió en el colofón que supuso aquel primer beso (¿es posible que el final de la cinta sea una metáfora de ello?). Sin embargo, es el mismo que nos ayudó a comprender que la felicidad no estriba en una suerte de búsqueda egoísta de la satisfacción personal, sino en la entrega generosa por el bien del otro; el que nos enseñó a identificar en una mujer o en un hombre concretos al compañero de viaje que da plenitud a nuestro propio ser, y el que nos aclaró mediante su fugacidad que existe un amor más pleno y eterno que nos engloba a todos. Por ese motivo, nunca podremos olvidarnos de él.

   Por desgracia, la película contó con una secuela olvidable y olvidada, de la que, de hecho, no logramos recordar nada. Posiblemente, ello se deba a que intentó subsanar ese mal trago que nos legó esta cinta, pero que, como hemos intentado demostrar, resulta imprescindible para conocer el amor de verdad. Pero, por suerte, siempre nos quedará la cinta original: gracias a ella, jamás seremos capaces de oír la melodía de los Temptations sin visualizar ese inocente primer beso entre Veda y Thomas, que simboliza el de cualquiera de nosotros y que permanece en la memoria de cada uno. ¡Feliz verano a todos!



 

lunes, 24 de julio de 2017

The Exorcist

   Resulta curioso que, pese a encontrarnos en una época de la historia caracterizada por el ateísmo, el diablo continúe despertando el interés de la sociedad. En efecto, aunque esta última tenga un comportamiento laico, laicista y, por ende, anticristiano, Satanás, que forma parte del credo de la Iglesia, sigue presente en su magín, evocándole miedos, cargos de conciencia, ríos de tinta o kilómetros de celuloide. Es posible que ello esté vinculado precisamente con el agnosticismo del que tanta gala hace, pues este la ha conducido a depositar su fe en soterradas prácticas ocultistas, como el yoga y el reiki, y a la adopción de religiones orientales tamizadas por la visión de Occidente, como el budismo que vemos en Europa (para saber más, pincha aquí). Pero es probable que también esté relacionado con el humanismo que hoy padecemos, un culto al hombre cuyo lema, "Haz lo que quieras", es compartido por las sectas demoníacas que proliferan en nuestro mundo.

   Sea como fuere, el cine ha recogido esta malsana propensión a lo largo de los años: alguna vez, para bien, mostrando sus temibles consecuencias; otras veces, para mal, usándola como mera excusa para infundir terror en el público. A nuestro juicio, aunque esta segunda opción sea válida, pues Hollywood no deja de ser una industria que vive del dinero del espectador, tiene asimismo una labor educativa (aquí), por lo que debería promover títulos que se circunscribieran a la primera alternativa. En este último sentido, de hecho, nos ha ofrecido títulos tan recordados como La semilla del diablo (Roman Polanski, 1968), El exorcista (William Friedkin, 1973), que es la obra cumbre del género, El exorcismo de Emily Rose (Scott Derrickson, 2005) y La bruja (Robert Eggers, 2015); pero, en el otro, ha perpetrado cintas tan deplorables al respecto como Exorcismo en Connecticut (Peter Cornwell, 2009), Ouija (Stiles White, 2010), El último exorcismo (Daniel Stamm, 2010) y Expediente Warren. The Conjuring (James Wan, 2013), que, sin embargo, denotan ese constante interés al que aludimos. Es por ello que la televisión no podía desaprovechar esta triste moda; así, gracias al revival del que está gozando a través de las series, ha creado una basada en aquel film que hemos calificado como el mejor del género: The Exorcist (Jeremy Slater, 2016).




   Aunque este nuevo show doméstico pretende ser una actualización de la obra literaria de William Peter Blatty, debemos advertir, en honor a la verdad, que está más relacionado con el film de 1973 que con esta. No conviene desvelar el motivo, pues forma parte de la trama, y entraríamos en el peligroso terreno de los spoilers; pero debemos decir que, quien haya visto la película y leído el libro, lo identificará en el acto. Por esta razón, vuelve a contar con dos sacerdotes encarándose al diablo, con un problema de fe y con ciertas prácticas satánicas como origen de todo ello, algo en lo que incide más el largometraje en el que se basa que el texto que lo inspiró; sin embargo, también cuenta con un acercamiento novedoso a la figura del protagonista, que no solo experimenta esa citada desconfianza, sino que muestra asimismo una debilidad que no recogía ninguno de aquellos dos.

   Ciertamente, la serie describe al padre Ortega (Alfonso Herrera) como un sacerdote pusilánime y afligido, pues vive anclado en el recuerdo de un viejo amor, y, por tanto, se plantea una y otra vez su idoneidad para el ministerio. Pero, lejos de lo que podría esperarse de una producción actual, no se deja arrastrar por estos sentimientos que lo acechan, sino que los combate por el bien de su vocación, de su entrega a los demás y de su propia santidad. De este modo, ofrece una visión acertada del presbítero, que, como hombre y como cristiano, se enfrenta a las tentaciones que lo asaltan durante su camino, aunque teniendo al Hijo de Dios y al prójimo como metas del mismo. Tal vez debería haber hecho mayor hincapié en esta problemática, que solo toca de pasada, aunque habría resultado interesante para el televidente; no obstante, y por desgracia, ha preferido inclinarse hacia el thriller más burdo, convirtiéndose así en una historia sin gancho.




   Sin duda, nos encontramos ante una serie que, olvidando los rasgos humanos de sus protagonistas, exceptuando el que hemos mencionado, anhela el efectismo visual por encima de su argumento; de este modo, pesan sobre ella el manido "giro final" y ese ansia por imitar el terrorífico ambiente que transmitía la cinta de Friedkin. Pero, mientras que esta lo conseguía a través de los grandes conocimientos que ostentaba acerca de la veracidad de una posesión demoníaca, aquella lo intenta mediante sustos vacuos y tópicos cinematográficos, que ya han sido vistos en cualquier película sobre el diablo. Tanto es así que alcanza su paroxismo en las escenas culminantes, es decir, en las que enfrentan a los sacerdotes contra Satanás: por desgracia, parecen clichés extraídos directamente de El príncipe de las tinieblas (John Carpenter, 1987) o de Vampiros de John Carpenter (id., 1998), en vez de una descripción de la presencia real del maligno. 

   Por este motivo, desde aquí no podemos recomendar esta serie. Como hemos dicho arriba, ha perdido la oportunidad de ahondar en la historia del sacerdote atormentado, que busca ser fiel por encima de sus miserias (no obstante, es algo que le ha servido para humanizar la figura del presbítero, muy mal tratada en el cine de hoy, tanto por las producciones que la edulcoran, mostrando hombres impolutos, como por aquellas que la denigran). Sin embargo, también ha desaprovechado la ocasión de mostrar la auténtica faz del demonio, de modo que aquellos que se sientan atraídos por él descubran el sufrimiento que conlleva, como hizo El exorcista en su momento. Por ello, es preferible revisar y promover esta última, que continúa siendo la mejor cinta sobre posesiones demoníacas y el mejor título de terror de todos los tiempos.



domingo, 16 de julio de 2017

La guerra del planeta de los simios

   Poco podía imaginar el director Franklin J. Schaffner que su película El planeta de los simios (id., 1968) se transformaría en uno de los títulos más emblemáticos de la ciencia ficción norteamericana. Ciertamente, sus constantes recortes de presupuesto, sus numerosos cambios de guion, sus cuantiosos problemas de maquillaje y un largo etcétera, le harían pensar, al contrario, que se enfrentaba a una cinta maldita; sin embargo, y no bien se estrenó, vio cómo recababa de inmediato un éxito inesperado, cómo creaba una mitología propia y cómo su final se convertía en uno de los más icónicos de la historia del cine (¡conocido hasta por quienes no han visto el filme!). Pero no solo eso, sino que además originó una saga de cinco largometrajes y dos series de televisión; colecciones de cómics y de libros; un (olvidable) remake, y, finalmente, un (estupendo) reboot, cuyo colofón hoy presentamos. De manera que aquella película, producida hace cincuenta años y destinada al círculo de las rarezas cinematográficas, es actualmente un título en plena vigencia.




   Después de haber intentado establecer la paz con los humanos supervivientes a la acción universal de un virus maligno, César (Andy Serkis) y sus simios son forzados a encarar un nuevo conflicto. Esta vez, se trata de la lucha que deberán mantener contra el ejército liderado por el coronel Wesley McCullough (Woody Harrelson). Así, tras sufrir enormes pérdidas entre los de su especie, se enfrentarán tanto a sus instintos más oscuros como a este con el propósito de ganar la guerra por el planeta.

   No es extraño que, como decíamos arriba, la cinta de Schaffner se haya convertido hoy en un clásico de la ciencia ficción, puesto que, pese a los años que han transcurrido, afrontaba temas tan actuales como la naturaleza del ser humano, su tendencia al conflicto, los extremismos ideológicos que siempre lo han caracterizado y, consecuentemente, su persecución de la verdad (tanto en el buen sentido como en el malo). Por esta razón, tampoco debe sorprendernos que se decidiera prolongar su éxito a través de varias secuelas, aunque estas, por desgracia, no alcanzaran su nivel artístico. En efecto, desde Regreso al planeta de los simios (Ted Post, 1970) hasta La conquista del planeta de los simios (J. Lee Thompson, 1973), la saga decayó progresivamente hacia la clasificación B más casposa; y, a pesar de que Huida del planeta de los simios (Don Taylor, 1971) y La rebelión de los simios (J. Lee Thompson, 1972) recuperaban ese interés por la naturaleza humana, al final quedaban como meras curiosidades sobre el origen de aquella. Solo la televisión logró ensalzarla de nuevo para el público, estrenando una serie homónima en 1974, que gustó muchísimo a los fans de entonces y que supera con creces a cualquiera de los filmes citados.




   Por este motivo, el film de Schaffner merecía un verdadero homenaje por parte del celuloide, ya que se ha nutrido de su éxito durante todos estos años. Así, después de intentarlo una vez mediante el olvidable remake perpetrado por Tim Burton en 2001, nos regaló El origen del planeta de los simios (Rupert Wyatt, 2011). En esta obra maestra de la ciencia ficción, no solo indagaba en la génesis de aquella, como indica su título, sino que también profundizaba de nuevo en los intereses que la habían acuciado, es decir, en la naturaleza y en la dignidad de los hombres (paradójicamente, representados por los simios). No contento con ello, más tarde nos ofreció El amanecer del planeta de los simios (Matt Reeves, 2014), donde disertaba crudamente sobre la violencia innata de los humanos. Finalmente, y como broche de esta nueva saga, ha querido otorgarnos La guerra del planeta de los simios (Matt Reeves, 2017), en la que propone una historia sobre la importancia de la familia y de la sociedad (aunque representada otra vez por los simios). 
  
   De este modo, podemos decir que por fin una de las sagas más importante de todos los tiempos se ha redimido. Ciertamente, a partir de ahora ya no será un subproducto del género fantástico, puesto que se ha convertido por derecho propio en el nuevo referente de la ciencia ficción cinematográfica. Sin lugar a dudas, la película de Schaffner ha encontrado aquí el origen que siempre anduvo buscando, la metáfora sobre la especie humana que ella misma detalló en 1968. Y, aunque hayamos tenido que aguardar cincuenta años, ha merecido la pena.



lunes, 10 de julio de 2017

Día de patriotas

   El pasado 15 de abril se cumplieron cuatro años del atentado de Boston. En efecto, durante una de las maratones más famosas del mundo, dos bombas caseras estallaron en medio de la ciudad, causando multitud de heridos y tres muertos. De inmediato, los agentes de seguridad del Estado se pusieron manos a la obra para investigar lo ocurrido y localizar así a los culpables, objetivo que cumplieron pocas horas después. Posteriormente, el hecho se resolvió con el fallecimiento de uno de los autores y con el encierro del otro, algo que fue recibido con vítores por todo el pueblo norteamericano. Por esta razón, no es extraño que hoy llegue a nuestras pantallas este título, que homenajea a los héroes que intervinieron en esta hazaña y que rinde tributo a los que perecieron en ella.




   Respecto del argumento, poco se puede añadir a lo que ya sabemos. El largometraje cuenta la historia del oficial de policía Ed David (Mark Wahlberg), que investiga los acontecimientos citados arriba. Pero lo hace de manera exhaustiva, ofreciéndole al espectador un documental preciso más que una dramatización cinematográfica. De este modo, se suma a otras películas del género que siguieron su mismo derrotero, como World Trade Center (Oliver Stone, 2006), La noche más oscura (Zero Dark Thirty) (Kathryn Bigelow, 2012) o las recientes Snowden (Oliver Stone, 2016) [aquí] y Sully (Clint Eastwood, 2016). Ciertamente, el propósito de estas cintas consistía en relatar los hechos tal y como sucedieron, alejándose en lo posible de su interpretación, con el fin de divulgar la estricta verdad entre el público.

   Por supuesto, esta intención solo es comprendida desde la óptica norteamericana. Así, la industria hollywoodense siempre se ha sentido responsable del espectador, por lo que ha entendido que debe ofrecerle un tipo de cine que le ayude a enorgullecerse de su país (indudablemente, hablamos acerca del grueso de la industria, no de los títulos menores, que pueden ser más críticos con el sistema). Para ello, nunca ha dudado en presentarle personajes anónimos que han luchado por la libertad y el bienestar de su pueblo, como podrían ser sus propios vecinos, con el fin de hacerle ver que él mismo podría convertirse en héroe. Sin duda, esta es la idea que fundamenta las dos cintas de Oliver Stone, que muestran, respectivamente, la biografía de un hombre que vela por la independencia de los suyos y las gestas que sucedieron tras el atentado de las Torres Gemelas; la película de Bigelow, que narra la captura del autor de este último, empeñado en destruir el sistema de vida occidental, y el largometraje de Eastwood, que presenta a un piloto de avión cualquiera enfrentándose y superando una prueba complicada.

  


   En España, difícilmente hallaremos un título de estas características. Así, pese a las proezas diarias que todos conocemos, nunca el cine patrio verá la necesidad de reflejarlas en la pantalla grande. Por supuesto, ello se debe al acomplejado esnobismo que padece, pues considera que el arte que él representa está por encima de cualquier gesto patriótico; o que este es un reminiscente franquista que ya no tiene lugar en nuestro tiempo (léase la crítica de 1898. Los últimos de Filipinas: aquí). Sin embargo, no se percata de que lo que ha hecho poderoso a Estados Unidos ha sido precisamente el elogio a sus héroes, el recuerdo de su historia y el enorgullecimiento de sus signos; ni de que, a pesar del chovinismo del que acusa a este último, dicho sentimiento ha permitido que continúe abogando por la libertad y el bienestar de todos sus ciudadanos.

   En honor a la verdad, debemos apuntar que un título así ha asomado tímidamente la cabeza a la cartelera española de este año, Zona hostil (Adolfo Martínez, 2017), y que ha obtenido unos resultados aceptables; además, debemos hacernos eco del proyecto de animación que pretende dar a conocer la aventura de Magallanes y de Elcano (aquí), un film que será bien recibido cuando se estrene. Pero los aficionados que amamos nuestra patria todavía estamos esperando la película decisiva sobre los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid (y no vale No habrá paz para los malvados, que afronta el tema de manera tangencial y casi a hurtadillas); sobre el secuestro de Ortega Lara, oculto durante más de un año en un minúsculo zulo etarra; sobre el asesinato de Miguel Ángel Blanco, tiroteado cobardemente en la nuca hace dos décadas, o sobre el gesto heroico de Ignacio Echeverría, que se encaró a un terrorista musulmán cuando este agredía a una mujer. Los espectadores conocerían la verdad de los hechos y todos nos enorgulleceríamos de sus protagonistas. Pero, como asegurábamos arriba, nunca veremos algo así en nuestras salas.   

   Por este motivo, considero que Día de patriotas (Peter Berg, 2016) es un film excelente, que no debería pasar desapercibido para nadie. No se trata de una simple narración de los hechos que conmovieron a Estados Unidos en 2013, sino también de un vivo retrato del orgullo que siente el pueblo norteamericano por sus héroes. Y es por último un ejemplo de lo que el cine español debería producir para sus espectadores.


 

domingo, 2 de julio de 2017

Deep Impact

   Confieso que ignoro la mayor parte de las celebraciones del nuevo calendario laico. Me refiero a ese que está sustituyendo progresivamente al cristiano a través de la presentación de días internacionales de algo, como aquel hacía mediante la onomástica de santos. Así, aunque conozco la existencia de una jornada consagrada al cuidado de los bosques, me siento incapaz de recordar su fecha. Pero debo admitir que hay conmemoraciones que se han grabado en mi memoria, más por la sorpresa que por el interés. Es el caso del 30 de junio, día destinado a la prevención sobre la caída de asteroides.

   En efecto, según parece, y con el propósito de advertir a la humanidad del peligro que conlleva el impacto de uno de aquellos contra la Tierra, se determinó el establecimiento de esa fecha en el almanaque. Por supuesto, el día no fue escogido al azar, ya que se corresponde con la jornada de 1908 en la que un aerolito se estrelló en Rusia. El hecho no superó la anécdota, pues colisionó en una zona despoblada, pero suscitó la pregunta sobre lo que habría ocurrido si hubiese caído en cualquier ciudad del mundo (aquí). Por este motivo, y como apuntábamos, cada año en esa fecha se estudian los posibles remedios al problema del cielo.

   Cuando conocí esta efeméride, me vinieron a la cabeza dos películas estrenadas en los años noventa: Armageddon (Michael Bay, 1998) y Deep Impact (Mimi Leder, 1998). Ambas versaban sobre la posibilidad de que un meteorito chocase contra la Tierra, pero lo hacían desde diferentes puntos de vista: la primera, desde la perspectiva de la acción y la comedia; la segunda, desde la del drama. Posiblemente, esta diferencia consiguió que aquella se ganara el favor del público mientras que esta gustó más a la crítica. De cualquier manera, la segunda se acerca más a la intención del día del meteorito que la primera, por lo que le dedicaremos la entrada de esta semana. 



  
   Leo Biederman (Elijah Wood) es miembro del club de astronomía del colegio. Cierto día, descubre una gran mancha blanca en el cielo que resulta ser un cometa. Aunque él no lo sepa, se trata de un bólido que amenaza con caer a nuestro planeta. No obstante, cuando su descubrimiento sale a la luz, todos los gobiernos del mundo se unirán para evitar la colisión y salvaguardar así los intereses de la humanidad.

   Pese a lo que pueda parecer a tenor de su argumento, la cinta no es un largometraje de catástrofes moderno, en los que prima la espectacularidad sobre la vis humana; más bien al contrario, se remonta a la época clásica del género para mostrarnos una historia sobre las personas que padecen cualquier adversidad (véanse a modo de ejemplo Aeropuerto, Terremoto o El coloso en llamas). Por otro lado, la idea del film no es nueva, pues Hollywood ya la había afrontado en títulos como Cuando los mundos chocan (Rudolph Maté, 1951), Meteoro (Ronald Neame, 1979) y la citada Armageddon. Sin embargo, y a diferencia de estas tres, procura ahondar en una respuesta seria por parte de los gobernantes de la Tierra y, sobre todo, en la reacción del hombre ante un peligro de tamaña envergadura. 

   De este modo, nos encontramos en primer lugar con el niño que descubre el meteorito y con la chica de la que está enamorado; en segundo lugar, con la periodista que desvela la amenaza de aquel, oculta por el Gobierno de los Estados Unidos, y en tercer lugar, con el mismísimo presidente de este país, que debe asumir también el mando de la resolución del problema. A pesar de sus diferentes estratos, todos parecen compartir un único sentimiento como respuesta a dicho trance: el amor. Pero no solo lo acusan mediante el afecto, sino también a través del arrepentimiento y la solidaridad. En efecto, al margen de la campaña de salvación del género humano que recorre todo el metraje, estos personajes son hombres necesitados de una redención mayor antes de morir; por eso dedican sus últimos instantes a enmendar su pasado y al auxilio de quienes tienen cerca. Evidentemente, desconozco los planes gubernamentales destinados a socorrer a los hombres llegado el caso que narra la película, pero estoy convencido de que cada uno de estos reaccionará de la manera que esta plantea. Por este motivo, se trata de un gran film.




   Ciertamente, en una época del séptimo arte, la de hoy, en la que proliferan títulos de género catastrófico que parecen regodearse en la maldad de los hombres (véase a modo de ejemplo cualquier producto protagonizado por zombis, muy de moda en la actualidad), cintas como la presente nos recuerdan la bondad a la que estos también están llamados. De hecho, la reacción magnánima parece más común que su antagónica, pues todos conocemos la heroicidad que muestran determinadas personas a la hora de encontrarse ante una injusticia o una tragedia de cualquier magnitud, como un atentado terrorista. Por otro lado, es innegable que la proximidad de la muerte conlleva la acentuación de la fe y el deseo de acallar el remordimiento del alma, por lo que no son extraños el recurso a las oraciones olvidadas ni las postreras peticiones de perdón (en este sentido, recomiendo el film United 93 (Vuelo 93), sobre los atentados del 11 de septiembre en los Estados Unidos, ya que aúna ambos arrebatos de sinceridad humana).

   Pese a lo escrito, la película perdió la partida recaudatoria frente a Armageddon, que ofrecía el espectáculo del que esta renegaba. No dudo de que el film protagonizado por el mítico Bruce Willis exhibiera una diversión sin igual de la que todos gozamos en el momento de su estreno, pero le faltó esa vis personal que hace de Deep Impact un título superior. Por este motivo, desde aquí queremos reivindicar este largometraje, que nos devuelve la esperanza en un ser humano que, lejos de volcarse en su propio egoísmo, es capaz de manifestar lo mejor de sí mismo cuando está en peligro.



domingo, 25 de junio de 2017

Dersu Uzala (El cazador)

   Hace unos días, los medios de comunicación aireaban que a la princesa de Asturias le gusta el cine de Akira Kurosawa, especialmente su película Dersu Uzala (El cazador) (id., 1975): aquí. Por supuesto, esta noticia alteró de inmediato a la opinión pública, que no tardó en hacer chistes sobre ella, afirmando que se trataba de una niña muy pedante (aquí). Es evidente que esta mofa se debe más a su estatus que a sus gustos, pues, si estos hubieran sido manifestados por otra niña, es probable que esta habría sido elogiada por los mismos que han despreciado a la heredera de la Corona española. Sea como fuere, aquellos que se rieron de la princesa demostraron tener la pedantería que le atribuyen a ella, puesto que consideran tan elevado el arte del japonés que solo ellos pueden gozar de él.

   Pero esta lamentable idea también responde al concepto de cine infantil que se ha instaurado hoy entre nosotros. En efecto, desde hace varios años este se ha convertido en un nuevo género, destinado sobre todo a recabar suculentas ganancias y a triunfar en el campo del merchandising. Con este propósito, pues, siempre ofrece el mismo esquema: cintas preferiblemente animadas, argumentos sencillos, personajes bobalicones y poca enjundia. No obstante, el tipo de celuloide que agrada a los niños es aquel que los trata, en su justa medida, como adultos, de manera que puedan disfrutar de él tanto como estos. Sin duda, esta es la noción que, por ejemplo, captaron Spielberg y Lucas, quienes, a través de sus respectivas sagas de Indiana Jones y La guerra de las galaxias, han sabido contentar al público de todas las edades. Este es también el paradigma que subyace tras Dersu Uzala (El cazador), un film que puede ser disfrutado tanto por pequeños como por mayores. Por este motivo, no es extraño que se trate del largometraje favorito de la princesa de Asturias.




   Un oficial del Ejército soviético y su destacamento deben cartografiar la taiga siberiana. Sin embargo, la inmensidad del territorio y la dureza de su clima conseguirán que se pierdan. Afortunadamente, conocen a Dersu Uzala, un cazador nómada que conoce la zona y que sabe cómo sobrevivir en ella. Así, tanto este último como aquellos vivirán grandes aventuras que permanecerán en el corazón de todos para siempre.  

   Seamos francos: ¿qué niño no se siente atraído por una odisea de este calibre? Porque, ¿a qué hijo no le apasiona salir con su padre a la montaña y gozar con él de una jornada al aire libre, o de una acampada con los amigos? Pues precisamente esto es lo que muestra la película que nos ocupa: la aventura que cualquier muchacho querría vivir junto a su familia y sus amistades en un bosque. Además, presenta a un guía extraordinario, el citado Dersu Uzala, que es el compañero de fatigas al que todos desearíamos tener a nuestro lado; una encarnación del amigo idóneo, que no piensa en sí mismo si antes no ha pensado en los demás y que nos instruye en los arcanos de la naturaleza con el fin de ayudarnos a sobrevivir en ella y de amarla. Yo mismo guardo entre mis recuerdos más queridos las excursiones al campo con mis padres y mis hermanos, así que ¿por qué la princesa de Asturias, que tiene la edad precisa para forjar esos mismos recuerdos con los suyos, no se va a asombrar con este film?




   Como decíamos arriba, se trata de una película que pueden disfrutar pequeños y mayores, pues está narrada con una sencillez fascinante, ya que no hay argumentos paralelos que los distraigan de la historia principal. Además, cuenta con imágenes bellísimas y sobrecogedoras de la naturaleza rusa, caracterizada por las nieves perpetuas, pero también por las umbrías arboledas y las hermosísimas puestas de sol, descritas con ternura por Kurosawa. En cierto modo, es precursora de la conocidísima El oso (Jean-Jacques Annaud, 1988) y de la reciente Hermanos del viento (Gerardo Olivares y Otmar Penker, 2015), puesto que, igual que estas, pretende divulgar mediante sus fotogramas la magnificencia de un cosmos que pasa desapercibido para nosotros.

    Pero, principalmente, es un film que versa sobre el valor más importante del ser humano: la amistad. En efecto, nosotros mismos estamos hartos de escuchar y de pronunciar frases acerca de ella que manifiestan su relevancia; recordamos con frecuencia a los amigos con los que jugábamos de niños; anhelamos un confidente que atienda nuestras penurias y aspiraciones, y soñamos constantemente con alguien que camine junto a nosotros durante la peregrinación de nuestra vida. Por eso, Dersu Uzala (El cazador) es en realidad una odisea sobre dos personas que afianzan esa intimidad y que se añoran hasta el final de sus días; un canto al verdadero desprendimiento, que es el vínculo que une a dos amigos. Así que, volviendo al inicio de este texto, ¿qué niño no se va a sentir cautivado por esta historia de raíces tan universales y de afanes tan humanos? Por eso, ¿cómo no va a ser la película favorita de la princesa de Asturias?




   La mención de Spielberg y Lucas al comienzo de este artículo no es baladí. Justamente, estos dos grandes cineastas siempre se han sentido deudores del arte de Kurosawa, que ha sabido relatar historias para niños y adultos. De este modo, cuando el japonés pasaba por su peores momentos económicos, ellos lo ayudaron mediante las respectivas producciones de Los sueños de Akira Kurosawa (id., 1990) y Kagemusha. La sombra del guerrero (id., 1980). Además, el autor de La guerra de las galaxias jamás ha negado su inspiración en La fortaleza escondida (id., 1958) a la hora de rodar la primera aventura de Luke Skywalker. Por este motivo, podemos decir que los tres componen el tándem perfecto para aseverar que el cine infantil no es el género que hoy consumimos y que, por tanto, no resulta nada extraño que sea del gusto de la princesa de Asturias.

   Así pues, desde este blog queremos animar a todos los que insultaron a doña Leonor a que se acerquen a esta obra maestra del cine de aventuras. Les animamos también a que vean otras grandes gestas de Kurosawa, como Yojimbo (El mercenario) (id., 1961) -aquí- o Los siete samuráis (id., 1954), y a que se emocionen con Vivir (Ikiru) (id., 1952) o con el final de Rashomon (id., 1950). Descubrirán que no es un director para pedantes, sino un cineasta que les puede ayudar a comprender que el séptimo arte no está reservado a unos pocos, sino a todo el mundo.




 

lunes, 19 de junio de 2017

Ignacio de Loyola

   Afortunadamente, desde hace un par de semanas venimos abordando en este blog el cine de temática religiosa. De esta manera, escribíamos sobre Las inocentes (Anne Fontaine, 2016), un estupendo film que desvelaba el dolor de un grupo de monjas a manos de los soldados soviéticos (aquí), y sobre La promesa (Terry George, 2016), una aproximación al sufrimiento de la Iglesia armenia (aquí). Por este motivo, hoy traemos a colación Ignacio de Loyola (Paolo Dy & Cathy Azanza, 2016), un largometraje estrenado recientemente que detalla la biografía del fundador de la Compañía de Jesús.

   Por desgracia, y como también denunciábamos en las entradas anteriores, se trata de otra película ultrajada por la distribución española. En efecto, a diferencia de las superproducciones que atestan nuestras salas, esta se ha visto reducida a un selecto número de pantallas (aquí), por lo que su impacto social será muy escaso. A nuestro parecer, esto es una gran injusticia, ya que, sin ser un buen largometraje, está por encima de los engendros cinematográficos que ofrece el séptimo arte actual. Por esta razón, le dedicamos el artículo de esta semana.




   Ignacio de Loyola es un soldado del Ejército castellano que lucha contra las tropas francesas en Pamplona. Aunque su mayor aspiración consista en convertirse en un gran militar, su carrera se truncará por culpa de un accidente. Durante su convalecencia, lee varias vidas de santos, que lo conducen a preguntarse si realmente el éxito mundano merece la pena. Por ello, en cuanto se recupere, consagrará su existencia a Dios, dándolo a conocer a través de su predicación y de sus famosos ejercicios espirituales.

   Como vemos, la película se centra exclusivamente en la juventud de san Ignacio, obviando aquello que le ha otorgado su renombre: la fundación de la Compañía de Jesús. Esto se debe a que su autor ha querido describir una historia eterna y universal, acercando el personaje al mundo de hoy y evitando así la nota que lo diferencia del resto (aquí). Por este motivo, está rodada con un lenguaje muy actual y con una narrativa propia de la televisión, pues el espectador está más acostumbrado a la forma de transmitir de esta, caracterizada por la rapidez, que a la del cine, de mayor lentitud. Sin embargo, esta buena intención es precisamente su error.

   Ciertamente, describir una figura histórica siempre es una tarea complicada, puesto que supone la inmersión en el ambiente que la rodeó. Por supuesto, uno puede condescender al propósito que tenga para hacerlo, y eludir de esta manera ciertos aspectos de aquella que no casan del todo con este último. Pero esto no puede ser la nota dominante de todo el conjunto, ya que le otorga a este un descrédito inmerecido (un ejemplo de ello puede ser, mutatis mutandis, la horrorosa y malintencionada 1898. Los últimos de Filipinas: aquí). Así, el lenguaje facilón de esta cinta, la ingenuidad con que es tratado el personaje de san Ignacio y el recurso común a los tópicos de la Inquisición hacen de ella un título fallido. De este modo, y como indicábamos arriba, parece más un documental catequético que un biopic.




   En cuanto a la intención del film, merece todo nuestro respeto. Como hemos dicho, uno puede soslayar ciertos aspectos históricos en favor de una causa concreta, pues la descripción del conjunto podría arrinconar a esta. En el caso de Ignacio de Loyola, se trata del encuentro del hombre con Dios, algo más común en nuestro tiempo de lo que parece. Y es que, en efecto, pese a las comodidades y la llamada al éxito que padece la sociedad actual, esta también se ve azotada por la angustia de una vida insignificante y sin sentido. Por este motivo, más que nunca, ansía conocer al Otro, para que le otorgue significado y sentido a su propia existencia. Sin duda, el fundador de la Compañía de Jesús es un buen modelo para hallarlo, pues, dejándolo todo, y anonadándose a sí mismo, lo alcanzó.  

   No se trata, pues, de una gran película; incluso alguno pensará que es aburrida y hasta exagerada (principalmente, a la hora de enfrentar a san Ignacio con el diablo). Sin embargo, es un buen film para comprender la historia de una conversión y para meditar acerca del sentido de la propia vida. Por eso, desde aquí animamos al lector a que busque los cines donde se proyecta y la vea, ya que, como decíamos al inicio de este texto, está siendo ultrajada una vez más por la distribución española. Aunque, si de verdad quiere conocer un buen largometraje sobre el fundador de los jesuitas, le aconsejamos el visionado de El capitán de Loyola (José Díaz Morales, 1949), con un excelente guion de José María Pemán (aquí).